Sara fue también la primera que celebró su aspecto al día siguiente, cuando apareció con su ropa nueva en casa de los Olmedo.
—Pero… ¡qué barbaridad, Andrés! –le susurró en el oído, un instante después de besarle en la mejilla–. ¡Qué guapo estás, y qué elegante!
El tío de Tamara habló en voz alta, enfocando hacia él todas las miradas justo en el momento en que Maribel, vestida con uno de esos vestidos que le gustaban, atravesaba el umbral.
—¡Hombre, si parece que somos del mismo equipo! –le dijo, y era verdad, porque los dos iban vestidos igual. Entonces Andrés miró a su madre, y ella le sonrió, y él se dijo que también sonreía a su camisa de rayas, y a su jersey de color azul intenso, a sus vaqueros nuevos.
Tamara estaba guapísima con el regalo de Juan, un vestido de gitana rojo con lunares blancos, y un mantoncillo a juego, y collares, y peinetas, y pulseras, y unos zapatos de tacón con los que, en vez de media cabeza, le sacaba una cabeza entera, pero él se sintió muy bien, tanto que se atrevió a acometer una pequeña serie de gestos exhibicionistas ante sus compañeros de clase, y durante la merienda fue un par de veces corriendo a la cocina a buscar vasos o cucharas sin preguntarle a nadie dónde estaban, y puso luego en marcha la videoconsola de Tamara en ausencia de su dueña para demostrar que conocía todos los trucos capaces de hacer avanzar al muñequito entre las trampas más mortíferas y los más profundos precipicios. El tiempo pasó volando, pero él no se apresuró cuando, hacia las ocho y media, el timbre de la puerta empezó a sonar con metódica insistencia, reclamando en menos de media hora a todos los demás invitados. Andrés ya sabía que seguramente sería el último en marcharse, porque su madre insistiría en ayudar a Juan a recoger, y acertó. A cambio fue el primero en encontrar a Alfonso, cuando los adultos, al volver de la cocina, se sorprendieron al no verle con los niños, en el salón. Alfonso Olmedo estaba en el jardín, de pie, con el cuerpo muy tieso, casi rígido,
los brazos colgando blandamente a los lados y la cabeza sin embargo inclinada a
la derecha, los ojos vueltos hacia una esquina del cielo nocturno. Andrés le
distinguió a través de la cristalera del salón y fue hacia él, presintiendo lo que
ocurría antes incluso de que, al abrir la puerta, el viento le azotara en la cara
como un enemigo emboscado en su propia transparencia, para barrer después
todas las superficies de la habitación y estrellar los papeles de regalo contra la
pared frontera con una violencia que parecía humana, intencionada. A la luz
amarillenta de las farolas, Andrés distinguió enseguida la silueta imposible,
absolutamente inmóvil, de dos gaviotas disecadas por el viento. Los pájaros, con
las alas extendidas, la cabeza recta, el pico cerrado, componían una estampa
artificial, como un dibujo minucioso, una foto trucada, una calcomanía de fondo
traslúcido que la mano de nadie hubiera logrado aplicar a la inexistente carne del
aire.
Pero eran gaviotas, y estaban vivas. Alfonso Olmedo lo sabía, y por eso las señaló
con la barbilla, los ojos dilatados por la inquietud, cuando Andrés llegó a su lado.
El niño le puso una mano en la espalda mientras trataba de consolarle
repitiéndole que no se preocupara. Así les encontró Juan, que a primera vista no
fue capaz de descubrir nada que justificara aquella escena.
—Es el levante –le explicó Andrés, señalando el cielo con la mano derecha para
no abandonar a Alfonso, a quien seguía intentando acompañar con la izquierda–.
Acaba de entrar, y ha entrado fuerte. Las gaviotas se vuelven locas, ¿lo ves?, no
saben para dónde ir. Al principio dan vueltas como tontas en el aire, van hacia un
lado, hacia el otro, pierden altura de repente… Es como si se les olvidara volar.
Entonces, antes o después, chocan de frente con el viento y ya no pueden
avanzar. Lo intentan un rato y luego se quedan quietas, esperando a que el
levante afloje. Da miedo, ¿verdad?
Andrés levantó la cabeza y leyó una respuesta afirmativa en los ojos de Juan, en
los de Sara, aunque ninguno de los dos quisiera contestarle.
