Así fueron a parar a Villaverde Alto, y ante la perspectiva de heredar el negocio en pocos años, ni siquiera la agotadora rutina de los madrugones, los interminables viajes de ida y vuelta y la obligación de trabajar en domingo, lograron desanimarles. Cuando Damián cumplió un año, su padre empezó a quedarse en casa los lunes, y era su madre quien hacía todo el trabajo mientras la vieja daba órdenes desde su silla, detrás del mostrador, pero Juan no se acordaba de eso. Recordaba perfectamente, en cambio, el entierro de la tía, porque llovía a mares, y el cementerio estaba hecho un barrizal, y su madre, embarazada de pocos meses, tenía muy mala cara y se llevaba la mano a la boca a cada rato, y Damián, de la mano de su padre, lloraba sin parar, y él tenía en brazos a su hermana Paquita, que acababa de aprender a andar y no quería estarse quieta, y los enterradores maldecían en voz baja porque la suela de sus botas de goma resbalaba sobre la tierra mojada, y mamá por fin se alejó unos pasos y vomitó agarrada a un árbol, y todo era triste y sucio y húmedo, y sin embargo estaba contento, porque ahora la panadería era de papá, y antes de salir de casa le habían explicado que tenía que estar contento pero que no se le podía notar. Aquella lluviosa mañana de entierro, Juan había cumplido ya cinco años y Damián estaba a punto de cumplir cuatro. Unos meses después, cuando nació Trini, se hicieron una foto para pedir el carnet de familia numerosa, y su madre pidió una ampliación que colocó encima del mueble del recibidor.
Ella aparecía en primer plano, con el bebé envuelto en una toquilla que colgaba sobre su falda. A su izquierda se sentó Damián, muy serio, con pantalones cortos y las manos encima de los muslos. El padre se colocó detrás, de pie, con una mano sobre la cabeza de su hijo y la otra en el hombro de su mujer. A la derecha,
junto al banco y también de pie, Juan miró a la cámara muy sonriente, con una risueña y rubísima Paquita entre sus brazos. Tres años más tarde nació Alfonso, y hubo que hacer una fotografía nueva, que también fue ampliada y colocada junto a la otra en el mueble del recibidor. Las diferencias fueron mínimas.
Damián volvió a estar sentado en el banco, entre mamá, siempre con el bebé en el regazo, y Paquita, más seria esta vez, y con el pelo más oscuro. Papá volvió a ponerse detrás, de pie, y de nuevo entre su hijo y su mujer, y Juan se colocó aquella vez a su lado, sin ganas de reír, quizás porque Trini, en sus brazos, estaba llorando. En aquella época, Damián tenía ya siete años, pero nunca, ni entonces ni después, apareció en una foto con ninguno de sus hermanos pequeños en brazos.
Tampoco les acompañó nunca al hospital. Era Juan quien iba con su madre y con Alfonso al Clínico, donde un equipo de especialistas estudiaba la evolución del bebé cada quince días para establecer un diagnóstico definitivo. Él siempre recordaría con horror aquellos viajes, que empezaban con una tensa expectación salpicada de sonrisas y presagios engañosos –esta vez sí, Juanito, ya verás, te digo yo que sí, porque me sigue el dedo con los ojos, estoy segura, ¿tú no lo has visto?, ¿no?, será que no te has dado cuenta pero él ya fija la vista, claro que sí, no lo voy a saber yo, que lo he parido– y terminaban en un llanto aturdido y rabioso, su madre apretando al niño contra su pecho con las dos manos y besándolo sin parar en la cabeza, y Juan forzando el paso para no perderla, agarrado a su abrigo, sospechando sin querer que ella ni siquiera se daría cuenta de que le había dejado atrás si la multitud llegara a separarlos en la escalera del metro.
Entretanto, se quedaba fuera, esperando a solas en una sala decorada con fotos de bebés rubios, gordos y sanos, y allí fue donde, una tarde cualquiera, decidió que sería médico, pero que nunca se ocuparía de curar a niños enfermos. La noticia de que el retraso de Alfonso era irreversible afirmó su decisión. A los nueve años, Juan Olmedo se sintió obligado a querer a su hermano pequeño con la culpa imaginaria de su propia inteligencia, y a compensar a sus padres por la calamidad de ese hijo perpetuamente indefenso. Desde entonces, había sido al mismo tiempo el más listo y el más tonto de su casa. —¡Eh, tú, Juanito, ven aquí!
