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para los que entendemos, ¿te enteras? Si se veía venir, si estaba cantado.

¿Adónde ibas a ir tú con semejante pedazo de tía, desgraciado?

No habría querido reaccionar, ni hablar, ni moverse. No habría querido hacerlo, y

sin embargo se revolvió sobre la silla y lanzó un puño hacia la cara de su

hermano.

Pero no la encontró, porque él le estaba esperando.

—¡En, eh, eh! –después de apartar la cabeza para esquivar el golpe, Damián

aprovechó el momentáneo desequilibrio de Juan para inmovilizarle, cerrando sus

propios puños alrededor de las muñecas de su frustrado agresor para seguir

hablándole desde arriba–. ¿Me vas a pegar? ¡Qué miedo! Dime una cosa, anda…

No te la habrás tirado, ¿verdad? ¿A que no? –se rió, como si su propia pregunta le

hubiera hecho mucha gracia–. ¿A que ni siquiera te la has tirado? Como si lo

viera, seguro que no. Y mira que lo va pidiendo la tía, ¿eh?, a gritos lo va

pidiendo, no hay más que verla… Si es que hay que ser memo, coño, tonto del

culo, hay que ser… No aprenderás nunca, Juanito, nunca en la vida, tanto

estudiar, tanto estudiar…

Luego lo soltó de golpe, y terminó de desnudarse como si estuviera solo en la

habitación. Juan apretó los ojos, los puños y el alma, pero antes de regresar a las

cervicales, se preguntó por primera vez qué clase de sonido producirían los

huesos humanos al romperse.

El día en que Tamara cumplió once años, Andrés estuvo a punto de no ir a la fiesta. La tarde anterior, mientras el poniente suspendía en el aire un millón de diminutas gotas de agua que no se veían, pero empapaban todas las cosas con una tenacidad líquida y triste, su madre y él tuvieron una bronca insólita en el único hipermercado del pueblo. A Andrés no le gustaba ir de compras y la ropa le traía sin cuidado. Era él quien solía consolar a Maribel cuando ella se quejaba, con una pequeña amargura que no dirigía en concreto a nada ni a nadie y que por eso se acababa volviendo contra sí misma, de que su único hijo tuviera que vestir

siempre ropa usada, herencias de sus primos, de sus vecinos, de los hijos de

algún conocido que llegara a acordarse a tiempo de que existía. Sin embargo,

aquella vez era distinto.

Aquella tarde, al volver del colegio, Andrés le recordó a su madre que tenía que

llevarle de compras antes de saludarla y hasta de quitarse la mochila. No quiso

quedarse a ver sus dibujos animados favoritos y ni siquiera consintió en sentarse

a merendar. Se comió el bocadillo en la parada del autobús y al llegar a la tienda

no pidió agua, ni una coca–cola, aunque tenía sed, porque quería que su madre

estuviera contenta. Buscaron juntos un disco compacto que le apetecía mucho a

Tamara y fueron luego a la sección de ropa de niños, donde se tomó su tiempo

para escoger una camisa blanca de manga larga con rayas verticales, anchas,

azules, y un forro polar liso, del mismo azul. Cuando se volvió, descubrió que

estaba solo. Su madre avanzaba hacia él llevando una percha en la mano.

—Mira –le dijo, mostrándole lo que ella llamaba un «jerselillo», un polo muy fino,

de manga corta, estampado en rayas horizontales, verdes y marrones, separadas

por una especie de grecas blancas impresas en relieve–. ¿Qué te parece?

—No –y movió la cabeza de un lado a otro para acentuar su negativa–. Lo que yo

quiero es esto, mamá.

—A ver… –Maribel abrió la camisa, la miró frunciendo los labios en una mueca

despectiva, le echó un vistazo al precio y ni siquiera se tomó la molestia de

alargar la mano hacia el forro polar que su hijo le tendía–. Ni hablar.

Una camisa de manga larga ¿para qué? Ni que fueras de boda, hijo mío. Esta

camisa luego no te la vuelves a poner en la vida, y el jersey ese, tan gordo, no

digamos ya… ¡Pero si aquí no hace frío para llevar eso! Este jerselillo, en cambio,

te vale también en verano. Ahora te compro un jersey de esos finitos, de cuello

de pico, verde, o marrón, para que haga juego, y ya…

—¡Que no! –Andrés estiró los brazos, cerró los puños, y los movió en el aire, en

un gesto que se quedó a medio camino entre un acceso de rabia infantil y una

pelea imaginaria pero intensa, casi cómica–. No me pienso poner eso.

