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—Como este año las vacaciones van a ser muy cortas…

—El veintidós cae en viernes.

—Y el ocho de enero en lunes, así que…

—Y ya hemos hecho los deberes.

—Sí, y hemos pensado…

—Como mi tío no volverá del hospital hasta las seis y media por lo menos…

—Y como tú tienes coche…

—A lo mejor te apetece…

—No sé, dar una vuelta.

—Ir a Jerez.

—O al Puerto.

—O a Sanlúcar.

—A tomar algo.

—O de compras.

—O al cine.

—Tenemos dinero.

—No mucho.

—Pero tenemos.

—Claro.

—Y si no te apetece, pues nada.

—Igual te parece que tenemos mucho morro…

—Pero es que hace demasiado frío para estar fuera.

—Y el pueblo nos lo tenemos muy visto.

—Y en la tele no ponen nada que merezca la pena.

—Y no se nos ocurre nada que hacer.

—Y nos aburrimos.

Entonces, los dos se la quedaron mirando al mismo tiempo, como si estuvieran

dispuestos a esperar todo el tiempo necesario para que Sara se recompusiera por

dentro, por si aún tenía que hacerse una idea de la situación. Pero ella no tardó

en pagar el precio de su paciencia con una sonrisa, y les invitó a entrar en casa

enseguida.

Mientras les seguía en dirección a la chimenea, al pasar junto a la mesa, miró con

lástima y el rabillo del ojo la estimulante carpeta de una promoción de chalets

muy caros que su asistenta no comprendía por qué estaba empeñada en

considerar, pero recordó a tiempo cómo había echado de menos a los niños al

principio del curso, y aunque aquel recuerdo no bastaba para corregir su pereza,

lo poquísimo que le apetecía volver a salir de casa a aquellas horas que el

invierno había convertido en un preludio inmediato de la noche, se sentó frente a

ellos y volvió a sonreír, porque había aprendido de su padre que la condición de la

lealtad es ser más poderosa que el cansancio.

—Bueno, vamos a ver… ¿Adónde queréis ir exactamente?

—Pues… –esta vez fue Tamara la que empezó–. A un montón de sitios, la verdad.

—A mí me gustaría mirar los videojuegos que han salido para saber cuál voy a

pedir –especificó Andrés.

—A mí también. Y comprar un árbol de Navidad, con bolas y eso, porque aquí no

tenemos.

—En El Corte Inglés creo que han puesto un belén de esos mecánicos, con

personajes que hablan y se mueven.

—Y en los demás centros comerciales a lo mejor también han puesto algo.

—Seguro. El año pasado, en uno de El Puerto montaron una piscina de bolas, con

toboganes y redes para trepar, muy chula. Yo no fui, porque como mi madre no

tiene coche, pero igual este año lo montan otra vez.

—Y nos han contado que por aquí cerca ponen varios mercadillos de Navidad.

—Y han estrenado una peli muy buena, como de las galaxias.

—Y otra de dos mellizas que se pierden.

—Ésa es muy cursi.

—Pues a mí me gusta.

—Pues a mí no.

—¡Vale! –Sara chilló con los brazos extendidos e impuso la paz con facilidad–. Un

día vamos a ver la de las galaxias y otro día vamos a ver la de las mellizas.

Y todavía tuvieron tiempo de ver dos más, una superproducción norteamericana

que versionaba una supuesta leyenda medieval centroeuropea y otra de dibujos

animados japoneses, antes de que acabaran las vacaciones y, con ellas, la particular campaña de Navidad de Sara Gómez, casi un mes entero para recuperar, de vez en cuando, la olvidada sensación de no disponer de tiempo suficiente para hacer todas las cosas que se había propuesto hacer en un día. Mientras tuvieron que ir a clase por la mañana, los niños se presentaban en su casa justo después de comer, y hacían los deberes allí mismo para ganar tiempo. Después, la novedad principal no tuvo que ver con el horario, sino con el número, porque desde las once y diez de la mañana del 26 de diciembre, martes, siempre fueron tres.

—Nos tenemos que llevar a Alfonso, Sara –le anunció Tamara, con un gesto sinceramente compungido, cuando se la encontró en el umbral llevando a su tío de la mano–. No nos queda más remedio –prosiguió, hablando siempre en primera persona del plural, como si su vecina llevara meses soñando con el plan de ir hasta El Puerto para comprobar si habían vuelto a instalar la piscina de bolas y comer luego en una hamburguesería–.