–la voz de Damián le reclamaba a gritos desde el cuarto de estar, desde la calle, desde el patio del colegio–. ¿A que tú no sabes hacer esto? Y entonces encajaba la última pieza en una complicada estructura de palillos que al rato saltaba por los aires ella sola, como por magia, o pintaba cuatro números que, al darle la vuelta al papel, resultaban un hombre barbudo, o se lanzaba a proponer una larguísima serie de operaciones de cálculo para adivinar siempre el resultado al final, o encendía una cerilla en la suela de su bota, o imitaba el sonido de un banjo haciendo cosas raras con la boca, y Juan negaba con la cabeza y una sonrisa de admiración, antes de responder lo evidente. —No, no sé hacerlo.
—¡Claro que no! –se revolvía su hermano, muerto de risa–. ¡Qué vas a saber tú! Juan admiró a Damián lealmente, y de corazón, mientras tuvo cosas que aprender de él. Todos le admiraban, sus padres, sus hermanas pequeñas, sus compañeros de colegio, los niños de la calle. Dami era flexible como un acróbata, sorprendente como un mago, rápido como un atleta, astuto como un adulto, colega como el mejor, imprevisible como sus trucos, desternillante como sus chistes, divertido como sus mejores ideas para hacer pasar en un suspiro cualquier lluviosa tarde de domingo. Un chollo de hermano, pensaba Juan, que durante toda su infancia le quiso sin celos ni complejos, y sin sentir tampoco la necesidad de parecerse a él.
Los dos formaban un tándem, un equipo, una pareja descompensada pero eficaz, como si una columna salomónica dorada y reluciente, ondulante e hipnótica, excesiva, seductora, desbordada de volutas y de pámpanos, fuera incapaz de sostener una viga sin la ayuda de un contrafuerte de piedra, sólido, macizo, sencillo pero poderoso en su simplicidad. Así, después de la última visita al hospital, cuando un papel blanco escrito a máquina trajo de la mano una tristeza pequeña e infinita, capaz de derramarse lentamente, gota a gota, hasta infiltrar los muebles y las paredes, los ojos y la piel, con el agua sucia de la desesperanza, ellos dos se convirtieron en la columna vertebral de una familia encadenada a su propia desgracia.
En los buenos momentos, Dami catalizaba la alegría general hasta lograr que estallara en un tumulto de risas y besos que parecía capaz de colorear el aire, y en los malos, sólo él lograba deshacer las tensiones, corregir la tristeza, aplastar el desánimo con una broma o un chiste que inauguraba una secuencia de sonrisas consecutivas a lo largo de la mesa del comedor para disipar en un instante cualquier pesadumbre. Pero los buenos momentos no habrían sido tantos si Juan no hubiera estado siempre dispuesto a anticiparse a los malos, a quitar a los pequeños de en medio un instante antes de que su madre estallara en gritos, a despeñarse por las escaleras en busca de cervezas frías cuando veía a su padre maldecir ante la nevera abierta, a llevarse a las niñas al parque o al cine cada vez que Alfonso caía enfermo, a pasarse la noche entera repasando un libro con Damián, si éste le confesaba a tiempo que no se había mirado siquiera los capítulos que entraban en el examen de la mañana siguiente. Durante muchos años, Juan había sido el primogénito indiscutible, el único a quien podían confiarse tareas que implicaran responsabilidad, el guardián de los pequeños, el tonto de puro bueno y el más inteligente casi siempre, mientras Damián era el gran simpático, el admirable, el incorregible al que no se podía regañar sin cubrirlo de besos, el malo de puro listo y el más inteligente algunas veces. Entonces todo estaba en orden, los dos se querían, se necesitaban, se equiparaban en lo que sabían y en lo que ignoraban. Damián enseñó a Juan a fumar, y a masturbarse. Le pedía dinero prestado y le prestaba a cambio revistas con mujeres desnudas. Juan enseñaba a Damián cómo se resolvían los polinomios y los problemas de física. Le tapaba cuando llegaba tarde y le pasaba novelas marcadas, con fragmentos que resultaban más excitantes que las fotos de sus