de que su garganta no dejaría escapar otro gallo–. Vivo en el tercero. Me llamo
Juan. Juan Olmedo.
—¡Ah, sí! Tú debes de ser el hermano mayor de esas niñas que van siempre igual
vestidas, y de ese otro chico que anda siempre con el memo de Nicanor…, ¿cómo
se llama? Damián, ¿no? –él asintió con la cabeza y ella frunció los labios en una
mueca de sorpresa–. ¿Y por qué no te he visto nunca antes?
—Es que he tenido que hacer COU en el instituto de mi antiguo barrio, en
Villaverde Alto, y los fines de semana, pues… –ganó tiempo mientras decidía si la
verdad le favorecería mucho, y concluyó que no, pero fue sincero porque no logró
improvisar una excusa mejor–. Ayudo a mi padre en la panadería por las
mañanas, así que no estoy mucho tiempo en casa.
—¿Vas al instituto?
—Sí, bueno, he acabado este año. El año que viene iré a la universidad. Voy a
hacer Medicina.
—¿Medicina? –volvió a preguntar ella, y Juan asintió, creyendo que ya había
hecho lo más difícil.
Sin embargo, aún tuvo que pasar por la vergüenza suprema de ponerse colorado–. Vale, pues como te vuelva a pillar espiándome, te vas a enterar…
Pasó a su lado con una expresión de cólera que no parecía muy auténtica, y
cuando no se había alejado más de dos o tres pasos, se volvió de repente, los
labios curvados en una sonrisa mal reprimida.
—¡Y cierra la boca, chaval, que se te va a llenar de moscas!
Él también sonrió sin querer, se rindió a la sonrisa automática que conquistó sus
labios como si tuviera previsto quedarse a vivir toda la vida en ellos, y siguió
sonriendo mientras ella desaparecía por el fondo del pasillo, con su camisa
blanca, y su pelo negro, y su falda corta, y sus muslos del color de las tartas de
yema tostada, y así permaneció durante mucho tiempo, a solas con su sonrisa y
el atropellado tumulto de su corazón, que había logrado trepar por su garganta
para latir en la misma frontera de sus oídos. Cuando echó a andar, fueron
también sus piernas las que lo decidieron por su cuenta. Él las siguió con los
movimientos dóciles, mecánicos, de un muñeco de cuerda prendido aún en el
hueco dorado de las corvas de aquella chica, recostado en la línea de su cuello,
acoplado a su cintura desnuda y sudorosa, aturdido, noqueado, narcotizado por
su propio deslumbramiento.
—¿Qué tal? –le preguntó su madre al abrir la puerta.
—¿Qué tal qué?
—Pues… ¿qué va a ser? La selectividad. ¿Qué nota has sacado?
—¡Ah! Muy bien –respondió él, y recuperó por un instante la visión fugaz del
elástico de unas bragas de algodón blanco revoloteando entre las tablas de una
falda demasiado corta, y aquella imagen desató una presión indolora, pero brutal,
en el centro de su frente–. He sacado un sobresaliente alto, nueve con siete.
—¡Hijo mío! –su madre se le echó encima para abrazarle y cubrirle de besos, y a
él le costó reaccionar incluso cuando ella le apretó la cara entre las manos–. ¡Qué
alegría, Juanito, qué alegría!
—Sí, tengo… –miró la bola de papel deshilachada y sucia que llevaba en la mano
y la encestó con un gesto rápido, limpio, en el paragüero–. Es estupendo. Estoy
muy contento, pero un poco cansado, ¿sabes, mamá? Me voy a mi cuarto un rato.
Llámame cuando esté la comida, ¿vale?
—¡Cómo me alegro, Juan! –la voz de su madre, conmovida de verdad, le
acompañó por el pasillo–.
¡Cómo me alegro por ti, hijo!
