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Conservó sin embargo las dos casas en las que Tamara había vivido con sus padres y en las que le parecía lógico pensar que ella pudiera llegar a vivir con sus hijos algún día. La casa de Estepona, una construcción de una sola planta, con un jardín pequeño y su propia, diminuta piscina, era poco más que un bungalow,

pero valía mucho dinero porque formaba parte de una urbanización singular, una especie de club privado para millonarios con multitud de servicios que permitían veranear en una casa propia con todas las ventajas de un hotel. La empresa que se ocupaba de su administración funcionaba además como una agencia inmobiliaria, alquilando por semanas, meses o años enteros las casas cuyos propietarios no ocupaban. Juan les entregó las llaves de la de su hermano y, al poco tiempo, comprobó en los extractos del banco que se había convertido en una fuente de ingresos más.

La casa de Madrid, en cambio, permanecía cerrada. Antonio se encargaba de seguir pagando al jardinero y de contratar cada seis meses a una empresa de limpiezas para mantener en buen estado el chalet de la Colonia Bellas Vistas, una de esas casas en las que Juan, como todos los demás adolescentes del barrio de Estrecho, se había jurado a sí mismo durante años, siempre en vano, que llegaría a vivir alguna vez. El conjunto de casas que se alineaban a ambos lados de una única calle ajardinada, separada del resto del mundo por una ligera verja que representaba mucho más que una frontera, había sido concebido como un tranquilo lugar de veraneo cuando Madrid no llegaba más allá de Cuatro Caminos. Pero la ilimitada codicia de las grúas, que perdieron cualquier rastro de pudor hacia la mitad del siglo XX para convertir aquel barrio relativamente periférico en una zona tan céntrica como todas por las que pasaba el metro, cambió para siempre la modesta suerte de aquel recinto. Desde entonces, la colonia, con sus jardines frondosos, de antiguas acacias y plátanos, y las pérgolas emparradas que absorbían el frescor de los suelos de tierra regados cada atardecer, era toda una isla, un oasis inmune a la estrepitosa floración de bloques de pisos que la rodeaban por todos los lados para, más que ahogarla, rendirle un homenaje eterno de rencorosa cortesía.

Más allá de la verja pintada de negro, no todos los chalets eran iguales. Algunos habían sido derribados muchos años atrás para parcelar el jardín en dos o tres terrenos contiguos donde ahora se levantaban casitas que tenían poco que ver con las ambiciosas proporciones de los edificios que conservaban su estructura original. Damián, que siempre había sido muy consciente de que, en aquel barrio, los triunfadores no cogían jamás el ascensor para entrar o salir de su casa, había comprado primero una de las viviendas más pequeñas, y había esperado pacientemente desde allí, durante casi diez años, la ocasión de mudarse a una magnífica construcción de tres pisos que conservaba en buen estado no sólo las fachadas de chalet suizo que se le antojaron al banquero asturiano que ordenó levantarla hacia 1920, sino también muchos otros elementos decorativos, singulares, de la misma época, entre ellos la fabulosa escalera de madera de caoba, larga, lisa y sin rellanos, que acabaría costándole la vida. Después de aquella aparatosa caída, Juan Olmedo ocupó una de las habitaciones de invitados de la casa mientras tomaba una decisión acerca del futuro de su hermano y de su sobrina, dos factores que desde el primer momento aceptó como determinantes de su propio futuro. En los meses que transcurrieron desde el décimo cumpleaños de Tamara hasta el

verano del año siguiente, dispuso de muchas ocasiones para apreciar la privilegiada calidad de vida que aquella casa aseguraba a sus habitantes pero nunca llegó a sentirse cómodo en ella. Cuando reunió al resto de su familia para anunciarles que pensaba cerrarla, vender su propio piso y mudarse a un pueblo de la costa, ninguna de sus dos hermanas entendió la naturaleza progresivamente radical de aquella secuencia de decisiones. Paca, la que más se le parecía, le tocó la frente, como si esperara hallar en ella indicios de fiebre, y le preguntó cuándo había empezado a delirar. Desmontar una casa tan bonita, tan agradable y, sobre todo, tan bien organizada, sacar a los niños de sus respectivos colegios y lanzarse a la aventura de empezar otra vez, desde el principio, en un pueblo remoto y sin Corte Inglés, ya le habría parecido una tontería incluso sin tener en cuenta que Juan carecía de la menor experiencia doméstica.

Conociéndote, es más que una tontería, le advirtió, es todo un disparate. Trini, tan ambiciosa y pesetera como Damián aunque su suerte hubiera sido muy distinta, se adhirió pálidamente a esa opinión durante cinco minutos, el tiempo que tardó en analizar la situación en su propio beneficio.

Luego, cambió de bando con súbita facilidad para justificar la actitud de su hermano mayor con argumentos que ni siquiera a él se le habían ocurrido, antes de ofrecerse a ocupar con sus tres hijos la casa de Bellas Vistas para mantenerla en buen estado hasta que Tamara creciera y pensara qué hacer con ella, porque cerrar una casa es casi lo mismo que abandonarla, añadió al final, eso ya se sabe…

Juan, que había descubierto de lo que Trini era capaz a lo largo del larguísimo y hediondo proceso legal que había culminado en su divorcio de un hombre más astuto, más egoísta y, aunque de entrada pudiera parecer imposible, hasta más avaro que ella, se negó en firme desde el primer momento, y su hermana pequeña le llamó de todo antes de jurar que no volvería a dirigirle la palabra en toda su vida. Paca se echó a reír al escucharla y, después del portazo, advirtió a Juan que el principal riesgo de su proyecto consistía en que, si se iba a vivir a la playa de verdad, ella se las arreglaría antes o después para instalarse en su casa con los tres niños y veranear de gorra todos los años.

No era una profecía demasiado audaz, y por eso se cumplió el día de Navidad del año 2000, cuando Trini, reduciendo el plazo de su silencio a poco más de cuatro meses, llamó a su hermano por teléfono. La verdad es que os echamos mucho de menos, le confesó en un tono convencionalmente conmovido que ni siquiera parecía falso del todo, ¿vais a venir por aquí?, ¿no?, bueno, pues a ver si puedo yo ir a veros este verano, cuando les den las vacaciones a los niños… Juan se apresuró a ofrecerle su casa con las palabras más sinceras y transparentes que encontró, porque no le importaba que su hermana y sus sobrinos disfrutaran de su propia hospitalidad siempre que renunciaran a abusar de la que, de alguna forma, seguía siendo la de Damián.