—¿Qué tal? –saludó a su hija en un tono risueño que se limitaba a celebrar aquella inesperada visita, sin exigir ninguna respuesta. —Bien –contestó Sara de todas formas–. ¿Qué haces? —Carne guisada, para comer. —¡Qué buena! ¿Y no le echas patatas?
—Sí, pero al final… –y la madre desvió la mirada para dirigirla a la cacerola, como si no hubiera sido capaz de interpretar a tiempo el sentido de esa repentina curiosidad, el exagerado entusiasmo de la hija, pero rectificó enseguida, y volvió a mirarla–. Las patatas son más blandas que la carne, se cuecen muy deprisa. Si las echo ahora, se desharán. Por eso hay que esperar hasta que la carne esté casi hecha. Con media hora tienen bastante. —¡Ah! –murmuró Sara–. No lo sabía.
Y ninguna de las dos encontró otra cosa que decir. Sebastiana se lavó las manos y, cuando se aburrió de frotárselas con un paño limpio, lavó también la tabla, para secarla con la misma exasperada e innecesaria parsimonia que había aplicado antes a la cara interior de sus dedos, a las cutículas, al borde de las uñas. Sara se daba cuenta de que su madre estaba nerviosa, pero ella tenía también las manos vacías, y no iba a encontrar en ningún cajón un cuchillo capaz de romper la membrana invisible, poderosa, que las mantenía a raya, estancadas en la prudencial distancia de la cortesía, en orillas distintas de un silencio que las
llamaba por su nombre. Una era la madre de la otra, y ésta era su hija, y sin
embargo nunca habían aprendido a hablar, a estar juntas. Las dos percibían ya el
exacto peso del aire que se elevaba sobre sus cabezas como si un émbolo las
fuera aplastando poco a poco para taladrar el suelo con sus cuatro pies, cuando
Sebastiana se llevó la mano a la frente y sonrió.
—¡La ropa! –exclamó entonces, aliviada por haber encontrado al fin algo que
decir–. Tengo que tenderla, se me había olvidado.
—No, mamá –Sara se le adelantó, buscó con los ojos el barreño, lo encontró
sobre una silla y fue más rápida–. Ya la tiendo yo.
Abrió la ventana y encontró un cestillo lleno de pinzas en el alféizar. Se hizo un lío
con las poleas hasta que comprendió que tenía que empezar a tender sólo a partir
del nudo, y desde ese momento se propuso no cometer ningún otro error. Es muy
sencillo, se repetía cada vez que fijaba un extremo de la ropa a la cuerda, muy
sencillo, y trabajaba despacio, asegurando cada movimiento, lo único importante
es que no se caiga nada al patio… Entonces sacó del barreño una camisa, y le dio
la vuelta, y se la volvió a dar, y la miró otra vez, por los dos lados.
—Mamá… –se atrevió a preguntar por fin–. ¿Por dónde se cuelgan las camisas,
por la parte de los hombros o por abajo?
—Por abajo, y es mejor que pongas las pinzas encima de las costuras, porque
dejan menos señal y se planchan mejor luego.
Sara colgó bien las camisas y mal casi todo lo demás, pero logró emparejar los
calcetines y tender la colada entera sin que ninguna pieza cayera al patio, y al
terminar se sintió bastante satisfecha de sí misma, porque tampoco sabía que
veinticinco minutos fueran un plazo excesivo para aquella tarea.
—Bueno –dijo, mientras cerraba la ventana y se daba la vuelta con el barreño en
la mano, sin saber qué hacer con él–. Esto ya está, ahora…
Entonces se calló. Su madre estaba de pie, muy cerca, y la miraba con la cabeza
muy derecha, las manos estrujando el delantal, y un velo líquido en los ojos. Sara
nunca había podido soportar ese temblor de los ojos de su madre, el llanto
retenido que bailaba en sus pupilas durante minutos enteros como el signo
contradictorio de una tormenta mansa, el indicio de unas lágrimas que nunca
estallaban, que se derramaban en silencio, si lo hacían, con el ritmo lento,
lluvioso, de quien sabe llorar también para expresarse.
