Выбрать главу

Entonces creyó descubrir que esos apacibles simulacros no le hacían mella por dentro, que no rebajaban la firmeza de las amenazas que consolaban el silencio forzoso de sus labios cerrados, ni abrían espacio alguno para la compasión. Se equivocaba, pero las equivocaciones maduran despacio, como las personas. —Mi amiga Loreto, ya la conoces, ¿verdad? –doña Sara seguía hablando con la gratuita magnanimidad de quienes no necesitan luchar para ganar sus guerras, y Sarita asentía con la cabeza, ya me las pagarás, hija de puta, decorosa, serenamente, me las vas a pagar todas juntas, sentada en el borde de la silla, tan discreta y atenta como se espera de una señorita, ya lo verás, ya…–, tiene una hermana casada con el propietario de media docena de academias repartidas por todo Madrid. Preparan oposiciones, dan cursos de taquigrafía, de secretariado, en fin… La central, como si dijéramos, está en la calle Espoz y Mina, muy cerca de tu

casa. Aunque es un poco tarde y a lo peor hasta han cerrado ya el plazo de la matrícula, estoy segura de que Loreto me haría el favor de conseguirte una plaza. Podrías hacer un curso de tres años y, al final, sacarte el título oficial más completo. Ya te buscaríamos luego una buena colocación. ¿Qué te parece? Doña Sara se quedó mirándola con una sonrisa expectante y las manos juntas, cruzadas sobre el regazo. Sarita había llegado a conocer muy bien el significado de esa sonrisa, la expresión de generosidad complaciente ante todo con ella misma que su madrina había adoptado, por última vez, cuando accedió a forrar sus zapatos de fiesta con seda amarilla, esa cara de hacer regalos que implicaba la contrapartida urgente, inmediata, de una desbordada gratitud. Cumplió fielmente también con esa norma, se acercó a saludar a don Antonio, que apenas le respondió, y pasó por la cocina para despedirse del servicio. Luego, bajó trotando por las escaleras para llegar antes a la calle. Cuando respiró al fin la brisa cálida, calmosa, que agitaba las copas de los árboles, le dolía todo el cuerpo y algo más.

Me acostumbraré, se dijo, ya me acostumbraré, eso seguro, y aunque sus piernas reblandecidas, temblonas, se negaban a moverse, ella las forzó, y forzó el paso hasta perderse en la boca del metro.

Creyó que ya había pasado lo peor, el tiempo del naufragio, de las dudas, de la pasividad envenenada, de los violentos bandazos de la indecisión. Ahora tenía planes, otra cabaña, un propósito al que aferrarse con el grado de esperanza, de desesperación, que pudiera ser preciso en cada momento. Pero la realidad, que es perezosa y se resiste a mudarse de casa, seguía acechándola desde una esquina de la Puerta del Sol, y era muy fea, más incluso que la imperdonable grosería de mencionar el dinero, el precio de las cosas, en una conversación íntima y familiar.

La Academia Robles de Taquigrafía, Mecanografía y Secretariado ocupaba la primera planta de un vetusto edificio que ya ni se acordaba de cuándo había perdido la última memoria de su pasado esplendor. El piso inmenso, laberíntico, que había resultado de las caóticas y sucesivas ampliaciones de un pequeño núcleo original, estaba recorrido por un pasillo que se ramificaba en otros más estrechos, algunos de los cuales terminaban de forma abrupta en una pared para evocar la espina dorsal de un gigante paralizado y deforme. A ambos lados de cada corredor, un número incontable de puertas antiguas de diversas épocas y molduras, uniformadas todas ellas por el mismo centenar de capas de esmalte blanco cuya evolución se podía establecer estudiando con atención los desconchones, sinceros como estratos geológicos, daban paso a otras tantas minúsculas habitaciones, pomposamente clasificadas como aulas. Cada uno de estos cuartitos albergaba un mobiliario dispar, variopinto, que podía llegar a integrar en una sola hilera seis o siete modelos distintos de silla, casi siempre con una pequeña extensión, que hacía las veces de escritorio, incorporada en el lado derecho. Las había de madera, de contrachapado recubierto de un laminado sintético, y de plástico, algunas eran plegables y otras no, podían tener el tablero abatible o fijo, una rejilla bajo el asiento para colocar los libros o sólo aire entre

las patas. El señor Robles, a quien Sara no llegó a ver ni siquiera una vez en los cuatro años que invirtió en obtener los títulos de Secretaria Bilingüe de Dirección y Contabilidad, le daba una póstuma oportunidad a los pupitres que iban desechando los institutos y los colegios públicos pagando un poco más que los traperos, y seguía la misma norma en todo lo demás. Las máquinas de escribir eran tan viejas que sólo aporreando las teclas con saña se lograba, y no siempre, imprimir un carácter sobre el papel. Las mandaban a reparar constantemente, y aun así era rara la que no tenía rota una letra, o dos. La explicación oficial era que les convenía aprender en teclados duros para lograr después el mejor rendimiento cuando trabajaran en máquinas más cómodas y modernas, pero ese argumento no justificaba que todos los plafones tuvieran siempre un tubo fundido, o que la profesora de francés, una cincuentona con la nariz colorada como un pimiento y el acento pastoso de anís, conociera ese idioma peor que la propia Sara.