Le han dado las vacaciones y Juan me ha dicho que le tengo que hacer compañía, porque Maribel no se quiere quedar a solas con él. Le da miedo que se ponga raro, pero qué va, si es muy bueno, y se va a portar muy bien, ¿a que sí? –él asintió tres veces, moviendo la cabeza con energía–. ¡Hala, Alfonso! Quédate un momento aquí, que voy a buscar a Andrés…

Tamara le dio un beso en la mano antes de soltársela y entró en la casa corriendo. Sara encogió ligeramente los hombros sin atreverse a mirar de frente a aquel huésped inesperado, mientras se preguntaba qué estaría esperando de ella. Había estado algunas veces cerca de Alfonso Olmedo, pero siempre en presencia de su hermano mayor, y había observado la cuidadosa mezcla de disciplina e indulgencia con la que Juan le trataba, exigiéndole, con firmeza si era necesario, que hiciera las cosas que sabía hacer, mientras le perdonaba al mismo tiempo y sin esfuerzo los errores que pudiera cometer al emprender tareas que estaban por encima de sus capacidades. Pero ella no sabía por dónde pasaba la línea que separaba las travesuras de las torpezas. Estaba a punto de decidir que lo mejor sería tratarle como a un adulto cuando percibió que él la estaba mirando sin pestañear. Ella le devolvió la mirada, y entonces Alfonso le ofreció la mano como un niño pequeño que quiere que lo saquen de paseo. Sara la aceptó, cogió aquella mano de hombre, blanda, grande, velluda, la apretó un instante entre sus dedos, apreció su tamaño, su forma, su abandono, y la situación le pareció tan ridícula que dejó escapar una risita ahogada, nerviosa.

—Es divertido, ¿eh? –dijo Alfonso entonces, con el trabajoso acento gutural que bastaría a cualquier desconocido para comprender que había algo en su cabeza que no acababa de funcionar bien, por más que pronunciara correctamente todas las sílabas de cada palabra.

—Sí –respondió Sara, sin saber muy bien por qué contestaba así. —¿El qué? –volvió a preguntar Alfonso entonces, más consecuente. —Pues… No sé… Que vamos a ir de paseo, y vamos a comer fuera, y… En ese momento, los niños regresaron para salvarla pero, aunque respiró al

escuchar la campana que ponía fin al asalto de las preguntas que no sabía contestar, cuando todos estuvieron sentados en el coche, Sara decidió que aquello se tenía que acabar. Las cosas estaban empezando a llegar demasiado lejos. Ella no era la madre de los niños, ni su abuela, para que la tuvieran todo el día de aquí para allá, como una especie de niñera motorizada y sin sueldo a la que zarandear sin piedad por pasillos y escaleras, de puesto en puesto, de tienda en tienda, de capricho en capricho. Hasta entonces no había visto las cosas de aquella manera.

A ella le habían entretenido las dos películas, la de las galaxias y la de las mellizas, y había disfrutado de los paseos invernales por las calles iluminadas, del color y el bullicio de los mercadillos donde se había dejado llevar por el ambiente hasta el punto de comprar una corona de flores secas para adornar la puerta de su casa, donde ningún otro detalle sugería que el calendario no estuviera detenido en octubre, o en abril. También se había aburrido algunas veces, esperando a que los niños terminaran de comparar juegos de coches o de karatecas, pero en general le gustaba ver cómo se divertían, y esa sensación casi olvidada de tener por delante un programa minucioso, dilatado, repleto de tantas cosas por hacer. Hasta entonces, todo eso, y el placer de bajarse de los tacones al volver a casa cansada, y hasta aturdida, a la hora de la cena, le había parecido bien, y hasta podría haber dicho que la había compensado si no fuera porque no había gran cosa que compensar, porque la diversión de los niños no le había restado el tiempo necesario para emprender tareas más importantes, ni más urgentes, nada que no pudiera esperar un par de semanas, ni algunos meses, ni años enteros, el resto de su vida si hiciera falta. Sin embargo, aunque le molestara encontrar en sí misma un indicio de las aprensivas supersticiones de Maribel, la incorporación de Alfonso le parecía demasiado. Esta misma tarde dimito, se prometió a sí misma al salir del coche, impermeable al júbilo con el que Andrés y Tamara celebraban una gran pancarta donde aparecía fotografiado un complejo artefacto de piezas de plástico de colores, y se preparó para sostener la conversación más accidentada de su vida mientras ellos dos se cansaban de tirarse por lo que parecía un número incalculable de rampas y de espirales. Y sin embargo, nada de esto ocurrió. Tamara se acercó al encargado, le soltó el más dramático y lastimero de los discursos, y logró que dejara pasar a su tío con más facilidad de la previsible. Alfonso estaba muy bien entrenado. Sara se quedó asombrada al verle trepar y saltar con una agilidad considerable, antes de sospechar que seguramente el ejercicio físico había formado parte de su terapia desde su infancia de niño aparte. En aquella atracción inmensa y no demasiado concurrida a media mañana, Alfonso Olmedo sólo llamaba la atención por su tamaño, y se divertía tanto como los demás.