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Pero Sara Gómez Morales no era, nunca sería, una mujer mediana. A cambio, marciana sordomuda y desarmada en el planeta torpe de la mediocridad, no fue capaz de sostener por mucho tiempo el vigor artillero de sus sueños heroicos. La realidad era fea, muy fea, y la vida, más mísera que dura. Eso y que, si se descuidaba, acabaría siendo algún día como la señorita Sevilla, fue lo que mejor aprendió en la Academia Robles de Taquigrafía, Mecanografía y Secretariado. Por lo demás, superó todos los exámenes y las pruebas prácticas con la asombrosa facilidad que se obtiene al someter la inteligencia a la estricta tiranía de la voluntad, y se convirtió en el modelo que su profesora de taquigrafía, y directora virtual de aquella academia cuyo propietario, según los rumores, era también su amante, proponía como ejemplo a todos sus demás alumnos. Esta condición sobresaliente acabó de complicar las relaciones de Sara con sus compañeras, pero eso ya le daba igual.

En menos de un año, Sara Gómez Morales había pasado de una adolescencia aristocrática y preuniversitaria al fervor de un desclasamiento forzoso, y de los rigores de un delirio revolucionario al cálculo de una venganza fría, y tan larga como su vida. En cada uno de esos momentos críticos, intensos, irreversibles, había sido consciente de todos sus movimientos, había meditado sus pasos, sus razones, las ventajas y los riesgos de sus apuestas. Había llegado a dirigir con

éxito hasta sus propios sentimientos, y sin embargo, un día empezó a darle todo igual y ya no se dio cuenta de nada. Algunos trenes circulan tan despacio que parece que no avanzan, que nunca han llegado a abandonar la estación, pero se mueven. Con ese ritmo pasan los años oscuros, insensibles fragmentos de un tiempo engañoso, trampas mortales que se camuflan en los espacios que dejan en blanco los inofensivos números de los relojes.

Se había propuesto triunfar, y lo logró con facilidad, en la modesta escala de los triunfos que estaban a su alcance. Antes de empezar su tercer curso en la academia empezó ya a trabajar por las tardes, llevando los libros de algunas tiendas de su barrio. Entonces se informó del precio de las clases que recibía, se escandalizó ante el ínfimo desembolso que su madrina le había vendido como un privilegiado pasaporte hacia la prosperidad, llamó a doña Sara por teléfono para informarle de que ya no hacía falta que pagara ninguna mensualidad más, y se asombró tanto o más que ella de la pobreza de sus propias reacciones ante lo que debería de haber sido la primera gran victoria de su vida.

Las otras tampoco la hicieron feliz. A los veinte años se colocó en las oficinas de un laboratorio farmacéutico, una empresa modesta donde no le pagaban un gran sueldo pero le dejaban algunas horas libres para seguir estudiando por las tardes, y empezó a coquetear con el coñac. Compró una televisión para sus padres, se matriculó en el primer curso de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas, cambió de trabajo, hizo algunos cursos sueltos de contabilidad especializada, elaboró su propio programa de ahorro, se sacó un título de experta en legislación fiscal. Pasaba todos los fines de semana en casa, no tenía amigas, no tenía amigos, iba al cine sola, no salía con nadie, a ninguna parte, estudiaba mucho, bebía bastante. Hizo un cursillo de reglamento de aduanas y empresas de exportación e importación, cambió la cocina del piso de Concepción Jerónima, se colocó como contable en una empresa consignataria de buques, empezó a ganar más dinero del que nunca había soñado con ganar Arcadio Gómez Gómez, reformó el cuarto de baño, cumplió veinticinco años, niveló el suelo de toda la casa, obtuvo por fin un título oficial de inglés, comprendió que no era razonable invertir ni una sola peseta más en un piso de alquiler y empezó a admitir ciertas cosas. Que el amor elaborado y necesario que la unía a sus padres no bastaba para llenar todos los huecos. Que estaba harta de que su madre le preguntara a todas horas por sus compañeros de trabajo para inventarle un novio fantasma a la menor oportunidad. Que estaba igual de harta de que su padre viviera su vida en primera persona, y la abrumara con consejos y sugerencias y recomendaciones absurdas que sólo servían para afirmar que él lo hubiera hecho todo mucho mejor. Que su padre y su madre eran dos pobres ancianos ignorantes que no entendían nada, ni lo que a ella le gustaba, ni lo que ella pretendía, ni lo que aspiraba a hacer.