A la mayoría de los alumnos, sin embargo, todo esto le traía sin cuidado. Al margen de algún voluntarioso y esforzado oficinista que invertía su tiempo libre en mejorar su currículum con vistas a un hipotético ascenso, la Academia Robles se nutría sobre todo de jovencitas de la edad de Sara, procedentes de familias de clase media baja que intentaban proporcionar alguna formación a esas hijas a las que no podían permitirse enviar a la universidad, donde, sin embargo, tal vez llegara a estudiar alguno de sus hermanos varones. Ellas no sufrían precisamente por eso. Casi todas las semanas abandonaba alguna, que se había matriculado sólo por probar, o por no seguir aguantando discursos parecidos al que Sara no había necesitado escuchar más que una vez de labios de su madre. Muchas habrían preferido estar trabajando ya, de aprendizas de peluquera, o de maquilladora, o en una tienda de ropa, los tres puntos que delimitaban con nitidez el invariable triángulo de sus intereses. Todas sabían ponerse rulos, plancharse el pelo, hacerse moños altos, y se pintaban mucho hasta para ir a clase, groseros trazos negros delimitando la frontera de sus párpados entre una mancha de color pastel y la artificiosa rigidez de las pestañas postizas bañadas en rímel, como una hilera de patas de insecto. Se llevaban las faldas cortas, pero las suyas eran cortísimas. Se llevaban las botas altas, pero las suyas eran altísimas. Abonadas a una singular estética del superlativo, Sara miraba con aprensión sus uñas, largas y curvas como navajas, el esmalte seco, rojo rojísimo, un poco más descascarillado cada día de la semana, la hinchazón de sus melenas cardadas y ahítas de laca, los collares que llevaban por docenas, el plástico exagerado y barato de sus pendientes, y las escuchaba hablar a gritos, palmearse bruscamente los muslos al reírse, repetir las mismas expresiones de asombro o de jolgorio, ay, mi madre, mira ésta, tú te lo pierdes, oye, guapa, lo que yo te diga, rica… Los lunes se celebraba una especie de cónclave general en los pasillos, y todas intercambiaban información sobre los bailes y los novios, las dos estrechas bandas de su felicidad.

Entre ellas, Sara se sentía más extraña que nunca, y percibía a la vez su recelo, la hostilidad barnizada de desprecio que afloraba a sus miradas, a los cuchicheos

que se multiplicaban a su paso. Pero tampoco podía acercarse a las mosquitas muertas, esas chicas pálidas, apocadas y sosas, que estudiaban con aplicación para poder llegar un día a parecerse a su ídolo, Isabelita Sevilla. La señorita Sevilla tenía una impresionante colección de diademas de plástico de todos los colores, y se las colocaba con tanta pericia como si se las clavara con alfileres detrás de las orejas, para reforzar la apariencia arquitectónica de su peinado. A un lado del foso quedaba el flequillo, castaño y furiosamente cardado, y al otro, el castillo propiamente dicho, una melena corta tan hueca, tan abombada, tan despegada del cráneo, que parecía una cúpula de merengue de café, un postre salido de un recetario de repostería. La señorita Sevilla era la profesora de taquigrafía, y una de esas mujeres que preferirían salir a la calle desnudas antes que con un bolso que no hiciera juego con los zapatos. En la Academia Robles, esta gran dama de pacotilla que se aferraba al diminutivo de su nombre, y al de su cintura, para no confesar jamás su edad, era tenida por el no va más de la distinción y del buen gusto aunque se le escapara algún «me se» de vez en cuando, una debilidad que nunca llegó a comprometer seriamente su prestigio porque la única de sus alumnas que parecía advertirlo no tenía a nadie cerca con quien hablar, con quien reírse de ella. La señorita Sevilla, aunque nunca llegara a saberlo, era también el modelo aproximado de mujer medianamente acomodada, medianamente capaz, medianamente atractiva, medianamente culta, medianamente elegante, medianamente soltera, medianamente satisfecha, en el que doña Sara Villamarín de Ochoa pensaba que su ahijada podría encajar algún día con aprovechamiento y holgura, un futuro mediano de diademas de colores y seis pares distintos de zapatos como el premio gordo de una lotería de lo razonable.