—No llores, mamá –Sara tiró el barreño al suelo y fue hacia ella, ahogándose en
sollozos más violentos–. Yo… lo siento mucho…
—¿Y qué vas a sentir tú, hija, qué vas a sentir?
—No lo sé, mamá… No sé…
Sebastiana abrió sus brazos cortos, rechonchos, y Sara, que era mucho más alta,
supo encoger para desplomarse entre ellos. Así estuvieron las dos mucho tiempo,
aprendiendo a hablar tarde, y sin palabras. Mientras tanto, el guisado se agarró.
Aquel día acabaron comiendo huevos fritos con patatas y Arcadio no quiso
preguntar nada, porque cuando llegó a casa, a las dos de la tarde, se dio cuenta
de que algo había cambiado.
Si alguna vez Sara Gómez Morales llegó a ser cruel, despiadada, feroz, fue
entonces, cuando decidió arrancarse la piel a pedazos sin otra herramienta que sus propias uñas. Sumergida a partes iguales por el rencor y por el deseo en el espejismo de una libertad que no tenía, creyó escoger con una vehemencia consciente, radical, la única vida que le quedaba, y alimentó con rabia su memoria, con rabia sus ojos, con rabia su razón, hasta que su voluntad ciega, soberana, extirpó de su cuello la menor tentación de volverse hacia atrás. A veces, por las noches, se sorprendía a sí misma recordando a Juan Mari, a Maruchi, a los Beatles, habitantes amables de un país remoto que se resistían al recurso del desprecio porque no lo merecían, pero procuraba olvidarlos pronto, solaparlos con otros recuerdos, otro dolor, otras imágenes. Incluso en los peores momentos, cuando se sentía desgraciada sin acordarse a tiempo de que se lo había prohibido tajantemente a sí misma, Sara conservaba la sangre fría imprescindible para comprender que cualquier cosa, el odio, la amargura, la llama seca de la venganza, le harían menos daño que la nostalgia blanda y sonrosada de un collar de sueños rotos, la tentación que debía esquivar a toda costa si quería conquistar al fin una vida única, propia, una sola vida como la de todo el mundo.
Y durante algún tiempo lo logró, sobre todo de día. Sin reconocer que el fervor que articulaba sus horas tenía más que ver con la ingenuidad de un turista rico en un país exótico que con el sudor pautado y sistemático del albañil que levanta una casa nueva desde los cimientos, Sara se lanzó a un frenético programa de actividades que la mantenía ocupada como nunca lo había estado, y procuraba ocuparse a sí misma también por dentro, controlar rigurosamente el flujo y la naturaleza de sus pensamientos, vigilar la zona de su conciencia que quedaba libre mientras prestaba toda la atención necesaria a las nuevas tareas que asumía cada mañana. A veces acababa con dolor de cabeza, tan intensa era la obligación a la alegría que se imponía a cada paso. Otras, en cambio, apuraba el mismo resquicio de fantasía infantil con el que sólo unos meses antes había aprovechado cualquier rato libre para imaginar su vida conyugal con Juan Mari –luna de miel en Venecia, una casa moderna y espaciosa, cierta exageración elegante en los detalles, el verano en una playa tranquila del norte, una pareja de niños guapos y rubios a su debido tiempo–, planificando un futuro muy diferente, que se limitaba a la fuerza a los setenta metros cuadrados de un viejo piso tercero interior donde había un millón de cosas que hacer, reformar el baño, cambiar la cocina, agrandar las ventanas, poner suelos de madera, tirar la mitad de las paredes o levantar otras donde jamás las hubo, proyectos descabellados que no lo serían tanto si ella misma lograba aprender a cepillar tablones o a hacer cemento, igual que había conseguido dejar los cristales invisibles de puro limpios a fuerza de amoníaco disuelto en agua y friegas con papel de periódico.