Entonces supo lo que saben las gaviotas, y entendió al fin esa extraña frase con la que la gente del pueblo describía los efectos de un viento sin el cual no podrían ni sabrían vivir en invierno.
El levante se lo lleva todo, decían, y era verdad. Sara volvió al dormitorio, abrió el balcón de par en par y se abandonó al viento que barría las casas, que secaba las sábanas, que limpiaba el aire, que aireaba la sangre estancada en el mohoso abrigo de la humedad, esa tristeza pantanosa y sucia de los días más cortos. El
levante azotaba su cara, desflecaba su pelo, bailaba dentro de su cabeza e inundaba sus pulmones con el ritmo necesario, regular, de una marea aérea y torrencial que afilaba el sentido del verbo respirar. La pesadez del plomo, la mecánica del óxido, el aterciopelado veneno del musgo huían en tropel, con esa prisa torpe de los cobardes, ante el empuje de aquel viento formidable, tan poderoso y paternal como un dios clásico.
Sara corrió al piso de abajo, aseguró las puertas para que no golpearan, improvisó una colección de pisapapeles con ceniceros y cacerolas, y abrió las ventanas una por una. No se acordó entonces del otro levante, el demonio rencoroso que hace hervir el cielo, y a la gente con él, en la inmensa olla de paredes transparentes donde se cuecen los días más infernales de cada verano. Los papeles y los objetos que echaron a volar por su cuenta pese a todas sus precauciones le trajeron en cambio el recuerdo de la noche anterior, el desorden en el que habría amanecido la casa de sus vecinos y, como si el viento pudiera barrer también las ideas tontas, se asombró de haber llegado a consagrar tanta atención a desmenuzar las claves de una tragedia que no encerraba otro misterio que su propia, trágica naturaleza. Todas las obras del azar son enigmáticas, porque su misma esencia es un enigma, y ella debería saberlo mejor que nadie. Si Juan Olmedo tuviera algún día la oportunidad de escuchar su propia historia, empezaría a preguntarse de qué película habría podido sacar ella tantos disparates antes de llegar a la mitad.
Cuando el levante agotó su capacidad de regocijo, fue a la cocina y se preparó un café. No quiso tomar nada más porque era ya muy tarde, todo un acontecimiento que celebrar en el peor día de la semana. Mientras calculaba que apenas llegaría a cruzar unas pocas palabras con el quiosquero y tal vez con el camarero de algún bar si se animaba a ir de paseo al pueblo por la tarde, removió junto con el azúcar la verdad de todas las mañanas de domingo.
—Lo que pasa es que me aburro –musitó, aunque su vecino no pudiera oírla, ni absolverla en el acto de todas sus sospechas–, eso es lo único que pasa…
En octubre de 1963, cuando empezó a frecuentar aquella clase tan distinta de las aulas que conocía, Sara Gómez Morales recordaba bien los tormentos que le había infligido el álgebra en el último año de bachiller. Por eso se tomó la taquigrafía como un pasatiempo, una simple técnica que dominar a base de memoria y horas de práctica. Con la mecanografía le ocurrió algo parecido, aunque la máquina representaba un elemento ajeno para alguien acostumbrado a trabajar solamente con una pluma y un papel.
De todos modos, aquel verano había aprendido cosas mucho más raras, que le exigieron dosis de concentración muy superiores. A calcular la cantidad de lejía necesaria para lavar la ropa blanca sin que la tela se debilite ni se ponga amarilla, por ejemplo. A planchar una americana a través de un paño húmedo. A determinar el punto exacto del tomate frito, en el momento en que la pulpa ha soltado ya todo el líquido pero el aceite todavía no ha empezado a aflorar a la
superficie. A limpiar boquerones quitándoles la cabeza y la raspa sin que el lomo se parta por la mitad. A sacudir un felpudo con esa especie de gigantesco pay– pay de mimbre trenzado que su madre llamaba simplemente el cacharro ese de sacudir el felpudo. A blanquear las junturas de los azulejos viejos, mates y deshechos ya por las esquinas en un polvillo grisáceo que se confunde con la argamasa, repasando los contornos con un pincelito mojado en un líquido que huele mal y que después, una vez seco, hay que extender con un paño por toda la superficie para intentar devolver a la cerámica un poco del brillo que le han arrebatado los años, hasta que los brazos empiezan a doler tanto como si amenazaran con desprenderse del tronco ellos solos y caerse al suelo a la vez, inútiles y rotos, agotados, definitivamente muertos.
