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no tenía nada, ninguna cosa excepto a sí misma, y no podía perderse como se estaba perdiendo, gota a gota, en la opacidad de las madrugadas, en las puñaladas de los despertares, en esa pasta seca y embarrada que rellenaba cada hueco de su boca entre los dientes y las encías; la sed sólida, espesa, que masticaba sin ganas entre la última copa y la siguiente. Por eso, una noche cualquiera que parecía idéntica a todas las demás, descubrió que no podía afrontar la mirada de su padre. La dignidad, ese recurso desesperado y último de las supervivientes, fue su primera razón para dejar de beber. Pero las vidas difíciles fabrican adultos difíciles, y la facilidad es líquida, ambarina, confortable, barata, útil. Imprescindible a veces, y de memoria larga, duradera. Sara Gómez no habría querido volver a beber pero lo hizo, una vez, y otra, y otra, siempre que descubría que su camino se borraba, que se esfumaba ante sus ojos, que ya no podía avanzar, escoger una dirección, seguir adelante, siempre adelante, porque todas las flechas convergían, señalaban hacia el mismo lugar, ella misma parada, quieta, clavada en el suelo. Conocía bien ese pánico, ese cansancio de la inmovilidad, del aburrimiento grave y profundo que suele embozarse en nombres más sonoros, hastío, angustia, desesperanza. Ella sola tal vez habría hallado una salida, pero no estaba sola, tenía a su cargo a dos ancianos maltratados y exhaustos que merecían al menos un final apacible. Cuando dudaba hasta de eso, el coñac volvía a darle calor, compañía, hasta que el paladar se le empastaba de barro, y entonces lo dejaba, y ya sabía que no era para siempre. Esa incertidumbre, el presentimiento constante de las recaídas, no la atormentaba, porque había aprendido a vivir en la ambigüedad como los peces aprenden a nadar en el agua, por pura necesidad, por puro instinto, antes incluso de tener recuerdos. La niña partida por la mitad que cambiaba de ojos igual que de vestido, y sabía mirar en color, y mirar en blanco y negro, se había extinguido en la figura discreta de una mujer corriente, una silueta común, reconocible aunque no vulgar, que sin embargo nunca encajaba en ninguna parte, como la pieza defectuosa que recorre una y otra vez la superficie de un puzzle gigantesco sin hallar jamás un hueco hecho a su medida. Cuando se abusa demasiado de la elasticidad de un tejido, las fibras se relajan, se rinden, se aflojan para siempre. Así su ánimo, incapaz ya de dar más de sí, se había amoldado al caos, un desorden sentimental que no hallaba solución, pero sí cierta apariencia de estructura, en el fondo de una copa de coñac. Más allá, ya no esperaba nada, no aspiraba a nada, no quería saber nada. Hasta que de repente todo cambió. Algún oculto engranaje del universo se puso en marcha, una tuerca remota ajustó en un tornillo, una estrella cambió súbitamente de rumbo, y se hizo la luz en la imaginación de una mujer sin futuro. Cuando Sara Gómez descubrió que por fin tenía una oportunidad de enderezar el destino con sus propias manos, comprendió de inmediato que la sobriedad era un requisito fundamental para sus planes. A partir de aquel momento, tenía que pensar mucho y hacerlo deprisa, estar muy despierta, pendiente hasta de los menores detalles, y mimar escrupulosamente su reputación. Se despidió del coñac con un beso lánguido y melancólico, esa nostalgia imprecisa con la que se abandona a los amantes que

hacen daño sólo a costa de haber regalado antes el precario fulgor de un placer purísimo, venenoso, irreemplazable, pero, sin embargo, no lo echó de menos en el frenesí cotidiano de su dulce impostura ni en la feroz explosión que vino después, el frenesí distinto pero igualmente intenso que había culminado en una vida nueva, una flamante normalidad que jamás se habría atrevido a calcular para sí misma.

