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Sus padres la escuchaban con los hombros encogidos, e intercambiaban miradas breves, agudas como señales de alarma, donde el asombro iba dejando paso a la inquietud mientras la veían moverse por la casa sin detenerse un instante, cambiar los muebles de sitio para devolverlos luego a su lugar original, recoger las cortinas para soltarlas un momento después, ordenar lo que estaba ya ordenado,

guerrear contra un polvo inexistente.

—No sé, Arcadio, está muy rara… –murmuraba Sebastiana de vez en cuando–.

Parece una monja.

Él asentía en silencio, calibraba el plazo y la violencia de una explosión que jugaba

a desmentir sus cálculos, y representaba el papel que su hija le había asignado en

un tardío, doloroso e improbable renacimiento.

—A ver…

Algunas noches, después de cenar, Sara sacaba una caja de cartón de la cómoda

donde su madre guardaba la ropa blanca, y se sentaba en el sofá, al lado de

Arcadio, para obligarle a mirar dos docenas de fotos antiguas, amarillentas ya, y

con los picos doblados, que él habría preferido no volver a ver nunca más. Sin

embargo, se armaba de paciencia para contestar a todas las preguntas de aquella

muchacha voluntariosa y confundida cuya curiosidad jamás se daba por saciada,

porque su lealtad era más poderosa que el cansancio.

—Éste eres tú, ¿no?

Arcadio con uniforme de miliciano, una canana atravesada encima del pecho y la

mano derecha sosteniendo el fusil ante una gran roca de granito.

—¿Y dónde estabas?

—En la sierra, cerca de Guadarrama.

—¿Y cuándo?

—Pues no sé, hija, ya no me acuerdo. Al principio de la guerra, tuvo que ser…

—¿Y quién te hizo la foto?

—Un fotógrafo alemán, que era amigo de don Mario.

—¿Y quién era don Mario?

—Uno.

Pero Sara no aceptaba los pronombres indeterminados, los datos vagos, las

noticias sueltas de un pasado remoto que se le volvía urgente, preciso,

desesperadamente imprescindible, y obligaba a su padre a hablar, a desmenuzar

su memoria en busca de apellidos, de fechas, de detalles tan nimios como migas

de pan, que ella masticaba con muelas veloces, potentes como los engranajes de

una locomotora, hasta disolverlos por completo en su propia saliva y tragárselos

después.

—¿Y aquí?

Un grupo de sindicalistas retratados ante la fachada de la Casa del Pueblo de

Madrid, vestidos de domingo, las gorras en la mano, sonrientes los más jóvenes,

algunos levantando el puño, Arcadio entre estos últimos, alrededor de un hombre

vestido de oscuro, con corbata y sombrero, los ojos claros, la nariz aguileña, que

sonríe también a la cámara con el gesto aplomado, seguro, de un seductor.

—¿Y este señor?

—Largo Caballero.

—¿Era de los vuestros?

—Claro. Era un dirigente. De los que más mandaban.

—Pues parece muy elegante.

—¿Sí? Los había mucho más elegantes que él, no creas. Pero él era el mío.

—¿Y qué hacía allí?

—Pues… No sé. Habría ido a dar un mitin, o una conferencia.

Ya no me acuerdo, hija, hace mucho tiempo…

—Y este de aquí es don Mario, ¿no?

Justo –y Arcadio sonreía, incluso a su pesar–. Ése es don Mario. Sara se sabía de

memoria los rasgos, los nombres, las historias que escondía cada uno de aquellos

rostros ásperos, tostados, maltratados por la lejía del tiempo y la mala calidad de

los revelados baratos, pero seguía repasando cada imagen, señalándola con el

dedo, interpretando las aristas y las curvas, las presencias y las ausencias, las

sombras y los símbolos, como si pretendiera renegar de cualquier otro alfabeto

conocido.

—Mamá, ven un momento, por favor…

La foto de boda de sus padres, formato alargado, rectangular, los rostros en

escorzo, casi de perfil, los cuerpos cortados a la altura del pecho, ella vestida de

oscuro, con una flor blanca en la solapa, él sin corbata, la camisa limpísima

abrochada hasta el último botón.