Todo eso aprendió Sara con el mismo empeño, la misma puntiaguda y rabiosa terquedad con la que repasaba el texto de un problema que no entendía cinco, y diez, y quince veces, jurándose entre dientes que aquellos dos malditos trenes que salían de Madrid y de Barcelona a la misma hora y se cruzaban en Calatayud con treinta y cinco minutos de diferencia no iban a poder con ella. Esa soberbia incondicional, a la que se había aferrado siempre como a un nombre propio, un arma con seis balas, una casa escondida y secreta, era la única condición de su vida que dependía de sí misma, que no le había sido dada por los demás, y el rasgo principal de su carácter, un defecto que poseía en un grado tan elevado que hasta se contradecía a sí mismo para transformarse en una virtud, un afán que cambió bruscamente de rumbo una mañana de julio, tan ociosa y soleada como las demás, cuando, al volver del paseo que daba todos los días con el pretexto de ir a comprar el pan, Sara se encontró su habitación recogida, su ropa colgada en el armario y su cama hecha.
Hasta entonces, había vivido con sus padres como una invitada, una pasajera accidental y transitoria, la prolongación natural de aquella niña de casa ajena que venía sólo a comer, sólo los domingos. Durante dos semanas, todos habían mantenido su parte en aquella ficción. Ella salía de su cuarto a las horas de las comidas y nadie más entraba en aquella habitación enmoquetada de azul donde la ropa sucia se amontonaba sobre la cama entre libros abiertos, envoltorios de galletas y bolsas de patatas fritas abandonadas a la mitad. Aquella mañana, su madre había incumplido esas normas y Sara ni siquiera necesitó preguntarse por qué enrojecía de vergüenza ante la visión de aquel cuarto que seguía teniendo el suelo ligeramente inclinado, y sin embargo ahora parecía más grande, y más cómodo, y más acogedor que nunca. En aquel momento, Sara Gómez Morales tomó posición frente a su destino, aunque no se diera cuenta de que lo estaba haciendo. Siempre la habían tratado con blandura, pero si había logrado crecer, y avanzar, y llegar a vivir esa inconcreta mezcla de pesadilla y sueño imposible en la que se estaba ahogando, era porque había aprendido a tiempo a ser dura consigo misma. Cuando su madrina la despidió en el portal de la casa de la calle Velázquez, no hubo piedad. Ahora tampoco la habría.
Sara recordó una habitación de casa de muñecas, aquel otro cuarto de muebles lacados en blanco y decorados a mano que el paso de los años había convertido
en un perverso espejismo infantil, la clave de una realidad encubierta por la rutina y las fiestas de cumpleaños, el ridículo vestigio de un mundo concebido para una niña cuyo único pecado había sido cumplir diez años, y luego once, y después doce, y trece, y catorce, y recuperó la rabia que sintió una noche que le parecía tan lejana ya como si hubiera sucedido en otra galaxia, la primera noche de sus dieciséis años, cuando comprendió de golpe no sólo por qué no le cabían las piernas en el escritorio, sino por qué nunca jamás iba a tener otro escritorio hecho a la medida de sus piernas de adulta. Doña Sara se había cansado de jugar a las mamás y no merecía siquiera la recompensa de una lágrima. Lo que Sara no podía consentir ahora era que su madre, sin haber tenido nunca la oportunidad de enseñarla a jugar a su manera, la tratara como a la señorita que había dejado de ser.
Ella estaba en la cocina, picando cebolla, ajo y perejil en una tabla de madera. Sara fue hasta allí y se quedó de pie, a su lado, sin saber qué decir, por dónde empezar, cómo gritar esta vez que ningún tren, ya hubiera salido de Madrid, de Barcelona o del fondo de las calderas del infierno, le iba a pasar a ella por encima. Nunca. Ninguno. Jamás. Los segundos pasaban despacio, el ajo ya no se veía, y mientras el cuchillo reducía la cebolla a porciones infinitesimales, Sara envidiaba en silencio la afortunada serenidad de su filo y no se decidía ni a arriesgarse a humillar a su madre dándole las gracias, ni a correr el riesgo de ofenderla pidiéndole que no se le ocurriera volver a limpiarle la habitación. Entonces, Sebastiana le dio la vuelta al cuchillo, empujó con el dorso el contenido de la tabla hacia una sartén sin que un solo trozo cayera fuera, se limpió las manos en el delantal, y sonrió.