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Aquella mañana, Juan Olmedo la había llamado a casa desde el trabajo. Faltaban solamente un par de días para el cumpleaños de su sobrina, y aunque llevaba semanas dándole vueltas a la cuestión del regalo, no había decidido nada todavía hasta que la noche anterior, un instante antes de quedarse dormido, tuvo por fin una idea luminosa. Iba a regalarle a Tamara un traje de flamenca. Por un lado estaba seguro de que le gustaría, porque a todas las niñas les gusta tener un vestido tan especial, pero además le había parecido una forma de afianzarla en su nueva vida, de ayudarla a echar raíces, a asentarse en el lugar donde vivía. Una compañera del hospital le había dado la dirección de una modista que vendía trajes durante todo el año, y se le había ocurrido llamarla para pedirle que le acompañara, porque no estaba muy seguro de saber escoger. También podría recurrir a Maribel, añadió al final, pero no me fío demasiado de sus gustos. Sara sonrió antes de asegurarle que no había hecho planes para aquella tarde y que le encantaría ir de compras con él. Mientras tanto, pensaba que aquélla sería una oportunidad excelente para comentar con su vecino los flamantes planes inmobiliarios que estaba empezando a diseñar, tanto para asegurar el futuro de su asistenta como para combatir su propio aburrimiento.

Quedaron a media tarde en un bar del centro del pueblo y ella atacó enseguida, cuando aún no habían terminado los cafés. Juan estuvo de acuerdo en que, aun pareciendo atolondrada, caprichosa, Maribel era en realidad una mujer muy trabajadora y responsable, y llegó a darle la razón a Sara en cuanto a la conveniencia de que invirtiera el dinero que había heredado. Más allá, su atención se fue extinguiendo en una serie mecánica de gestos de asentimiento y gruñidos de aprobación que convencieron a su interlocutora de que la oía sin escucharla. —Bueno –resopló ella, cuando no había llegado aún a la mitad de la lista de posibilidades que estaba empezando a barajar–, ya veo que no es un tema que te

apasione.

—No, no es eso –respondió él, mirándola a la cara por primera vez desde que caminaban juntos–.

Es que estoy preocupado, perdóname…

Entonces le contó cómo había muerto su hermano, el padre de Tamara, y ninguno de los dos volvió a decir nada, ni de aquél ni de ningún otro asunto, hasta que el vestido que eligieron les proporcionó un tema de conversación confortablemente trivial para el camino de vuelta.

Desde aquel momento, Sara Gómez no había dejado de analizar la escueta noticia de la muerte de Damián Olmedo. Hiciera lo que hiciera, ducharse, cocinar o ver la televisión, la figura de un hombre rodando por una escalera la acompañaba como si estuviera grabada en relieve sobre el telón de fondo de su memoria, consintiendo apenas la breve aparición de otras imágenes, otras fugaces figuras, pero sin querer borrarse del todo. Le fue dando vueltas a aquella historia con la metódica minuciosidad que había convertido su cabeza en una herramienta de cálculo, pero no fue capaz de hallar en ella ninguna fisura, ningún resquicio que consintiera la amenaza de una palanca.

Cada una de las preguntas que se le ocurrían tenía una respuesta inmediata, evidente. La gente muere todos los días en accidentes domésticos, crueles de puro estúpidos, se asfixian con el hueso de una ciruela, se caen al intentar arreglar el tejado de su casa o se electrocutan colgando una lámpara, y sus muertes resultan tan triviales, tan brutalmente razonables, que ni siquiera merecen una nota en los periódicos. Juan Olmedo estaba allí, pero eso no era extraño.

