revistas ilustradas. Hasta que los dos decidieron que ya lo sabían todo, y sus caminos se bifurcaron ante la estampa de un camión de mudanzas, el día bendito y maldito a la vez en que sus padres cerraron aquel piso alquilado de Villaverde Alto para mudarse a la que, después de pagar veinte años de cuotas mensuales, acabaría siendo su primera casa propia, el tercero exterior, amplio y soleado, de un edificio antiguo pero no demasiado viejo, desde cuyas ventanas se veía, por un lado, la Dehesa de la Villa, y por el otro, las últimas casas de Francos Rodríguez, la calle más ancha del barrio de Estrecho.
Su padre, eufórico por el traslado que le iba a permitir ir a trabajar en metro –seis tristes estaciones con un trasbordo en Bilbao, o sea, nada, como quien dice–, les había pedido, en el desayuno y por favor, que no le pusieran de mala leche. Por eso Juan no abrió la boca, y trabajó sin descanso toda la mañana, llenando, precintando y bajando por las escaleras cajas de cartón después de identificar su contenido en la tapa. Para él, aquella mudanza era un desastre. Estaba a una semana escasa de que empezara el curso y le acababan de denegar el traslado de su beca porque no había plazas libres de COU con las optativas que él había elegido en ningún instituto de su nuevo barrio. Eso significaba que ahora sería él quien tendría que ir a Villaverde todos los días, y pasarse el día entero fuera de casa para poder cumplir con un horario demencial. En aquella zona obrera del extrarradio no abundaban los estudiantes preuniversitarios. Muchos de sus compañeros se habían descolgado al acabar el bachiller elemental para pasarse a Formación Profesional o empezar directamente a trabajar como aprendices de algún oficio, y entre los que habían llegado a terminar el superior, se habían matriculado en COU menos de la mitad. De ellos, sólo dos compartían la aspiración de Juan a ingresar en la facultad más exigente de Madrid, la que todos los años rechazaba a un mayor número de alumnos. Por eso les había tocado hacer comunes de Ciencias en un grupo de mañana y volver a las aulas a media tarde, para dar las optativas en el último turno, un sacrificio que ni siquiera habría sido tal en el caso de que los Olmedo hubieran seguido viviendo en Villaverde un año más, sólo un año más, pero que ahora le iba a obligar a vivir en la biblioteca del instituto y a comer todos los días un bocadillo en un banco del patio para volver a casa después de las once de la noche.
No se había atrevido a protestar, a sugerir siquiera que la mudanza pudiera aplazarse en función de sus intereses, pero la indiferencia con la que todos, demasiado entusiasmados con el cambio de casa como para prestar atención a ningún otro asunto, acogieron la noticia de sus nuevas dificultades, le mantenía sumido en un doliente estupor, entreverado de incontrolables arrebatos de orgullo. Ése fue el motor que sostuvo en secreto su frenética actividad de aquella mañana, en la que trabajó más, mejor y a mayor velocidad que nadie, para acabar siendo el único que comprendió, ante el hueco inmenso del camión vacío, que su esfuerzo no iba a servir de nada.
—Dejad las cajas de la cocina para el final –advirtió su madre cuando el transportista preguntó por dónde querían empezar–. Así puedo ir yo ordenándolo todo mientras vosotros montáis los muebles.
Juan miró a su alrededor y vio un montón de cajas sin identificar apiladas en la
acera, y a su lado a Damián, que canturreaba, imitando a Raphael con tanta
gracia que hasta los mozos de la mudanza se habían quedado mirándole,
embobados.
—¿Quién ha embalado la cocina?
–preguntó Juan, aunque llevaba toda la mañana oyendo cantar desde allí, y su
hermano, sin soltar el imaginario micrófono que sostenía con la mano derecha,
levantó la izquierda a modo de respuesta–.
¿Y qué cajas son?
Damián se dio la vuelta con las manos extendidas, dispuesto a contestar de nuevo
sin suspender su actuación, y se calló de golpe, dejando caer los brazos antes de
girar sobre sus talones para enfrentarse a su hermano, que caminaba hacia él con
un rotulador en la mano.
