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Recordaba muy bien esos detalles, y los convocaba sin esfuerzo a su memoria, pero nunca lograba desterrar del todo al niño que seguía sentado en un bordillo, y que seguía mirándole por detrás de los ojos del hombre en quien se había convertido.

En el instante en que Damián resbaló, mientras caía rodando por la escalera, Juan componía una frase que nunca llegaría a pronunciar en voz alta, pero que se apoderó de su pensamiento durante unos segundos que serían cruciales para el resto de su vida. No era, sin embargo, una respuesta a la pregunta que él le había dirigido un instante antes de que su pie calculara mal, para encontrar sólo aire donde esperaba hallar el borde del penúltimo escalón. ¿Te crees que me importa?, le había gritado Damián, las venas tensas, rígidas contra su cuello, la cara enrojecida, los labios cargados de desprecio, si siempre lo he sabido, siempre he…

Juan Olmedo nunca contestó a esa última pregunta, ni fue capaz de reconstruir jamás la inacabada frase que pretendía reemplazar a su respuesta. Ni la una ni la otra llegaron a inquietarle entonces, absorto como estaba en una sola y obsesiva reflexión. El mundo sería un lugar mucho mejor si su hermano Damián nunca hubiera llegado a vivir en él. Eso pensaba Juan, eso sentía en el instante en que murió su hermano. Y cuando por fin todo parecía haber terminado, porque a su alrededor todo parecía empezar de nuevo, a veces repetía una variante casi idéntica de aquella frase, el mundo tendría que ser un lugar mucho mejor sin ti, y no movía los labios pero tampoco hablaba consigo mismo, sino con la imagen de un niño de ocho, de diez, de doce años, vestido con pantalón corto y una camiseta de rayas, que estaba sentado en el bordillo de una acera, un niño

despierto y habilidoso que era su hermano y se limitaba a sonreírle, a mover la mano abierta en el aire para saludarle sin decir nada, mientras un sol anaranjado y mortecino, tan frágil como el que ilumina los buenos sueños, imprimía reflejos rubios, angélicos, en su pelo castaño, ondulado y seco.

El doctor Olmedo conocía los fundamentos teóricos de aquel fenómeno, las razones de su memoria anclada en lo mejor, sólo en lo bueno, los perversos mecanismos de una nostalgia obstinada en hacerle olvidar lo que sabía para hacer aflorar a la superficie lo que apenas recordaba, imágenes aisladas de la mejor época de su infancia, cuando todo estaba en orden y Dami era un chollo de hermano, y la mitad exacta de sí mismo. Él no podía comportarse como si se sintiera culpable, no podía permitírselo sin desamparar a la vez a su hermano, a su sobrina, aquella niña cuya felicidad era tan importante para él, pero sabía que su culpa estaba allí, acechándole, y que la única actitud inteligente a su alcance consistía en aprender a vivir con ella. Sin embargo, al principio pensaba que todo esto acabaría pasando, que los camiones de la mudanza culminarían la tarea del tiempo y la distancia llevándose también, en la barriga hueca del regreso, la tramposa parcialidad de su memoria para dejarlo a solas con los hechos de su vida, tal y como fueron en realidad. No había sido así. En la calma casi absoluta de aquel invierno seco y templado, Dami seguía con él, ganando eternamente la carrera, y Juan presintió que llegaría a acostumbrarse a su vigilia muda y sonriente, como había acabado acostumbrándose a tantas otras cosas en su vida. Charo terminó de pintarse los labios, estudió su aspecto en el espejito plegable que sostenía con la mano izquierda, se dio por satisfecha con el resultado y se giró en la silla para mirarle de frente.

—Bueno, ¿qué? –Juan, que nunca la había visto con sus pinturas de guerra, no atinó a preguntarle siquiera a qué se refería, y ella fue más explícita–. ¿Me vas a llevar al cine o no?