No me lo voy a poner, no, no y no.

Mañana me quedo en casa y no voy a la fiesta, ya está.

—¿Pero qué estás diciendo? No entiendo…

—No pienso ir vestido de cateto a la fiesta, mamá, ¿lo entiendes? No me da la

gana. Prefiero no ir.

—¿De cateto? –Maribel dirigió a su hijo una mirada más que recelosa–. ¿Pero qué

pamplinas son ésas? ¿Quién te mete tantas tonterías en la cabeza? ¿Sara?

¿Tamara? ¡De cateto! Tú no sabes lo que dices, hijo mío…

—Claro que lo sé –murmuró Andrés, mientras el desaliento suplantaba a la rabia

en su voz, delgada ahora, tensa y frágil como un hilo a punto de romperse–. Y no

hace falta que me lo diga nadie. Me doy cuenta yo solo de las cosas.

De todas las cosas, mamá, pensó después, pero ya no lo dijo. Durante un

instante, los dos se miraron cara a cara, sin hablar, la madre enfadada y asustada

a la vez, el hijo dispuesto a mantenerse firme, paladeando por anticipado, con esa

insensata crueldad propia de los niños, el disgusto que se llevaría Maribel cuando

comprobara, al día siguiente, que él se negaba a ir de verdad a aquella fiesta en la que le apetecía tanto estar.

—Bueno –dijo la madre después, con un tono que quería dar a entender que aquello, cualquier cosa que hubiera sido, se había acabado ya–. Vamos. Quiero mirar…

—No –interrumpió el hijo, sentándose en el suelo, y rodeó sus piernas con los brazos para fabricar un hueco donde esconder su cabeza cuando acabara de hablar–. No quiero ir a ninguna parte y no me pienso poner esa ropa de cateto. No la compres, ya estoy harto de…, de…

La suavidad forzada, casi sedosa, de la tela de unos vaqueros muy gastados acogió su frente con dulzura cuando se recluyó en sí mismo antes de tiempo, obligándose a un silencio piadoso con su madre y con su propio ánimo. No quería llorar, y tampoco quería decir la verdad, ni una sola palabra de la que pudiera arrepentirse después. Además, su madre no le entendería. Maribel jamás podría entender lo que había significado para su hijo la llegada de Sara y de los Olmedo al pueblo, a su vida de jerselillos baratos y colegio gratis entre niños ricos. La primera vez que aquel BMW gris metalizado, tan grande que no cabía bien por las callejuelas del centro, se detuvo ante la verja del patio y abrió sus puertas sólo para él, Andrés miró hacia atrás antes de ocupar la plaza del copiloto y leyó una envidia súbita, un escándalo instantáneo e imprevisto, todo un triunfo, en la mirada turbia de algunos de sus compañeros. Allí estaba Alonso, el hijo de ese herrero que se había hecho de oro con la carpintería metálica de casi todas las urbanizaciones de los veraneantes, y Medina, cuya familia cosechaba ahora viviendas unifamiliares en sus viejas tierras de cultivo, y Solís, que era muy bruto y suspendía siempre cuatro o cinco, pero tenía la vida asegurada gracias a la inmobiliaria de su padre, y Auxi, la prima de Medina, que en aquel instante dejó de presumir del precio del monovolumen que acababa de comprarse su madre. Allí estaban todos ellos, quietos, pacíficos, callados por una vez. Entonces, Andrés apostó consigo mismo a que las cosas iban a cambiar, y habían cambiado. En lo que llevaba de curso, no había tenido que empezar ninguna pelea para perderla después. Nadie había llamado a su madre marmota, nadie había insinuado que saliera sola todas las noches, nadie le había preguntado dónde estaba su padre, nadie se había reído de su mochila vieja ni se había quejado de la comida que hacía su abuela.

Tamara había sido el martillo que remachó el clavo. Andrés sospechaba que todos los niños de su clase andaban medio enamorados de ella, y las niñas, que por un lado se burlaban de su acento y de su manera de vestir, por otro darían cualquier cosa por parecérsele. Y Tamara, que hablaba tan bien el inglés y tan fino el español, y era tan alta, y tan moderna, y tan lista, y tan de la capital, y tan insoportablemente guapa, era suya, porque no se despegaba de él ni un instante. Andrés no lo entendía, pero acataba sin rechistar aquel insólito gesto de magnanimidad de su suerte y hacía todo lo posible para que las cosas no se torcieran, aunque a veces tenía la impresión de que ella no se daba cuenta ni de eso ni de ninguna otra cosa que sucediera a su alrededor. Tamara era una niña