—¡Coño! –admitió, y su madre le reprendió en un susurro, no hables mal, Dami,
mientras le limpiaba los mocos a Alfonso–. Pues el caso… Yo las he ido poniendo
aquí, ¿ves?, pero, claro, como luego me he ido al cuarto de las niñas, y papá me
ha ido pasando las del cuarto de estar…
—Total, que ni puta idea –no hables mal, Juanito, murmuró de nuevo su madre,
sin presentir la escena que se desencadenaba a toda prisa–. Pues podías haber
cogido un rotulador y haber escrito encima co–ci–na.
—Pues sí, podía… –Damián se encrespó, dispuesto a defenderse–, pero no me lo
ha dicho nadie, mira por dónde.
—Porque esas cosas no hace falta decirlas, gilipollas –y su madre, asustada, ya no
le regañó–, porque es de cajón, joder. Es que esto sólo se le ocurre a un
descerebrado como tú, tío, es que hay que joderse, si es como sumar dos y dos,
imbécil…
—Mira, aquí el único imbécil que hay… –Damián avanzó hacia él, espoleado por
los gestos del transportista, que llevaba un rato dándole la razón a Juan con la
cabeza, pero su padre se interpuso en su camino cuando estaban a punto de
empezar a pegarse.
—Estate quieto, Dami, porque tiene razón tu hermano, y a lo mejor él no te lo ha
dicho, pero yo sí. Y tú escúchame también –entonces, sin dejar suelto al segundo,
se volvió hacia su hijo mayor–.
Estoy empezando a estar hasta los cojones de tu torito, ¿me oyes? Lo que tengas
que decir, lo dices sin arrugar la nariz, que aquí nadie huele a mierda. Yo no pude
estudiar, ni he ido a la universidad, y os he sacado a todos adelante, ¿entendido?
—Ya se nota.
Aquellas palabras salieron de su boca sin permiso, como si una potencia perversa
de su pensamiento las hubiera deslizado entre sus labios a traición, y el mundo se
encogió, enfermando de miedo entre sus sílabas. Juan vio cómo se volvía su
padre, cómo giraba inmediatamente sobre sus talones y cómo avanzaba hacia él
en dos zancadas histéricas, furiosas, descomunales, él lo vio, tuvo que verlo, pero
siempre recordaría aquella escena a cámara lenta, los hombros de su madre
contraídos, la cabeza inclinada hacia un lado, la boca arrugada en un gesto de
temor, una expresión de niña asustada por los truenos que se escuchan cada vez más cerca, y el asombro de Damián, sus labios separándose lentamente, su mirada empañada por la sorpresa enfocándole muy, muy despacio, y los ojos de Paquita, abiertos de par en par, congelados en una imagen antigua, inmóvil. Todo debió de suceder deprisa, en un instante, pero él nunca podría recordarlo así, y un eco hondo y tembloroso, la huella de un sonido enterrado, remoto, opaco por el tiempo y la distancia, envolverían siempre en su memoria aquella incrédula pregunta de su padre y la insensata rotundidad de su respuesta. —¿Qué has dicho?
—Que ya sé nota que no has estudiado.
La bofetada desarrolló un sonido propio al atravesar el aire, ¡fummm!, antes de estrellarse contra su mejilla izquierda. El golpe le hizo tambalearse, vacilar sobre sus pies como si estuviera borracho, y mientras la realidad recobraba de golpe su velocidad y su color, su solidez y sus contornos, los cuatro dedos de la mano derecha de su padre imprimieron una huella infamante y aún pálida sobre su rostro. Pero lo peor fue el dolor de dentro, las dos lágrimas primerizas, urgentes, que no logró retener, y la soledad que le envolvió a traición, de golpe, en aquel tramo de acera lleno de gente de su propia familia, un bosque de ojos ausentes, una confusión de miradas ansiosas persiguiendo una dirección cualquiera por la que escapar de él.