Los labios de su cuñada, perfectamente delineados con un lápiz muy oscuro y esmaltados en un color más peligroso que el rojo, más intenso que el granate, brillante y sin embargo casi marrón, atraparon sus ojos como los pétalos secretos de una flor carnívora.

—Pues… no sé –balbuceó–. Si te apetece…

—Mucho –contestó ella, dirigiéndole una sonrisa que le confundió, porque la habría interpretado sin grandes dificultades en el rostro de cualquier otra mujer, y repitió esa afirmación silabeando un poco más cuidadosamente de lo que era necesario–. Me apetece mucho.

—Sí, anda, Juanito, iros al cine –su madre, que recogía el mantel a toda prisa con uno de sus vestidos de los domingos, le animó con un gesto de la cabeza–. Así me dejas de paso en casa de tu tía Carmen, que me ha invitado a ir a tomar café con Alfonso.

Juan siguió con los ojos a su madre, tratando de aparentar una serenidad que no sentía, y luego miró a Charo con la suspicacia de un adulto que trata de sorprender a un niño pequeño cuando se da cuenta de que lleva demasiado tiempo sin hacer ruido. Ella acababa de meter el tabaco en el bolso y sacaba las

gafas de sol de su funda con una naturalidad que parecía incompatible con cualquier estrategia preconcebida. Él, que ya estaba empezando a acostumbrarse a no saber jamás cómo tratarla, se advirtió a sí mismo que lo más sensato sería marcharse solo, a casa, y enseguida, pero aún no sabía de dónde iba a sacar las fuerzas necesarias para seguir sus propios consejos cuando ella le interpeló de nuevo.

—¿Qué? ¿Nos vamos? —¿Ya sabes lo que quieres ver?

—Desde luego que sí… –sus labios volvieron a curvarse en una sonrisa que él ya no supo interpretar antes de ceder a una carcajada mínima en el mismo instante en el que Alfonso, oliendo a colonia, con la cara limpia y un impecable traje de franela gris, entraba en el salón. —¿A que estoy guapo? –les preguntó.

—Guapísimo –le contestó Charo, y avanzó hacia él para abrazarle, y besarle en los labios después con la misma delicada levedad con la que besaría a su hija cuando naciera.

Tuvieron que apretarse para bajar los cuatro juntos en el ascensor, y Juan tuvo la impresión de que Charo se le pegaba un poco más de lo imprescindible, aunque ella se mantuvo siempre de espaldas a él, bromeando con Alfonso y paladeando también, quizás, el desconcierto en el que esa situación le sumergía. Él la escuchaba parlotear en el tono agudo y convencionalmente entusiasta que mejor captaba la atención de su hermano menor mientras notaba, o creía notar, que el culo de su cuñada presionaba directa, casi enconadamente, contra su muslo derecho. Escenas como ésta, con variantes más o menos audaces, se habían repetido con una frecuencia tan rítmica que parecía deliberada desde, que Juan había vuelto a Madrid, hacía casi un año ya. Durante todos esos meses, ciertas palabras, ciertas sonrisas, ciertas miradas de la mujer de Damián le habían precipitado, de domingo en domingo, en dos sensaciones alternativas y contrapuestas. A veces, se sentía como un objeto inmóvil alrededor del cual Charo daba vueltas y más vueltas, sus ojos iluminados por la ansiosa codicia de una niña que cada mañana, al ir al colegio, escogiera el camino más largo para pasar por delante del escaparate de una juguetería y volver a mirar, una vez más, al muñeco con el que sueña por las noches. Eso le gustaba, pero el precio de aquellas fugaces punzadas de un placer secreto, más intenso aún por ser tan inconveniente, era demasiado alto para pagarlo sin plazo y sin limite. Porque un instante después de haber advertido la promesa envuelta en un simple gesto de su cuñada, cualquier indicio tan insignificante que nadie, aparte de él, parecía haber llegado a advertirlo, Charo se levantaba y se iba con Damián a la casa donde vivían, donde dormían y se despertaban juntos, y él se quedaba a solas con la perpetua certeza de no ser más que un idiota fácil de engañar y la memoria de una humillación antigua y rabiosa, una herida muy fea, condenada a no cerrarse jamás.

