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cualquier cosa, cualquier cosa, en aquel caluroso atardecer del peor de los septiembres, pero eso no le hacía ningún bien. Al contrario. En aquella etapa de su vida, el conocimiento parecía empeñado en volverse contra él como el más feroz de los enemigos.

—¿Qué me dices, eh? –le había preguntado su hermano mientras arrojaba un periódico sobre su libro–. Y esto no es más que el principio… Así había empezado todo. Lo que Juan tenía sobre la mesa era una especie de boletín gratuito con formato de diario, cuatro pliegos de papel barato doblados por la mitad que los comerciantes de Estrecho dejaban sobre el mostrador para que se los llevaran sus clientes. Él había sentido la curiosidad de hojear alguna vez aquellas páginas repletas de publicidad que solían incluir también alguna entrevista o reportaje, y un par de artículos sobre aspectos pintorescos o castizos de la vida del barrio. En la portada del número de otoño de 1980, impresa en color sobre una superficie tan porosa que todas las líneas se habían ensanchado, montando unas sobre otras hasta hacer casi irreconocible el resultado, Damián, vestido con traje y corbata y apoyado en el borde de una mesa de despacho, miraba al objetivo con una gran sonrisa, bajo una frase entrecomillada en la que afirmaba: «Nunca se es demasiado joven para triunfar».

—No te encuentro muy favorecido, la verdad –Juan consiguió reprimir a tiempo una carcajada, pero no pudo resistir la tentación de señalar en la foto los ojos de Damián, empastados de manchas azules, amarillas y rojas–. Parece que vas maquillado.

—Muy gracioso… –respondió su hermano, arrebatándole el periódico de entre las manos para doblarlo con cuidado, como si fuera una cosa frágil y preciosa, y Juan no quiso añadir nada más, porque era evidente que aquella ridícula entrevista representaba exactamente eso para él.

Desde que acabó el BUP a duras penas y contra su voluntad, para satisfacer un inexorable designio paterno, Damián había abierto tres negocios en poco más de dos años, y todos marchaban muy bien. Nada hacía presagiar una carrera tan exitosa cuando, a cambio de un sorprendente aprobado, le pidió prestada a su padre la pequeña cantidad que costaba el traspaso de un quiosco de helados y chucherías que llevaba años cerrado ante la puerta de uno de los institutos de Formación Profesional más grandes de Madrid, a unos pocos metros de su casa. Damián lo reabrió, ahorró todas sus ganancias el tiempo necesario para comprar una máquina de perritos calientes, instaló después otra de palomitas, empezó a vender cómics, tabaco, revistas y bocadillos, y cuando ya tenía dinero de sobra para devolverle el préstamo con el que empezó, le pidió a su padre una prórroga y al banco un crédito –cuyo primer titular fue Juan, porque a él, por aquel entonces, le faltaban unos meses para alcanzar la mayoría de edad– y se quedó con un local maldito, que no había tenido éxito en ninguna de sus vidas anteriores.

En el barrio había bastantes panaderías, pero la que él instaló tenía un rótulo distinto al de todas las demás, Boutique del Pan, y ofrecía variedades que jamás se habían visto por aquellos pagos, panes de todos los tamaños, de todos los

pesos, de todas las formas, con pasas, con nueces, con sésamo, con semillas, roscas, vieras, bollitos de formas diferentes, candeales, integrales, de molde, de pueblo, baguettes, colines y picos de todas las formas y sabores. Y el invento arrasó. Contra las previsiones de su familia, mantuvo abierto el quiosco de las chucherías en las horas clave, entradas y salidas de clase, porque los niños daban mucho más dinero del que nadie podía imaginar y, durante unos meses, empleó a tiempo parcial a su madre, que atendía la panadería desde las ocho hasta las nueve y media, y desde la una hasta las dos, y a su hermana Paquita, que se hacía cargo del quiosco por las tardes, de cinco a ocho, hasta que los beneficios le permitieron contratar a un ayudante para todo el día. La panadería llevaba abierta más de un año cuando se quedó vacío el local de al lado. Sus padres le rogaron que no fuera tan deprisa, que no se metiera en otro crédito ahora que estaba empezando a pagar holgadamente el que debía, pero el director del banco, que le había calado desde que habló con él por primera vez, le confirmó que allí estaba él, con todos los millones que hicieran falta. Damián se lo pensó mucho, e hizo muchos números antes de decidir que iba a arriesgarse otra vez. Y otra vez volvió a arrasar. Cuando su trayectoria empresarial llamó la atención del periódico del barrio, ya poseía, además del quiosco y la panadería, una cafetería donde servía, convenientemente elaborados, rellenos y encarecidos, los panes y los bollos que vendía en la tienda de al lado, para garantizar, según afirmaba en sus declaraciones, la calidad y la frescura de todos sus productos. Juan, que había seguido la trayectoria de su hermano con la misma mezcla de estupor y admiración que tenía a medio barrio con la boca abierta, no dejaba de asombrarse de que a nadie se le hubiera ocurrido antes la genialidad que estaba haciendo rico a Damián.