Sara jamás se había aplicado ese verbo a sí misma, alimentarse, dar de comer, expresiones que utilizaba a lo sumo cuando alguna amiga le hablaba de su perro, de su gato, del periquito al que estaba intentando enseñar a hablar. Ahora, la vida, esa vida tan dura de la que su madre hablaba como si fuera un pariente, una vieja conocida, la había convertido en su propia mascota, y tenía que empezar a pensar en sí misma de otra manera.
Y Sara pensaba, pensó mucho tiempo, desde todos los ángulos, todos los rincones, todas las esquinas, pensó durante todas las horas de días enteros. Pensaba en su padre, en la risueña arrogancia de su cuerpo joven y uniformado, en su fuerza, en su fe, en la ilusión traidora de un fusil que parecía cargado de verdad entre sus manos.
Para ella no habría fusiles, no habría mentiras, las cosas son como son, le había dicho su madre, no tienen remedio. Sus hijos, al menos, no lo habían encontrado. Sara pensaba también en ellos, en sus iguales, sus hermanos, sombras conocidas sólo a medias que vagaban por la casa en los recuerdos de sus padres y que llamaban por teléfono los domingos. Todos estaban lejos.
Arcadio trabajando en Alemania, pelado de frío pero contento y ganando dinero, según sus cartas, que anunciaban siempre una visita siempre aplazada. Sebastiana en Avilés, adonde se había ido detrás de su marido, un obrero asturiano de la siderurgia del que se había hecho novia cuando estaba haciendo la mili en Cuatro Vientos. Los dos menores seguían en Madrid, pero la ciudad había crecido tanto que resultaba difícil creerlo. Pablo vivía en San Fernando de Henares, trabajaba en la ITT y estaba casado con una limpiadora de la Mahou. Tenían dos hijos pequeños y llegaban al fin de semana tan agotados que les compensaba más el trabajo de hacer la comida en casa que la perspectiva de una excursión hasta el centro para comer de balde en Concepción jerónima. Socorrito no llevaba ni un año casada y ya estaba embarazada. Vivía en el puente de
Vallecas, en casa de su suegra, una anciana enferma y malhumorada a la que nunca iba a poder quitarse de encima, porque su marido, además de encofrador, era hijo único. Ella venía con más frecuencia, normalmente por la tarde y siempre con muchas prisas, como si tuviera que escaparse de su casa para ir a darle un beso a su madre.
Sara se alegraba de verla, porque apreciaba el recuerdo de la precaria intimidad que las había unido alrededor de la Mariquita Pérez, y aprovechaba la única enseñanza útil que le debía a las monjas dedicándose a tejer por las noches un jersey de perlé blanco para el bebé. Socorro, por su parte, se comportó desde el primer momento como una hermana mayor, cómplice, protectora, y enseguida empezó a tratarla con la confianza suficiente para contarle cosas de su marido, de su casa, de su vida en Vallecas. Así, Sara le cogió mucho cariño pero aprendió al mismo tiempo que no quería ser como ella. Ni como las muchachas de la casa de la calle Velázquez. Y sin embargo, seguía pensando, soñando con fusiles, cualquier remedio que permitiera equilibrar la balanza del orgullo con un futuro aceptable.
Cuando comprendió que no lo iba a encontrar, cayó en la desesperación y allí vivió algunos días, hasta que su padre, una noche, dijo algo que la animó a pensar otra vez, en una dirección que acabaría resultando irreprochablemente correcta.
—Nosotros no sabíamos nada, hija… Nosotros, lo que dijera el partido, los que habían estudiado, los que valían para mandar, los que sabían. Que había que resistir, pues a resistir, que había que esperar, pues a esperar, que todo el que quisiera se iba a poder marchar a tiempo de aquí, pues eso… Y ya ves cómo nos engañaron, como a tontos, que eso es lo que éramos, tontos perdidos. Ellos sí se marcharon. Casado el primero, y corriendo. Nos entregó y se largó, así mismo. Todavía le estoy oyendo, el general Franco nos ha dado garantías, decía por la radio, no hay que temer represalias contra quien no tenga delitos de sangre. ¿Es que yo tenía? No. Pues me condenaron a muerte dos días después de cogerme, eso hicieron. Pero qué iba a saber yo, hija, qué iba a saber, si yo aprendí a leer con treinta años…
Seis días después, a media tarde, Sara Gómez Morales llamó a la puerta de la casa de los señores de Ochoa, donde todo el mundo la reconoció sólo con verla. Y sin embargo, ya no era ella. La adolescente despreocupada y caprichosa que todos recordaban no sobrevivía más allá del aspecto de una rigurosa impostora que ya se había propuesto no volver a confiar ni en su sombra y no dar un paso más, nunca en la vida, sin anticipar previamente hasta la más trivial de sus consecuencias. Sólo esa acritud había logrado llevarla de la mano ante la presencia de su madrina manteniendo su orgullo a salvo en un refugio interior, tan oscuro, tan hondo, que allí no le hacían daño las mentiras, las promesas traidoras, las sonrisas hipócritas, los besos que pudieran llegar a ensuciar la pureza de sus labios homicidas. La habían tirado a la vía, pero ningún tren iba a pasarle por encima. A ella no. Nunca. Ninguno. Jamás. Aunque tuviera que secarse por dentro, vivir en una alarma
constante, soñar sueños miserables, tragarse el sapo diario de la conformidad y la humillación.
Al fin y al cabo, los fusiles no crecen solos en medio del campo, hay que ganárselos, arrebatárselos al enemigo, saber robarlos o ahorrar para comprarlos, y si ése era el precio que había que pagar, lo pagaría, pero ella no sería humilde, no sería mansa, no sería tonta.
Sólo existía un camino posible para seguir adelante y pasaba a la fuerza por la obligación de armarse. A esa única conclusión había llegado Sara después de pensar y pensar, y pensar más aún, para descubrir que, si su madre estaba en lo cierto, su padre también tenía razón. Ella tenía que acabar siendo de los que habían estudiado, de los que valían para mandar, de los que sabían, y eso significaba, de entrada, encontrar un buen trabajo, ganar dinero, vivir bien. Y luego ya veremos, se prometía a sí misma cuando dudaba de sus planes, cuando se sentía sin fuerzas, sin ganas de seguir, ya veremos, y pensaba en Socorro, en Sebastiana cargada de hijos, en las angustias de los fines de mes, y apretaba los dientes para repetírselo muy en serio, como una orden, un lema, una consigna, ya veremos.
—He pensado en estudiar algo que no sea muy largo, secretariado bilingüe por ejemplo, para aprovechar mi francés. Luego, cuando empiece a trabajar, podría aprender inglés, e ir haciendo otros cursos.
A mí me gusta estudiar, ya lo sabes, se me da bien, pero me gustaría saber qué piensas tú.
Estaba repitiendo con pequeñas variaciones, una hábil estrategia de sinónimos bien escogidos, lo que su madre le había contado acerca de los proyectos que doña Sara tenía para ella, y antes de terminar, comprendió que había acertado. —¡Pues qué voy a pensar! Que hablas con mucha sensatez, hija, y que me alegro mucho de haberte recuperado, de que estés otra vez aquí. No sabes cuánto te he echado de menos…
Mientras los ojos de su madrina traicionaban una emoción reprimida, Sara, a quien ya le daba igual que fuera auténtica o no, procuró agrandar los suyos, convocar a su rostro una tensión concentrada y dramática, responder a aquellos ojos con la misma clase de mirada.