Entonces se puso alerta. Al fin y al cabo, tenía tan pocas cosas que tampoco había sabido nunca cómo despedirse de nada, ni de nadie, para siempre. Pero en la playa descubrió que el coñac había cambiado con ella. Había cambiado su sabor, más manso ahora, más pálido, y había cambiado su poder, que parecía haber renunciado al seco despotismo de antaño para ejercer una autoridad –matizada, flexible, limitada a la cantidad que llenaba la copa. Después de treinta años de pasión y de culpa, Sara Gómez aprendió a beber por placer, para cultivar el leve estado de alumbramiento interior que cimenta el prestigio de los bebedores sabios, renunciando al fin a la necesidad sucia y humillante de beber para atontarse, para no pensar, para no saber, para merecer el pobre premio de un sueño largo y pesado. Cuando se dio cuenta, sintió una amarga punzada de compasión hacia sí misma, pero concluyó que peor habría sido no llegar a sentirla nunca. Desde entonces, había vuelto a beber sola, una copa única después de la cena, nunca llena del todo, y no todas las noches, y el rito mudo de calentarla en la mano, de consumirla despacio, mirando el cielo o leyendo un libro, se había convertido en el mejor momento de muchos de sus días.

La noche anterior había renunciado espontáneamente a ese equilibrio, pero agradeció la magnanimidad de su cuerpo, que no quiso pasarle factura, sin llegar a arrepentirse del todo. La verdad es que durante la fiesta y sobre todo después, cuando todos los niños se marcharon y Juan Olmedo la invitó a quedarse para disfrutar de una última copa en el campo de batalla al que había quedado reducido el salón de su casa, había estado mucho más pendiente de lo que ocurría a su alrededor que de la cantidad de coñac que ingería en cada sorbo. Con la excepción del instante de terror que paralizó a Alfonso ante la imagen de dos gaviotas clavadas en el cielo, no había sucedido nada extraño. Tamara parecía contenta, tranquila, y tan cansada como era de esperar después de tantas horas de protagonismo absoluto, pero Sara seguía dándole vueltas a la inquietud de Juan, al nerviosismo que había mordido las esquinas de cada palabra en aquella revelación que ella no esperaba ni había provocado, una confidencia grave que sin embargo le había sonado tan fácil, tan fluida como si estuviera ensayada. Era él quien había escogido ponerla en guardia, prepararla para un impacto que no llegaría a producirse, hablar de más. Sara sabía por sí misma que el exceso de precauciones puede llegar a resultar más significativo que su ausencia, y al comparar el oscuro color de los tenores de Juan Olmedo con la neutra placidez de las escenas que estaba contemplando, se afirmó en la sospecha de que algo no encajaba, como si algún detalle importante no hubiera llegado a aflorar entre las breves, ordenadas, exactas pausas de su discurso.

—Mi hermano Damián, el padre de Tamara, murió hace exactamente un año –le explicó mientras caminaban deprisa, con el viento en contra, por la calle comercial más importante del pueblo–, el mismo día del cumpleaños de la niña. Su hija estuvo esperándole toda la tarde para partir la tarta, pero él no pudo llegar a tiempo. Apareció a las tantas de la mañana. Tamara, que se había cogido un berrinche espantoso, estaba ya durmiendo.

Damián había bebido muchísimo y no andaba muy bien de reflejos. Yo le estaba esperando. Estaba preocupado porque no había llamado para avisar, nadie sabía por dónde andaba, y me enfadé al verle así, porque estaba desatado, siempre borracho, no comía, no dormía… Se pasaba mucho, todos los días. Total, que discutimos, se puso nervioso, perdió el equilibrio y se cayó por la escalera. Era una escalera larga, recta, sin rellanos, la escalera ideal para matarse, y además tuvo mala suerte, muy mala suerte, porque se partió el cráneo contra un escalón. Mi cuñada había muerto siete meses antes, en un accidente de coche, y no sé cómo reaccionará la niña ante otra fiesta de cumpleaños. Yo habría preferido no celebrarla, pero ella está empeñada en hacerlo y, después de pensarlo mucho, he decidido hacerle caso. Creo que darle demasiada importancia al aniversario acabaría siendo peor. Por eso no te escuchaba, lo siento.