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Sus escrúpulos respecto al dinero de su hermano reflejaban un rigor tan extremado que llegó un momento en que se dio cuenta de que podían llegar incluso a perjudicarle. Sin embargo, si acabó renunciando en apariencia a esa

actitud, fue sobre todo para ahorrarse la insistencia de unas preguntas a las que

no quería responder.

—Perdóname, Juanito, pero es que no lo entiendo… –Antonio le trataba con la

confianza suficiente para atreverse a traducir en palabras concretas los ceños

arrugados y las miradas incrédulas de los consejeros de Damián–. Lo de Alfonso

sí, porque Alfonso es tu hermano, tu hermano pequeño, es tu responsabilidad

directa, como si dijéramos, pero ¿Tamara? Tamara no es hija tuya, es hija de

Damián, y está forrada, aunque tenga diez años, pero forradísima, vamos… ¿Por

qué vas a pagar tú todos sus gastos? No tiene sentido.

—Pero a mí no me importa.

—¡Y qué tiene que ver que te importe o no! No estamos hablando de tus

sentimientos, estamos hablando de dinero.

—De un dinero que no necesito.

—Ahora… De un dinero que no necesitas ahora. Porque vives solo, ya lo sé, y no

tienes vicios caros ni juegas a la ruleta… ahora. Pero dentro de unos años te

puede dar por casarte…

—No.

—…por casarte –Antonio seguía, como si no le hubiera oídoy tener un par de

niños.

—Yo no voy a tener hijos.

—Tú no lo sabes, Juan. Eso no lo sabes, no lo sabe nadie. Y tampoco sabes si tu

vida va a cambiar para peor. Puedes enfermar, tener un accidente, cogerte una

depresión, mandarlo todo a la mierda, yo qué sé… Y entonces te hará falta

dinero, y te arrepentirás de habértelo gastado sin necesidad. Hazme caso. Deja

que Tamara se pague el colegio, por lo menos. ¿No sigue pagando las hipotecas

de la casa de Madrid, de la casa de la playa? Pues esto es lo mismo, una inversión

directa en su propio futuro. Si lo que te preocupa es que la gente pueda llegar a

pensar que te estás aprovechando de la niña, te equivocas.

Te recuerdo que ella gana bastante más que tú.

—Si no es eso, Antonio, no es eso…

—¡Ah! ¿No? –los ojos de su antiguo protegido se agrandaban de asombro cuando

el terco cabeceo de Juan le obligaba a desmontar de sus argumentos–. Y

entonces, ¿qué es?

Para no contestar a esa pregunta, Juan terminó adjudicándose una especie de

pensión, una cantidad moderada que representaba el precio de cada recibo del

colegio incrementado en un diez por ciento.

El primer día de cada mes recibía una transferencia en una cuenta corriente

abierta expresamente para esa operación y de la que nunca había sacado una

sola peseta. Allí se acumularía, de mes en mes, de curso en curso, hasta que

Tamara terminara el bachillerato, todo ese dinero que no se quería gastar, y allí

pensó en meter también el premio de la lotería cuando terminó de descartar

todas las ideas para gastárselo que fue ofreciéndose a sí mismo. Al final, sin

embargo, decidió que aquella idea no era mejor que la de comprarse un coche

nuevo, un equipo de música de última generación o un televisor plano de un

metro cuadrado de superficie. Prefería no mezclar su dinero con el de Damián ni siquiera en el limpio anonimato de las cifras sin nombre.

