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—Es una simple cuestión de perspectiva –le había confesado él, una noche en la que el exceso de copas se sumó a la ebriedad del triunfo para soltarle la lengua más de la cuenta–. ¿Quiénes viven aquí, en este barrio? Como mínimo, gente como papá y mamá, ¿no?, que han dejado de estar mal económicamente, que han empezado desde abajo, que han trabajado mucho, pero que, al final, han prosperado. Y luego, gente que gana más dinero, pero que vive aquí, aquí porque no puede comprarse un piso en la calle Serrano, claro. ¿Y eso qué quiere decir? Pues que, hasta en las zonas peores, éste sigue siendo un barrio más o menos popular, pero ya no es un barrio obrero. Está demasiado cerca del centro, por un lado, y de Puerta de Hierro, por el otro, para seguir siéndolo. Además, enfrente de la Dehesa se han construido bloques nuevos para gente con un poder adquisitivo mucho más alto que el de los vecinos de las casas antiguas, y eso sin contar la colonia, que ahora es casi una urbanización de lujo. Total, que éste es un barrio de clase media, aunque sus habitantes no lo sepan todavía. ¿Y por qué no lo saben? Porque el comercio está por debajo de las posibilidades de los consumidores. Porque no es lo mismo comprarse un piso en la calle Serrano que pagar cinco duros más por una barra de pan especial, o las doscientas pesetas de diferencia que significa merendar un croissant relleno de cangrejo y un café aromatizado con canela en un local como el mío, tan elegante y con muebles tan

modernos, en vez de un café con leche a secas y un pincho de tortilla en el bar de Mingo, con el suelo lleno de servilletas arrugadas y las mesas de formica escritas a punta de cuchillo.

A eso llegan todos, y se sienten halagados por gastarse el dinero, claro, porque les parece un gasto propio del barrio de Salamanca y no de éste… No se trata siempre de bajar los precios. A veces, se gana más dinero subiéndolos. Eso es todo.

Sin embargo, a pesar de la irreprochable limpieza, de la astucia y la perspicacia que expresaban todos aquellos cálculos, Juan también conocía la debilidad de su hermano, la ambición oculta bajo el aplomo, y en esa suficiencia ligeramente despectiva que coloreaba sus palabras. En la balda más alta de la estantería que ambos compartían, ordenadas por la fecha de publicación y protegidas, o camufladas, por una carpeta de plástico, se apilaban todas las publicaciones, casi siempre revistas o suplementos dominicales aunque también había páginas recortadas de algunos periódicos, que se habían ocupado en los últimos tiempos del tema de los jóvenes millonarios, el fenómeno de los empresarios que, a los veinte años, eran ya dueños de cadenas de tiendas de ropa, de negocios de informática, o de inmensas discotecas en Ibiza y en la Costa del Sol. Damián, que se había consagrado a persuadir a sus vecinos de que vivían en un barrio de clase media, no se resignaba a formar parte con ellos de esa mediocre e insulsa categoría social, y a medida que los rostros juveniles, casi infantiles aún, de los nuevos campeones del dinero se iban haciendo populares, crecían en él, a partes iguales, el deseo incondicional de llegar a ser como ellos y el negro rencor de quien se siente injustamente marginado, discriminado por razones dudosas, espurias, ajenas a sus méritos.

—¡Mira éste! –decía, dando una vuelta, y otra, y otra más, a la mesa que ocupaba la mayor parte del espacio en el pequeño salón–comedor de su casa, tan encadenado a la revista que sostenía a la altura de sus ojos como un burro a una noria invisible–. Pero si éste ha heredado la joyería de sus padres, ¡no te jode! ¿Y ésta? ¿Qué me dices de ésta? Pero si tiene ya treinta años… ¿Una agencia de modelos?

¡Ja! Seguro que sólo trabaja ella. ¿Y eso es ser empresario? ¿Eso es crear riqueza, nuevos puestos de trabajo, prosperidad económica? ¿Esto, y no lo que hago yo? ¡Vamos, no me jodas!

