Cuando transcurrieron los sesenta minutos de ajetreo a los que daba derecho el precio de la entrada, Sara Gómez ya se había serenado lo suficiente como para buscar también en sí misma los motivos de la desazón que había amenazado con echarle a perder el día, una indagación que empezaba y terminaba en el mismo único y archiconocido punto. La Navidad la ponía de mala leche, eso era. Después
de haber recurrido a las más diversas tácticas para endulzar el proverbial mal rato de todos los años, había optado por aparentar que la ignoraba por completo, pero no obtenía resultados más satisfactorios que los que habían arrojado los intentos de celebrarla exhaustivamente en solitario, de huir de la soledad instalándose en casa de su hermana Socorro, o de consumirse de tristeza en el parador de un pueblo castellano, donde le había tocado cenar en un comedor repleto de mesas ocupadas por un solo comensal, todos los imbéciles de Madrid que habían tenido a la vez la misma estúpida idea. Aquélla era la inconfesable y principal razón de que se hubiera plegado con tanta docilidad a los ilimitados caprichos de Andrés, de Tamara, y el interés oculto que alentaba en la abnegada generosidad de sus respuestas, siempre que Juan o Maribel le rogaban que, por favor, no les hiciera tanto caso, para que ella les asegurara que, de verdad, le encantaba llevarlos al cine y pasearlos por ahí.
Confiaba en que la compañía de los niños, su energía, su entusiasmo, su infinita capacidad de desear, la vacunara contra su propia desolación, esa compacta sensación de fracaso que inundaba su ánimo cuando el sonido de la primera zambomba abría en un instante, y sin control, las blindadas compuertas de su memoria. Pero la Navidad es una enemiga correosa, resbaladiza como una anguila, artera como un gato malhumorado, desbordante como una plaga de insectos domésticos y soluble en el aire, igual que el polvo. Podría haber cruzado el mundo, haber buscado refugio en Bangkok, en Tegucigalpa, en las Islas Vírgenes, y allí también la habría atrapado, la habría aplastado con su mensaje incluso si no hubiera sido capaz de entender ni una sola palabra del idioma que usaba para hostigarla. Por eso se quedó en casa. No encendió el televisor, no escuchó la radio, no cenó aquella noche ni comió al día siguiente nada que no hubiera cenado o comido en cualquier otra fecha, consiguió interesarse enseguida en la artificiosa y complicada trama de un bestseller de setecientas páginas de intrigas y asesinatos que había comprado antes del verano y reservado cuidadosamente para la ocasión, y siguió escuchando las zambombas que nadie tocaba, las panderetas que nadie agitaba, los villancicos que nadie cantaba. No odiaba la Navidad, no tenía motivos, ni siquiera compañía, para odiarla. Pero le ponía de mala leche. Muy mala. Malísima. Tanta que necesitó una mañana entera para darse cuenta de que ya había pasado, y de que Alfonso Olmedo no tenía la culpa de que más de medio siglo no hubiera sido bastante para encontrar una certeza, un camino, una casa propia a la que volver, las manos vacías o repletas de oro, cuando el 24 de diciembre regresaba cada año con su noche única, musical y terrible.
Aparte de todo, lo cierto es que Alfonso se portó muy bien. Dócil y tranquilo, no se alejó en ningún momento del grupo y obedeció con naturalidad a su sobrina, que tampoco le perdió de vista en ningún momento, como si, a pesar de los esfuerzos diplomáticos de su vecina, chófer, tutora y mecenas, hubiera sido capaz de advertir lo que se estaban jugando todos aquella mañana. Sin embargo, cuando Sara se apresuró a ocupar la única mesa que quedaba libre en la hamburguesería y él se sentó inmediatamente a su lado, con
la inocente pasividad de quien está acostumbrado a que siempre se lo den todo hecho, Tamara se ofreció a ir con Andrés en busca de la comida, y lo dejó solo por una vez. En su ausencia, tan breve que en los relojes no superó el espacio de un cuarto de hora, se desencadenó el único contratiempo del día, y Alfonso Olmedo perdió el control.
Sara se puso muy nerviosa, pero más tarde hallaría motivos para no arrepentirse de haber estado presente, porque sólo entonces empezó a pensar en él como en un ser completo, una persona independiente de su hermano, de su sobrina, unos ojos y una voz que también tenían su propia historia que contar. La escena fue tan corriente, tan vulgar, que a duras penas llegó a merecer ese nombre. Cuando Alfonso corrió bruscamente la silla, e intentó esconderse detrás de ella, Sara ni siquiera fue capaz de descubrir qué había ocurrido, qué se había movido, qué elemento nuevo o extraño se había incorporado al monótono paisaje de mesas de plástico y carteles de colores que estaba contemplando, qué ingrediente tranquilizador o familiar se había esfumado de repente, sin hacer ruido. Y por más que se esforzó en encontrarlo, no habría logrado identificar ningún cambio si Alfonso, mientras le retorcía el brazo hasta el borde del dolor, no le hubiera susurrado al oído aquella extraña palabra, un nombre propio que sonaba a chiste y sonaba a antiguo, a figurante sin frase en cualquier rancia comedia castiza.
—Nicanor –decía, alargando la última sílaba de una manera que habría resultado cómica si no fuera por el miedo que le impulsaba a estirar entre los dientes la última erre como si fuera un chicle–, Nicanor, Nicanor…
—¿Quién? –Sara no se atrevía a levantar la voz, y preguntaba en un murmullo nervioso, mirando en todas las direcciones sin identificar a nadie ni entender nada, excepto que Alfonso lo estaba pasando mal–. ¿Qué? ¿Qué dices? —Nicanor –repetía él, creyendo contestar con aquel nombre a cada una de las preguntas de Sara, su rabia creciendo al comprobar que no lo lograba–, Nicanor, Nicanor…
–hasta que por fin supo ser más explícito–. Ese uniforme, ¿no lo ves? Es Nicanor. Entonces ella miró hacia delante y empezó a comprender. Una pareja de policías nacionales, uno joven, rubio y corpulento, el otro mayor, casi calvo y más gordo, esperaban turno en la cola desde hacía un rato. En el local no había ningún otro individuo uniformado aparte de los camareros, así que Alfonso tenía que referirse forzosamente a ellos. Sara se giró en la silla para mirarle, se asombró de cuánto había cambiado su aspecto, y acercó una mano a su cara en un acto de compasión instintiva al contemplar su palidez, el color enfermizo que se había apoderado de su rostro, las gotas de sudor que se precipitaban en el vacío desde el desnudo promontorio de su frente.
—El policía –murmuró sin levantar nunca la voz, sin dejar tampoco de acariciar las mejillas de Alfonso con sus dedos–. Uno de los policías, ¿no? Lo conoces, y se llama Nicanor, ¿es eso? –él asintió con la cabeza, sin mirarla, la mirada siempre clavada en los hombres vestidos de azul–. ¿Quién es, el rubio? –Alfonso negó con la cabeza y Sara se corrigió sobre la marcha–. No, es el otro. El más alto es