Camino del coche, pasaron por delante del bar de Mingo. El propietario del local, que limpiaba una mesa con un trapo sucio y su tradicional aire de cansancio, les

saludó con desgana y ellos le devolvieron el saludo a coro. Juan miró a su derecha y vio a Charo, la insólita amenaza de sus labios sangrantes, el perfil de su pecho tensando una camiseta negra y escotada, y las baldosas de la acera le devolvieron a otro tiempo, otra tarde muy cálida pero más extravagante aún, porque no sucedió en abril, sino a finales de septiembre, en el filo de un perezoso otoño con vocación de calor. Fue eso lo que le llamó la atención, porque en las últimas semanas, las mesas habían aparecido y desaparecido varias veces de la acera apurando la crueldad de los termómetros, su implacable designio de prolongar el verano terrible que había sido el verano sin ella. Entonces les vio juntos por primera vez. Damián y Charo estaban sentados en sillas contiguas, formando parte de un corro donde Juan reconoció sin esfuerzo a algunos amigos de ella, miembros de aquella imprescindible pandilla cuya complicidad él nunca había tenido interés en procurarse, y a algunos amigos de él, Nicanor a la cabeza. Y fue Nicanor quien se le quedó mirando, con una sonrisa triunfal que no le correspondía y que sin embargo expresaba un júbilo indudable, como si fuera él quien más se alegrara de la derrota de Juan, de su ruina, como si los celos del estudiante a quien sus ojos habían clavado en la acera le procuraran una incomprensible y mezquina felicidad de perro guardián. No debería haberse detenido, tendría que haber seguido andando, pasar por delante sin girar la cabeza e irse a casa, pero Charo llevaba una camiseta blanca y escotada, y estaba muy guapa, y muy morena, y la voz de Damián se elevó con autoridad sobre las demás, y no pudo evitarlo. Se paró en medio de la acera, sacó con mucha parsimonia un paquete de tabaco del bolsillo de su camisa, y luego un cigarrillo de aquel paquete, y más tarde un mechero de otro bolsillo, sólo para mirarles de reojo y poder creérselo, para estrellarse ante la monstruosa coincidencia de aquel escote y aquella voz, para reconocer la escena que veían sus ojos sin lograr acatar todavía su mirada, y para pasarlo aún peor cuando Damián le vio al fin, y estrechó el cuerpo que rodeaba con el brazo derecho antes de dejar resbalar sus dedos por el pecho de Charo y estrujarlo después desde abajo, propulsándolo por el borde de la camiseta mientras le miraba de frente, con un ojo morado y su sonrisa más atravesada. Ella se dejó hacer hasta que se dio cuenta de que los ojos de Damián estaban fijos en un punto, y siguió su mirada para descubrir a Juan de pie, parado en la acera. Entonces se zafó del abrazo tan deprisa como pudo, se enderezó en la silla y fingió concentrarse en la conversación que se desarrollaba a su derecha. Se había puesto colorada, pero aquel detalle, lejos de aplacarla, incrementó la furia de Juan, que la había tratado siempre con todo el cuidado que le consentía la dolorosa intensidad de su deseo para descubrir ahora, junto con un indicio irrefutable de su propia, infinita y absoluta imbecilidad, que a ella parecía gustarle que su hermano le tocara las tetas en público. Cuando llegó a su casa se sentía peor de lo que recordaba haber estado en su vida. Sabía que aquella chulería, un alarde típico de Damián, era una manera de devolverle el golpe, su respuesta al puñetazo que le había tirado al suelo un par de días antes, y la afirmación definitiva de un triunfo que iba mucho más allá de la propiedad de ese cuerpo por el que Juan Olmedo Sánchez habría hecho