Y, sin embargo, su hermano iba con él a donde él fuera, cuando dormía y cuando despertaba, cuando una situación, una persona, un objeto se lo recordaba, y cuando no había nada a su alrededor que pudiera evocarlo. Nunca había paseado con Damián por una playa invernal, pero el mar se lo devolvía, y se lo devolvía el viento, que abrumaba las copas de las palmeras que no crecen en Madrid, y el sigiloso garabato que dibuja una salamanquesa al reptar a toda prisa por una pared blanca, sombreada de buganvillas, en el jardín de una casa que su hermano jamás había llegado a ver. Cualquier movimiento, cualquier paisaje, cualquier gesto convocaba la presencia de un niño robusto y ágil, veloz y habilidoso, sonriente y casi rubio en la imagen que Juan no lograba desalojar de su memoria, Dami, porque entonces ni siquiera era Damián, con ocho, con diez, con doce años, sentado en el bordillo de la acera, frente al portal de la casa de Villaverde Alto, con las piernas cruzadas, los dedos manipulando cualquier cosa en su regazo, y la cabeza inclinada para que el sol imprimiera reflejos de un amarillo rojizo sobre su pelo seco, castaño y ondulado. Así podía verlo en cualquier parte, sentado siempre en la acera, indiferente por igual a las ruedas de los coches y a los pies de los transeúntes, con pantalones cortos y alguna de las camisetas a rayas que los dos tenían a medias cuando todavía ninguno se creía con derecho a poseer algo que no fuera también del otro, Dami el magnífico, el mejor, arreglando el molinillo de café de su madre, o ensayando un truco de cartas con una baraja, o dándole vueltas a un cacharro que se hubiera encontrado tirado por la calle y que después de pasar por sus manos no tendría más remedio que acabar sirviendo para algo.

En el recuerdo, Juan se acercaba a él, andando despacio, y se paraba a su lado. Entonces, su hermano levantaba la cabeza para mirarle, y le reconocía con una sonrisa completa, riendo las cejas, riendo los ojos, riendo los labios cortados, los dientes blanquísimos, y a través de los años, de las distancias, de las leyes oblicuas y perversas del cariño, del rencor, Juan seguía regocijándose al recibir esa sonrisa que estaba muerta pero brillaba, muerta pero gritaba, muerta, pero capaz de latir por siempre con la precisión de las mareas mientras él viviera para alimentarla con la desconsolada máquina de su memoria y su culpa. Él no quería verle, no quería recordarle así, tal y como era cuando le amaba más que a nadie, cuando sentía que no era nada más que la mejor parte de sí mismo, pero no lograba cerrar los ojos a tiempo mientras Dami se levantaba de la acera para enseñarle el artefacto que acababa de inventar. El mundo habría sido un lugar mejor sin él, pensaba al escuchar el remoto, candoroso eco de su propia voz lejana e infantil, celebrando el ingenio de su hermano con palabras fervientes, entregadas. El mundo tenía que ser un lugar mejor sin él, se repetía mientras le veía limpiarse las manos en los pantalones, y echar a andar a su lado, y su propio brazo, más corto y más redondo, moreno y sin vello, rodeaba el cuello de su hermano para equipararse con el brazo que reposaba ya sobre su hombro. El mundo iba a ser un lugar mejor sin él, mientras los dos niños Olmedo, el listo y el

tonto, el bueno y el malo, volvían a casa abrazados para separarse solamente al pie de la escalera, y Dami llegaba siempre el primero a la puerta de casa. El mundo no era un lugar mejor sin él.

Cuando se volvía para mirarle, y le sonreía otra vez, y le esperaba antes de tocar el timbre, Juan intentaba desesperadamente manipular esa imagen, superponer otro ceño fruncido sobre la limpieza tersa de la frente, otros ojos turbios sobre la blancura que circundaba aquella mirada de color avellana, otra boca fina y asqueada sobre la frescura de los labios entreabiertos, piezas sueltas pero complementarias que deberían ir encajando a la perfección en cada rasgo del rostro de su hermano, porque le pertenecían con más intensidad, con más razón, que la cándida viveza de esa sonrisa de niño que tanto le atormentaba y que sin embargo nunca conseguía borrar del todo. Recordaba muy bien el rostro que Damián había fabricado para sí mismo con el paso de los años, esa cara que había acabado mereciéndose, la grosera robustez de su papada, las venas que se le hinchaban en el cuello cada vez que elevaba la voz, sus perpetuas ojeras de trasnochador sistemático, el abotargamiento insensible de sus mejillas en mañanas de resaca, la rítmica frecuencia con la que inhalaba aire por la nariz cuando estaba nervioso, y el precoz relajamiento de sus labios, el inferior siempre descolgado, tan doblado sobre sí mismo como el de un anciano, hasta cuando parecía contento.