Cuando se tiró en la cama, dispuesto a no hacer nada excepto conservar a
cualquier precio aquel fabuloso estado de exasperación, no se daba cuenta
todavía de que la irrupción de Charo había desarbolado su primera gran conquista en un instante, como el manotazo de un niño travieso que derriba un castillo de naipes por el puro placer de destruirlo. Luego lo pensaría muchas veces, tendría veinte años para pensarlo, para maldecir la estridencia de aquella canción, y la de aquel cuerpo, para bendecirlas aún con más vehemencia, pero entonces no comprendió que cuando al fin había logrado algo, aquel rotundo diez de tinta roja que colocó el mundo entre sus manos en el breve paréntesis de un viaje en autobús, un impulso mucho más puro, más intenso, más necesario, le había arrebatado la medalla del ganador para llevarse la meta muy lejos, a un lugar que no conocía, que ni siquiera lograba atisbar, al que nunca podría llegar confiando solamente en sus propias fuerzas.
Aquella mañana, Juan Olmedo conoció el deseo y conoció la pérdida, y entre esas dos luces se convirtió en un hombre adulto, pero ni siquiera lo intuyó mientras permanecía tumbado de perfil sobre su cama, rodeando la almohada con las piernas, con los brazos, con toda la ansiedad que hervía en su frente, y en sus piernas, y en sus brazos. Sentía una inexplicable humedad en los ojos que no tenía nada que ver con el llanto, una erección súbita, poderosa, que no le desafiaba ni reclamaba su atención, y la piel despierta.
Su piel no volvería a adormecerse desde entonces. En la madrugada tibia que sucedió a aquel día de primavera en el que parecían haber terminado todas las cosas, la sentía aún, a pesar del cansancio de la caminata, y de la derrota de sus bolsillos, y de las palabras de Charo envenenando para siempre los hilos del teléfono, allí estaba su piel, tensa, alerta, insoportable.
Cuando entró en el portal, cerró los ojos y corrió hacia las escaleras, como si en la oscuridad del patio acechara un enemigo poderoso y sagaz, armado hasta los dientes.
Su casa también estaba a oscuras, pero la diminuta bombilla del flexo de su mesa le recibió con un resplandor cálido y cercano, como el abrazo de un viejo amigo, y los huesos del cuerpo humano, cada uno con su nombre y sus características, su tamaño y su función, parecieron alegrarse de volver a verle desde el fondo de la monótona casa de papel donde los había dejado encerrados a media tarde. Se propuso recordarlos en voz baja, desde el cráneo hasta los dedos de los pies, pero aún no había terminado con las vértebras cuando escuchó el ruido de la puerta. Era la una menos cuarto de la mañana. Damián, aunque por aquel entonces ya había abierto su primera panadería, no solía volver a casa tan pronto. Juan cerró los ojos y se sintió infinitamente cansado.
—¡Hombre! –su hermano enarcó las cejas para subrayar su sorpresa al encontrárselo delante de la mesa–. Aquí está Madame Curie… Cerró la puerta sin hacer ruido, tiró sobre su cama la americana que llevaba enganchada en un dedo con un gesto circular, casi un brindis taurino, se sentó en la única butaca que había en el dormitorio y estiró las piernas para apoyar los tobillos sobre una esquina de la mesa, sus pies cruzados, desnudos, a un par de centímetros del libro de anatomía en el que estaban clavados los ojos de su hermano.
—¿Me quieres explicar qué pasa contigo? –le increpó mientras se desabotonaba la
camisa–. Eres un impresentable, tío, no se te puede llevar a ninguna parte.
—Déjame en paz –Juan protestó en un murmullo, negándose a mirarle todavía.
—¿En paz? En paz tendrías que dejarme tú a mí, joder, que no haces más que
ponerme en ridículo.
¿Qué te ha pasado, me lo quieres decir de una vez?
El silencio de Juan le impulsó como un resorte oculto, y se levantó, tiró la camisa
sobre la americana y se acercó a él para hablarle casi al oído, aferrando su
hombro izquierdo con la mano.
—¿No? Pues te lo voy a decir yo a ti, Juanito. Lo que pasa es que esa tía es
mucha mujer para ti, eso es lo que pasa. ¿Qué te creías, que no lo sabía? Me lo
ha contado mamá después de comer, imbécil, por eso me he empeñado en
invitarte a lo de Conchi, a ver si espabilabas, pero ni por ésas…
¡Joder! Lo que tienes que hacer es dedicarte a los utilitarios y dejar los deportivos