Nicanor…
—Sí, no me gusta… A Juanito tampoco. A Juanito no le gusta. Es malo, Nicanor,
es malo, me hace pruebas, me pega, me hace pruebas, yo odio las pruebas, las
odio…
—¿Te pega?
—Pim, pim… –Alfonso empezó a abanicar el aire con una mano, moviéndola a un
lado y al otro, mientras insistía en su personal onomatopeya de las bofetadas–.
Pim, pim, así hace, pim pim…
—¿Qué ha pasado? –Tamara llegó corriendo con una bandeja entre las manos, y
la dejó caer de cualquier manera encima de la mesa para abrazarse enseguida a
su tío–.
¿Qué ha pasado, Alfonso? –entonces se volvió hacia Sara, tan alarmada como ni
ella, ni Andrés, la habían visto nunca antes de aquel día–. ¿Qué le ha pasado?
—Pues… No lo sé muy bien, la verdad… Ha sido cuando han entrado esos policías
de ahí. Se ha puesto muy nervioso, como si se hubiera llevado un susto muy
grande, y ha empezado a decir que uno de ellos se llama Nicanor, y que lo
conoce. Yo no sé si será que lo ha visto en su colegio, o si se parecerá a un
guarda que tengan…
—No, no –Tamara la interrumpió sin pararse a dar explicaciones, negando
vigorosamente con la cabeza mientras volvía a concentrarse en su tío–, no es eso.
Mira, Alfonso, escúchame. Ése no es Nicanor, ¿lo entiendes? Nicanor no está aquí,
Nicanor vive en Madrid, y ahora no estamos en Madrid, ahora vivimos aquí y
estamos muy lejos, lejísimos, ¿no te acuerdas? –pero él, abrazado con fuerza a su
sobrina, no parecía dispuesto a reaccionar–. ¿Qué te apuestas a que no es?
Míralo, míralo, ahora viene hacia aquí. ¿Qué, a que no es Nicanor?
Alfonso levantó por fin la cabeza, clavó los ojos en los policías que buscaban una
mesa libre y se puso colorado.
—No, no es.
Tamara le besó tres veces, una en la frente y otra en cada mejilla, se sentó a su
lado, le cogió de una mano y, con la otra, se comió dos hamburguesas seguidas
como si no hubiera pasado nada. Alfonso tardó un poco más en rehacerse, pero
lo consiguió, y Sara decidió seguir el ejemplo de Andrés, que había contemplado
toda la escena con los ojos muy abiertos pero sin atreverse a intervenir en ningún
momento, y tampoco hizo preguntas.
Después del helado, cuando decidieron volver a la piscina de bolas antes de
marcharse, Tamara dejó que Alfonso se adelantara con Andrés y cogió a Sara de
la mano para andar a su lado.
—Nicanor no es nadie del colegio de El Puerto, ¿sabes? –le dijo–. Es un amigo de
mi padre, que es policía. Ya no lo vemos nunca, pero a Alfonso le daba mucho
miedo, porque siempre lleva pistola, y porra, y eso, y es muy antipático, y claro,
pues se ha confundido…
—Claro –respondió Sara, al leer en la mirada de Tamara, los ojos levemente
dilatados por una ansiedad mal disimulada, la apuesta de esas mentiras que no se
dicen porque sí, sino porque son lo mejor para todos, y no volvió a mencionar el
tema aquella tarde ni ninguna de las tardes que siguieron, pero tampoco dejó de observar a Alfonso Olmedo.
Cuando las vacaciones terminaron, él regresó a su colegio, y Tamara y Andrés al suyo, y Sara los echó de menos aún más que en septiembre, pero sin embargo no se sintió tan sola como entonces.
Y no fue sólo porque a los niños, ahora casi siempre tres, se les ocurriera prolongar indefinidamente, semana tras semana, la tímida invitación a merendar que Sara se arriesgó a proponer para el primer domingo de enero, y tampoco porque aquella tarde aparecieran cada uno con un regalo, un jarrón, un búcaro y un cenicero de porcelana pintados a mano, que repararon la amnesia que los Reyes Magos habían padecido durante décadas en lo que se refería a ella. Aquella Navidad terminó con algo más que la certeza de que se habían acabado los domingos sin palabras. Desde entonces, cada vez que se cansaba de hacer números para el piso de Maribel, Sara podía entretenerse imaginando todas las historias entre las que podría encontrarse la verdadera historia de Juan Olmedo, y ya no se sentía culpable por ello, ni tenía motivos para echarle las culpas a su aburrimiento. Las palabras y los silencios de la casa de enfrente la unían con un hilo invisible a sus vecinos, la mantenían despierta, y le hacían compañía.