Las familias suelen reunirse en los cumpleaños de los niños, y él debía de tener mucha relación con Tamara, con sus padres, porque de lo contrario no se habría hecho cargo de ella después, cuando se quedó sola. Que viera caer, morir a su hermano, aportaba un detalle siniestro a su relato, pero tampoco escapaba a la lógica. Si estaba con él, en lo alto de la escalera, no habría podido evitar el accidente, y si estaba abajo y vio cómo se le venía encima, no habría tenido tiempo para reaccionar. Cuando se conocieron, el verano anterior, Tamara le había contado que sus padres murieron en un accidente y, como si la pudorosa parquedad en los detalles dependiera de un factor genético, no quiso añadir nada más. Sara había supuesto desde el principio que la niña hablaba de un accidente de tráfico, y ella se lo confirmó más adelante con algunos datos sueltos que ahora parecía evidente que se referían solamente a la muerte de la madre, pero hasta para eso existía una explicación sencilla. Si su padre había llegado tarde y borracho a su cumpleaños, si había discutido por eso con su hermano y se había caído por la escalera, el recuerdo del accidente sería para ella peor que una pesadilla. Quizás se sentiría incluso culpable de haberlo provocado y, hasta si no era así, la versión de que ambos padres habían muerto juntos, en el mismo accidente, siempre parecería más sencilla, más limpia que la verdad. Nadie hace demasiadas preguntas sobre los coches que se estrellan, como si las personas que los usan a diario asumieran alegremente que el destino de cualquier coche es

estrellarse antes o después. Tal vez había sido el propio Juan quien había aconsejado a su sobrina que se limitara a contar aquella mentira a medias, y Sara no sólo lo habría comprendido, sino que habría aprobado esa estrategia con energía. Al llegar a este punto, se daba cuenta de que estaba atrapada en una historia verosímil que además tenía ingredientes de sobra para ser cierta y, sin embargo, algo la impulsaba a volver al principio, a repasar otra vez todos los datos, a preguntarse dónde estaba el error, mientras la figura de un hombre desconocido que cae rodando por una escalera se le hacía tan familiar como si pretendiera quedarse a vivir dentro de su cabeza.

La expectación que Juan había provocado con sus advertencias se deshizo como una burbuja de jabón ante la naturalidad con la que Tamara desempeñó su papel de anfitriona. Sin embargo, cuando el final del bullicio la consintió volver a pensar, mientras hablaba con su vecino cara a cara en un rincón del salón, Sara se dijo que la ausencia de reacciones de la niña encerraba un misterio aún más profundo que la inesperada confidencia de su tío. Le habría parecido más natural que Tamara estuviera triste, mustia siquiera por dentro, que forzara sus sonrisas, que se hubiera emocionado al soplar las velas, que hubiera dado alguna señal, si no de duelo, sí al menos de cierta melancolía. En su alegre impasibilidad, que no albergaba ninguna esquina, ningún hueco para el recuerdo del padre muerto, creyó encontrar Sara Gómez un argumento nuevo para seguir meditando, mientras el coñac la envolvía poco a poco en una espesa crisálida de algodón sedoso, tibio y transparente.

A la mañana siguiente no lo había olvidado del todo, pero cuando logró levantarse por fin, hacia las once, le intrigaba mucho más esa insólita, benéfica sensación cuyo origen no había podido descubrir aún. Abrió la puerta del cuarto de baño y la cólera de la corriente la congeló en el umbral durante un instante. Desventajas de acostarse borracha, pensó, al darse cuenta de que se había dejado la ventana abierta toda la noche y, aunque estaba tiritando, no quiso cerrarla, porque el aire frío le venía bien para despejarse, y el cielo, arrogante de puro azul en la frontera de diciembre, alardeaba de un sol resplandeciente y circular, como una garantía anticipada de la primavera. Se envolvió en el albornoz y al sentir el contacto del tejido contra su piel, vio casi esas chispas de colores que identifican las obras de las hadas madrinas en las ilustraciones de los libros infantiles. Cuando se cubrió las mejillas con las solapas, lo comprendió todo. El albornoz estaba seco, completa y definitivamente seco, tan esponjoso, tan crujiente como si lo acabara de descolgar de la cuerda en pleno agosto. Hacía más de un mes, tal vez dos, que no tocaba nada parecido.