—Es siniestro –comentó él por fin, como si no hubiera sido capaz de encontrar
antes la palabra justa para calificar lo que estaba viendo.
—Sí –Sara arrugó el ceño–.
Pobres animales.
—No es más que viento –repitió Andrés, meneando la cabeza–, pero a mí me da
mucho miedo… Me da miedo que acabemos todos locos, igual que los pájaros.
II
El precio de los fusiles
Al día siguiente, domingo, Sara Gómez se levantó tarde y con una desconocida
sensación de bienestar que al principio ni siquiera fue capaz de catalogar como
tal.
Cuando lo logró, se incorporó en la cama y dirigió una mirada suspicaz a su
alrededor, como si algo, los muebles, los objetos, el orden en el que estaban
colocados, pudiera haberse movido durante la noche, en la ausencia forzosa de
sus horas de sueño. Pero no halló el origen de ese cambio repentino entre las
cuatro esquinas de su habitación.
Tampoco en su interior. Sentía la cabeza tan pesada como si la tuviera llena de agua y esa turbiedad placentera de las buenas resacas, las que se resuelven en una insensibilidad esencial para combatir la violencia de los amaneceres, esquivando el dolor de cabeza y la conciencia de culpa que germina en la garganta seca de las malas borracheras. Volvió a tumbarse, se acurrucó en una esquina de la cama y se tapó hasta la nariz, dispuesta a apurar esa sensación que no era capaz de comprender, un bienestar que no controlaba pero que tampoco comprometía la objetividad de sus percepciones.
Después de haber sostenido durante casi treinta años un idilio inconstante pero tumultuoso con el alcohol, Sara había desembocado en una disciplina de abstinencia personal que se resumía en una regla básica. Nunca bebía cuando estaba sola. Sin embargo, se permitía una copa, o dos, cuando tenía la oportunidad de disfrutarlas entre otros bebedores, porque ésas no le daban miedo. Desde que vivía al lado del mar, estas normas habían cambiado ligeramente, plegándose a la voluntad del paisaje y al nuevo carácter de una soledad distinta, pero los resultados seguían siendo aceptables. Lo de la noche anterior había sido una excepción, se dijo, y ni siquiera excesiva. En esta certeza se acunó hasta que consiguió dormirse de nuevo. Su padre siempre se tomaba una copa de coñac después de cenar. Sara no se acordaba de cuándo había empezado a mirarla con envidia, pero ya fumaba en casa, y traía un sueldo cada fin de mes, cuando decidió empezar a acompañarle. Al verla por primera vez con una copa en la mano, su madre se tapó la cara con el delantal, el gesto terminante, universal, con el que expresaba casi cualquier sentimiento, indignación, alegría, escándalo, sorpresa, disgusto, emoción o tristeza, pero a su marido no le pareció mal. Arcadio conocía a su hija mejor que Sebastiana porque podía leer en su cara, en la firmeza de sus labios, en la determinación de sus cejas, en una forma peculiar de levantar la cabeza con la nariz por delante como si pudiera olfatear las amenazas, la huella del carácter que él tuvo una vez hasta que su suerte le obligó a tragárselo y lo perdió para siempre. Por eso, cada vez que rellenaba su copa echaba un chorrito en la de Sara, y fruncía el ceño para comentar sin palabras la monótona queja de su mujer, que les recordaba cada noche en un murmullo infatigable, como un rezo, una salmodia, que aquello era cosa de hombres, de hombres, y que ya lo decía hasta el anuncio, cosa de hombres, de hombres, no de jovencitas… Sin embargo, a escondidas de la publicidad, el coñac también da calor y compañía a las mujeres.
Las arropa por las noches, dentro y fuera de sí mismas, las protege piadosamente de su memoria, y cubre sus ojos con el velo neutro, gris, del sueño fácil. Cuando lo descubrió, Sara se lanzó en sus brazos con la alegría incauta de las amantes primerizas, y en ausencia de otros amores, lo cultivó sin paciencia y con tesón. Hasta que le vio la cara. Entonces, su propia pobreza la salvó. Personas con más intereses, con más preocupaciones, con más propiedades, con más horizontes que ella, habrían sucumbido en su lugar al fuego dulce de la disolución, pero Sara