—Tú misma te hiciste el traje, ¿no? –Sebastiana asentía con la cabeza–. ¿Y por

qué no ibas de blanco?

—Porque no se estilaba.

—Pero doña Sara sí se casó de blanco.

—Doña Sara era una señora.

Podía hacerse un traje para usarlo una sola vez.

—¿Y tú, papá?

—¿Yo qué?

—Tú también estrenaste traje.

—Sí.

—Pero no te pusiste corbata.

—¿Y para qué quería yo una corbata?

—Largo Caballero la llevaba.

—Largo Caballero era diputado, y yo era fontanero.

—Ya, no es lo mismo.

—Pues no.

—Y luego os fuisteis a tomar un chocolate con churros.

—Sí.

—Y no hubo banquete.

—No.

Los dos contestaban al unísono y Sebastiana se escabullía deprisa, improvisando

cualquier excusa antes de que aparecieran las fotos más complicadas –¿y éstos?,

¿por qué están aquí?, no son de la familia, ¿verdad?, parecen dos santos en una

estampa, ¿los héroes de Jaca?, ¿qué héroes?, ¿una sublevación militar?, ¿en

Jaca?, no tenía ni idea, yo no he estudiado eso, ¿cómo se llamaban?, ¡ah!, por

eso el filo de la foto es una bandera republicana, Galán y ¿qué…?, García

Hernández, Galán y García Hernández, ya, ¿y esto dónde te lo dieron?, ¿lo

repartían por la calle?, ¿y cuándo fue?, ¿y qué graduación tenían?, ¿y qué pasó?,

¿los fusilaron?, Galán y García Hernández se llamaban, ¿no?–, porque ella tenía asignado su propio papel y ya contestaba a suficientes preguntas durante el día. Sara iba con su madre a la compra, la acompañaba siempre que tenía que hacer algún recado, y procuraba tenerla cerca cuando la suplantaba en las tareas más pesadas. A ella le tocaba meditar respuestas distintas, escarbar en conflictos más íntimos, argumentar otra clase de derrotas, pero reaccionaba igual que su marido, hablando, aunque no tuviera ganas, aunque no tuviera fuerzas, aunque a veces pensara incluso que su hija se equivocaba al tensar ciertos hilos de su curiosidad, Sebastiana hablaba con Sara porque era su deber, porque se lo debía, y se lo fue contando todo, cuándo conoció a doña Sara, cómo era su vida en la calle Velázquez, por qué se fijó en Arcadio, cuánto tiempo estuvieron de novios, qué sintió cuando estalló la guerra, cuando supo que iban a perderla, cuando se llevaron a su marido preso, cuando fue a suplicar por él, cuando tuvo que pagar al fin, después de tantos años, el precio de aquellas súplicas. A cambio, llegó a disfrutar mucho de los paseos en los que Sara la embarcaba cada tarde, como si las dos pudieran ir juntas de excursión a su propio pasado. Sebas volvió con su hija a su antiguo barrio, recorrió con ella la calle Espíritu Santo, la plaza de San Ildefonso, la Corredera Alta, y la Baja, recordando en voz alta el nombre de cada tienda, de cada taberna, de cada vecino, de cada compinche de su padre, de cada clienta de su madre, y fue ampliando poco a poco el mapa de su memoria, añadiendo otras geografías, la de las verbenas, la de la república, la de la guerra, la de la cárcel, la de la posguerra, hasta completar el plano de una ciudad que su hija desconocía completamente.

Aquella pasión duró lo que duró el verano. Cuando los días empezaron a encogerse y las hojas echaron a volar, Sara estaba casi segura de que lo había conseguido. La memoria de otra vida se agazapaba a sus pies como un animal doméstico, un perro viejo y cansado sin fuerzas siquiera para responder a los silbidos del amo, y sus pequeñas hazañas cotidianas resistían bien la pérdida del brillo, ese barniz siempre deslumbrante de la novedad.