Que su madrina había tenido razón al suponer en voz alta que lo de Juan Mari no era serio pero que, sin embargo, ahora, cuando había alcanzado una edad suficiente para cultivar la nostalgia, sí echaba de menos aquella fantasía adolescente de lo que iba a ser su vida con Juan Mari, y una cierta exageración

elegante en los detalles. Que aunque apenas iba ya de visita, nunca a comer, siempre sin ganas y muy de tarde en tarde, a la calle Velázquez, le gustaba ver los muebles, utilizar los objetos, respirar el aire de aquella casa. Que por mucho que se abofeteara después íntimamente a sí misma, no podía arrancarse esa debilidad. Que por eso no tenía novio, no tenía amigos, iba al cine sola, estudiaba mucho, bebía bastante. Que no podía hablar con nadie. Que nunca sería nada del todo, ni una señora ni una trabajadora, ni Sarita, ni Sari, ni doña Sara, nada y todo siempre a la vez, todo y nada y la carga de una insatisfacción perpetua, el destino del náufrago que lleva su isla a cuestas, grabada en el cerebro, en la lengua, en el corazón, en el designio implacable de los trenes que la habían perseguido para aplastarla desde que la descubrieron hojeando las páginas de un manual de física de quinto de bachiller.

A veces, la fealdad del mundo se le venía encima y aún se descubría con fuerzas para combatirla.

A veces su orgullo escondido, apaciguado, apaleado por la rutina, le subía por la garganta, le quemaba el paladar y le gritaba con su propia lengua que lo que tenía no era suficiente, que recordara, que se esforzara, que recordara, que siguiera adelante, que recordara, que palpara la ausencia del fusil entre sus manos, que recordara. Cada uno de esos modestos diplomas emitidos por centros de estudios por correspondencia que su madre se empeñaba en enmarcar y colgar en el dormitorio de su hija, resignada a que ella no le consintiera ponerlos en el comedor, era fruto de estos arrebatos desiguales, de esta impotencia activa, de esta ambición inválida y rabiosa. Ninguno como el del verano del 74. Sara tenía veintisiete años y se dijo que ya estaba bien. Lo hizo todo en menos de un mes, veintidós días desde que se lanzó a estudiar las ofertas de trabajo del periódico hasta que estrenó despacho en el departamento de Contabilidad de una gran constructora.

Antes, se había matriculado en primero de Económicas en la Universidad a Distancia y había dado la entrada de un piso todavía en construcción, en una urbanización con ciertas pretensiones, detrás de la plaza de Castilla. Después, se afilió al que había sido el sindicato de su padre, tan ilegal como admirablemente organizado en una empresa tan gigantesca como aquélla. Su cabeza fría, minuciosa, aritmética, destacó enseguida en unas reuniones donde lo que sobraba era temperatura, sangre, palabras, promesas calientes. Tal vez por eso, o porque no era exactamente guapa pero seguía teniendo los mismos ojos de tormenta que su padre, o porque destacaba en el paisaje casi tanto como él, Vicente se fijó en ella enseguida. Ella se había fijado en él en el mismo instante en que le vio aparecer por la puerta del almacén donde la habían citado aquel día. Vicente González –en realidad González de Sandoval, aunque mutilara sistemáticamente su primer apellido– era ocho años mayor que Sara, y el único hijo varón de uno de los mayores accionistas de aquella empresa. Doctor en Ciencias Económicas, marxista por convicción y con argumentos, al acabar la carrera había intentado cortar de un tajo todos sus lazos con una familia cuya trayectoria histórica, ideológica, empresarial, le avergonzaba y le repugnaba al