mismo tiempo. Pudo lograrlo con éxito gracias a la providencial vacante de una plaza de profesor no numerario en la misma facultad donde había estudiado. Entonces se dejó crecer el pelo y la barba, alquiló una buhardilla en Argüelles, se amancebó con una cordobesa aspirante a actriz que cantaba por las noches en un bar, y durante algún tiempo se divirtió y estuvo conforme con su vida. Estuvo implicado también en la organización de las revueltas universitarias del 68. Detenido y procesado, condenado a dos años de reclusión con la benevolencia debida a la verdadera longitud de su apellido, el tribunal no tuvo en cuenta sin embargo el asma alérgica que padecía desde su nacimiento y que parecía llevarle, en cada crisis, al borde de la muerte por asfixia. En la cárcel lo pasó fatal, tan mal que, después de una serie de tres crisis consecutivas, lo pusieron en libertad por motivos de salud, confinándolo en el domicilio familiar durante el resto de la condena. Le quedaban pocas ganas de hacer tonterías.
Su madre le acogió, le cubrió de besos, le afeitó, le cortó el pelo, le instaló en su dormitorio de siempre y le alimentó a base de caldos de carne y lomos de merluza hervida con patatitas. Vicente ya no se acordaba del sabor de la merluza fresca. Tampoco del de María Belén, su novia de toda la vida que, sin embargo, fue a hacerle compañía cada tarde en un derroche de abnegación y de amnesia que habría conmovido a un muerto. Como él seguía vivo pero, a pesar de todo, no parecía muy inclinado a hablar del tema, fue ella quien le dijo a las claras, un buen día, que lo sabía todo, que le había perdonado y que habría que ir pensando en la fecha de la boda. Vicente dudaba de que lo supiera todo, y en especial las prodigiosas habilidades físicas con las que le había enganchado esa cordobesa a la que se temía que no iba a poder reeditar ni siquiera aproximadamente en el cuerpo de su futura esposa, pero accedió, persuadido en parte por la merluza, y en parte por la convicción de que no le quedaba otro remedio. Se casó en 1971, de chaqué, por la Iglesia, y con trescientos cincuenta invitados al banquete del Club de Campo. Ya ocupaba un puesto directivo, relevante, en la empresa de construcción de su padre. En 1972 nació su primer hijo, el enésimo Vicente González de Sandoval. En 1973 debutó en el insomnio, mientras se preguntaba seriamente si se había vuelto loco. En 1974, cuando conoció a Sara, ya pensaba en sí mismo como en una bacteria, una ameba, un insecto y, más que nada, un tonto del culo de marca mayor.
Unos meses antes, el mismo día en que su mujer le dijo que estaba embarazada otra vez y que a ver si, con suerte, era niña, para ponerle Begoña, igual que su abuela, había coincidido en los pasillos de la constructora con un aparejador al que conocía de los viejos tiempos de su militancia política universitaria. A través de él, empezó a acercarse a los líderes sindicales de su empresa, que le aceptaron con los brazos abiertos, conscientes de las ventajas que ese contacto podría llegar a depararles en un plazo no tan largo. No se atrevió a pedir el ingreso en la organización porque no quería arriesgarse a que se lo negaran, pero frecuentaba en silencio las reuniones y, siempre en privado, pasaba información, hacía sugerencias y se sentía al menos un tonto útil. Sara sí supo desde el principio por qué le llamaba la atención.
Era un individuo alto, e incluso robusto, pero tenía un aire levemente enfermizo
que le favorecía, suavizando los rasgos casi toscos, macizos, de una clásica cara
de campesino. El equívoco no iba más allá del abultamiento de sus cejas, del
tamaño de su nariz, de la carnosa rotundidad de su cuello.
Aquel hombre callado, que lo estudiaba todo con curiosidad sin revelar jamás sus
conclusiones, poseía la misma clase de elegancia innata, la misma plateada y
luminosa calidad de esos señores a los que Sara no había vuelto a ver de cerca
desde que dejara de ser una niña, una brillantez que desbordaba las etiquetas, el
precio, el impecable corte de la ropa que llevaba, para manifestarse en todos sus
movimientos, en su manera de sentarse, de encender un cigarrillo, de alargar la
mano para rechazar cualquier cosa con la muda cortesía de aquellos a quienes
siempre les ha sobrado todo. Preguntó y le contaron su historia, y desde entonces
empezó a mirarlo con ternura. Él, que la miraba ya con tanta insistencia como si
hubiera descubierto el revés de su personaje de mujer hecha a sí misma desde la
humilde morada de un viejo militante histórico brutalmente represaliado por el
régimen, respondió sentándose cada vez más cerca, hasta que un día logró
colocarse a su lado.
—¿Por qué me miras tanto? –le preguntó ella en un susurro, sin mover la cabeza,
los ojos fijos en la persona que estaba hablando en aquel momento.
—Porque me gusta mirarte –contestó él, con una seguridad a la que Sara no
acertó a oponer nada.
Luego, cuando la reunión terminó, Vicente salió con ella y la acompañó hasta la
puerta de su despacho sin despegar los labios. De vez en cuando, Sara se reía
ante la muda terquedad de aquel cortejo, y entonces él se reía también, igual que
un niño, sin más motivos que el presentimiento audaz, jubiloso, de que por fin
habían vuelto los buenos tiempos de hacer tonterías.
—Bueno… –dijo ella, al final del último pasillo–. Pues ya hemos llegado.
—¿Quién eres tú, compañera?
–le preguntó él entonces, empleando por primera vez, en tono de broma, esa
palabra que el tiempo acabaría convirtiendo en una contraseña irónica, y sin
embargo sincera, entre los dos–. ¿De dónde sales?
Sara resopló, se apoyó en la puerta y le miró al fondo de los ojos. Para esa
pregunta sí tenía respuesta, llevaba semanas pensándola, desmenuzándola,
elaborándola para poder ofrecérsela a sí misma.
—Soy tu opuesto –le contestó–, tu igual y tu contrario. Como un reflejo tuyo en
un espejo.
La primera vez fueron a un hotel muy bueno, muy caro, muy discreto, al lado del
aeropuerto.
Cuando ya se marchaban, Sara se fijó en una cajita de cartón que reposaba,
intacta, en un estante del cuarto de baño, con dos botellitas transparentes
rellenas de gel, y otras dos de champú, y otras tantas de colonia, y dos jaboneras
minúsculas, y una esponja pequeña, y un costurero en miniatura. A mi madre le
encantaría, se dijo, le encantaría, pero cuando ya alargaba la mano para cogerlo,
recordó a tiempo que las señoras nunca se llevan nada de las habitaciones de los
hoteles. Mientras caminaba por el pasillo, la codicia de aquella caja, el seguro regocijo con el que Sebastiana abriría cada envase, y lo olería, y lo volvería a cerrar, y lo colocaría en el lugar más visible del cuarto de baño para limpiarlo, y tocarlo, y olerlo todos los días, se fundió con sentimientos más oscuros, más complejos, una nostalgia indefinible, profundísima y grave, de un tiempo que todavía no había dejado de pasar. Sara había salido antes con varios hombres, se había acostado incluso con alguno de ellos, pero ninguno le había gustado de verdad, ninguno como aquél, que era imposible. La intensidad de esas horas que aún no habían terminado del todo le escocía en la piel, en los ojos, y ablandaba cada uno de sus músculos, cada gota de su sangre, cada magullado pliegue de su memoria. Quizás, esos pequeños altares privados a los que su madre era tan aficionada acabarían teniendo sentido algún día. Quizás ya no habría otra oportunidad.