Cuando asistían a estas apasionadas sesiones de indignación, sus padres y sus hermanas iban mostrándole su apoyo en la escala gradual que él mismo marcaba con sus preguntas y sus respuestas, asintiendo con la cabeza primero, moviendo las manos en el aire después, y prorrumpiendo en toda clase de lamentos solidarios –desde luego, ¡no hay derecho!, tú sí que tienes mérito, hijo mío, tú sí que has empezado desde abajo, hay que ver, ¡si es que siempre salen los mismos!, claro, tanto hablar de la democracia, pero si no tienes un apellido famoso, no tienes nada que hacer, esto es una vergüenza, desde luego, pues claro que sí, pues clarocuando Damián se callaba de una vez. La voz de Juan era la única ausente de este coro ácido y chillón, el sonoro ejercicio de catarsis que la

familia ofrecía en desagravio a su triunfador privado, pero eso no significaba que no tuviera sus propias ideas respecto a la sed de fama de su hermano. La insistencia con la que Damián buscaba la notoriedad social, el único beneficio que se le resistía, inspiraba en Juan la dosis de compasión implícita en una considerable vergüenza ajena pero, sobre todo, le desconcertaba más que cualquier otro aspecto de su súbito enriquecimiento. Él estaba tan seguro como podía estarlo una persona sensata de que nadie, jamás, descolgaría un teléfono desde la redacción de algún gran periódico nacional para interesarse por el propietario de la panadería más elegante de Estrecho, por muy buen negocio que resultara ser. En el mundo al que Damián inconcebiblemente aspiraba, sus méritos no le elevaban muy por encima de la talla de un pigmeo salvaje y semidesnudo, e incluso en el caso de que llegara a convertirse en un par de años en el auténtico rey del pan de la zona Norte, seguiría pasando lo mismo, porque el glamour de las fotografías de estudio no tiene demasiado que ver con los saldos de las cuentas corrientes. Que no se diera cuenta de esto, que tuviera tanta vanidad y tan poco orgullo, era un misterio que le desbordaba. Cuando no le quedaba más remedio que reconocer el talento de Damián, su capacidad, una inteligencia objetiva que iba mucho más allá de su gracia para contar chistes, su hermano le parecía al mismo tiempo, y por primera vez en su vida, algo parecido a un tonto, un personajillo patético, una cómica caricatura contemporánea de Dorian Grey, un payaso dispuesto a vender su alma al diablo por media página en papel «couch\” con tres líneas de elogios en el pie de foto. Por eso no quiso comentar el que sería el primero y el único de sus éxitos, aquel retrato caótico de perfiles confusos y colores sucios en el que ni siquiera él habría logrado identificarle sin forzar la vista. Pero Damián le conocía demasiado bien como para aceptar la neutralidad de su silencio, y después de poner a salvo aquella entrevista de la que estaba tan orgulloso en la misma carpeta donde guardaba todas las que habían ido alimentando su deseo, se sacó de la manga el único as capaz de dejar a Juan desnudo, arruinado y sin fuerzas para seguir jugando. —¡Ah! Y otra cosa… Esa chica, Charo, la que vive en el segundo, la que salía contigo, ¿no?

–Juan, que no se había levantado para hablar con su hermano, se dio la vuelta en la silla y le miró–. Bueno, pues ahora sale conmigo.

Aquella vez sí acertó. Damián se encontró en el suelo antes de tener tiempo para deshacer la media sonrisa de hombre hecho a sí mismo con la que había querido subrayar la noticia. Juan le había derribado con un único golpe, un puñetazo dirigido al pómulo derecho que alcanzó su destino con una milimétrica y contundente precisión. El novio de Charo tenía ahora un corte debajo del ojo que en pocas horas desarrollaría un bonito hematoma, para ofrecer al natural un aspecto semejante al que tenía en la foto del periódico del barrio, pero, aunque hiciera muchos años que Juan no derrotaba a Damián en una pelea, aunque su víctima ni siquiera hubiera llegado a enterarse muy bien de cómo había sucedido, el ganador sabía que su victoria no valía más que la mísera entrevista que la