El doctor Olmedo estrenó el año con un golpe de suerte. Aunque no era un jugador habitual, solía aceptar la lotería que le ofrecían en el hospital, donde nunca faltaba alguna enfermera mayor y asombrosamente eficaz que se encargaba de comprar los billetes, cobrar los décimos y llevar la cuenta de las participaciones. Ella, un personaje indeterminado, como una categoría encarnada sucesivamente por tres o cuatro mujeres distintas, había sido también la encargada de comunicarle un par de veces que había tocado el reintegro, y que creía que lo mejor era reinvertir los beneficios en el siguiente sorteo. Él siempre había estado de acuerdo y siempre había tardado una semana en perder lo que había ganado antes. Nada presagiaba que en Jerez las cosas fueran a funcionar de otra manera y, de entrada, a ninguno de sus conocidos le tocó ni una peseta en Navidad. El sorteo del Niño, en cambio, dejó caer buena parte del segundo premio en uno de los números que se jugaban en Rehabilitación. El dinero se repartió entre casi todos los enfermos, la mayor parte del personal fijo y algunos médicos, celadores y enfermeras de otros servicios relacionados con aquél, entre ellos tres traumatólogos. Juan Olmedo fue uno de ellos. Le tocaron dos millones de pesetas.
Al enterarse se puso muy contento. Lo estaba todavía cuando se le ocurrió pensar que la cantidad del premio resultaba un tanto incómoda, pero naturalmente eso no lo dijo. Se mostró tan satisfecho como era de esperar, pagó la comida en la primera ocasión en la que pudo reunirse con Miguel Barroso y otros compañeros de trabajo a los que estaba empezando a considerar sus amigos, y compró dos grandes bandejas, una de pasteles, otra de canapés y de hojaldres salados, para invitar a los demás. Este último rito, una precaución imprescindible para
neutralizar la posible desgracia que pudiera cabalgar enganchada a la cola de la suerte, fue una especie de homenaje a su madre, que sin haber sido nunca rica, siempre llevaba dinero suelto en el monedero para dárselo a la gente que se encontrara pidiendo en la calle por una pura superstición, y que, desde los comienzos de la fulgurante carrera empresarial de Damián, le había repetido muchas veces a su hijo que si no compartía algo de lo que ganaba, se acabaría arruinando antes o después. Esta profecía se había cumplido en términos muy distintos de los que calculaba su madre, y al morir Damián era más rico que nunca, una condición que había sido casi constante en su vida desde que descubrió que su verdadera vocación era ganar dinero.
Juan, sin embargo, no sabía muy bien qué hacer con esos dos millones de pesetas. Si le hubiera tocado la décima parte se lo habría gastado en cualquier capricho, si el premio hubiera sido diez veces mayor no le habría quedado más remedio que sentarse a calcular la manera más ventajosa de invertirlo, pero dos millones, demasiado dinero para convertirlo en cigalas con alegría, representaban una cifra ridícula a la hora de valorar sus rendimientos financieros, sobre todo cuando la única beneficiaria a largo plazo de este modesto capital, y de los intereses que pudiera llegar a producir, sería algún día una mujer muy rica. Los padres de Tamara habían muerto sin testar, pero las circunstancias habían convertido a Juan en el tutor de su sobrina y en esa condición, convenientemente refrendada por un juez, se había reunido antes de marcharse de Madrid con el abogado y el asesor fiscal de Damián para planificar el futuro de su herencia. Después de estudiar con detenimiento la situación de los negocios de su hermano, decidió no vender la participación de Tamara en ninguno de ellos. No sabía si los otros socios eran o no de fiar, pero se fiaba de Antonio, un antiguo amigo del barrio a quien Damián, que ya trabajaba sólo por teléfono, desde un despacho, había ido convirtiendo poco a poco en una especie de representante universal de sí mismo gracias a la recomendación inicial del propio Juan, quien muchos años antes, cuando ninguno de los tres había cumplido todavía los treinta años, le había pedido a su hermano que le diera trabajo después de ayudarle a desintoxicarse de la heroína. Antonio, que no había perdido la memoria en la radical transformación que había hecho de él una persona de orden, le advirtió que sería una estupidez abandonar una cadena de panaderías, otra de cafeterías y tiendas de té y café, que llevaban años marchando solas y arrojaban beneficios tan seguros como los de las máquinas tragaperras, y además le dio su palabra de que velaría por los intereses de Tamara como si fueran suyos. Juan, que ya conocía el valor de aquella palabra, la aceptó antes incluso de que los asesores legales de Damián respaldaran esa opinión, y sólo se desprendió de algunas propiedades concretas, los coches y dos parcelas sin edificar, situadas en una urbanización de El Escorial.