había desencadenado.
—Eres un hijo de puta –le dijo de todas formas, mirándole por una vez desde arriba antes de salir de la habitación.
—¡Ja! –contestó Damián desde el suelo, e insistió antes de levantarse–. ¡Ja, ja! Cuarenta y ocho horas más tarde, aquellas risitas atronaban entre las sienes de Juan Olmedo mientras la imagen de Charo y Damián desnudos, acariciándose en una cama, le trituraba por dentro con la mecánica y despiadada tenacidad de un martillo hidráulico. La punta del taladro machacaba sus vértebras una por una y Juan recordaba la pregunta retórica con la que su hermano había rematado una odiosa disertación sobre deportivos y utilitarios –¿a qué no te la has tirado, eh?, ¿a que ni siquiera te la has tirado?– para tratar de convencerse a sí mismo de que era un idiota, de que ya lo sabía, de que no podía perder los papeles de una manera tan penosa, pero tuvo que pasar por toda la escala de la insensatez antes de recobrar una calma capaz al menos de engañar a los demás. Entretanto, se entregó a los desvaríos más feroces, y obtuvo a cambio un placer de una clase que desconocía. A solas en su cuarto, recorriendo una y otra vez los cuatro pasos que medía la habitación en todas las direcciones, hizo planes. Debería secuestrar a Charo, sin violencia física, sin hacerle daño, anestesiarla con cloroformo y llevarla a un lugar seguro, la carbonera del instituto de Villaverde Alto donde él había estudiado, por ejemplo, un sótano inmenso que permanecía desierto desde abril hasta noviembre, en los meses en los que no se encendía la calefacción. El candado que aseguraba la puerta era tan fácil de abrir que él y sus amigos lo habían forzado siempre que habían querido, para fumar canutos o enrollarse con novias de ocasión. Allí llevaría a Charo, la ataría a una silla y esperaría tranquilamente a que se despertara.
No te asustes, le diría luego, no te voy a hacer nada malo, sólo quiero que me escuches. Te has equivocado, Charito, has cometido un error muy grave, y te lo voy a demostrar… Entonces le contaría la verdad, que Damián, con todos sus negocios, con todo su dinero, con su coche nuevo y todos esos humos de triunfador, no era más que un desgraciado, un pobre hombre, un iluso que vendería a su madre a cambio de media página en el suplemento dominical de «El País», y que no podía quererla, que nunca podría, como la quería él, porque él era mejor, más inteligente, más sensible, más consciente que su hermano, y estaba tan enamorado de ella que no conocía siquiera palabras para expresar aproximadamente lo que sentía. ¿Cómo has podido estar tan ciega, Charo?, le preguntaría entonces, ¿cómo has podido hacerme esto a mí? ¿Qué pasa, que él te lleva a sitios caros? ¿Que le deja propinas de quinientas pelas a los porteros de las discotecas? ¿Y eso qué coño es, qué mierda es eso, Charito? Si yo te quería tanto que me dolían los ojos cada vez que te veía, y me dolían los dedos cada vez que te tocaba, y habría hecho cualquier cosa por ti, cualquiera, cualquier cosa… Al llegar a este punto, aterrado por su debilidad, se dejó caer sobre la cama. La realidad sucedía muy lejos del sótano de su instituto, y era sencilla. Charo no estaba atada a una silla, el pelo empapado de sudor, pegado a la cara, los ojos grandes de miedo y de asombro revelando al fin que comprendía. Él no caminaba
ahora hacia ella, no rodeaba la silla andando despacio, no se situaba a su espalda para dejarle sentir su polla en la nuca, ni cubría sus pechos con las manos, ni le pellizcaba los pezones, ni le hablaba al oído, si lo que te gusta es esto, también sé hacerlo… Él estaba solo, en su cuarto, tirado en la cama, rechazado, humillado, despreciado por la única chica de la que había estado enamorado en su vida, y ella estaría ahora por ahí, follando con su hermano en cualquier sitio. Era demasiado horroroso, demasiado injusto, demasiado dañino como para aceptarlo, aunque fuera verdad. Por eso regresó a Villaverde y se masturbó despacio, con delicadeza, intentando alargar hasta lo improbable aquel paréntesis que le mantenía ausente de un dolor que no llegó a ceder del todo. Tuvo un orgasmo muy intenso pero al mismo tiempo sintió frío, y el tacto viscoso del semen que embadurnaba su mano le produjo una extraña mezcla de lástima y repulsión. Luego, se sentó en el borde de la cama, abrió los ojos, volvió a cerrarlos, se dejó caer de nuevo y se echó a llorar como un niño pequeño.
La mañana siguiente amaneció gris, como amanecerían todas durante muchos meses. No vio a Damián hasta la hora de comer y entonces, aunque no cruzó ni una palabra con él, aunque no sucedió nada que distinguiera aquella comida de tantas otras, se sintió definitivamente hundido. Mirando a su hermano, el hombre feliz que bromeaba con las niñas y felicitaba a su madre por lo buenas que le habían salido las lentejas, tuvo un presentimiento bastante exacto de lo que iba a ser su vida en lo sucesivo, un temblor constante, una aprensión perpetua, una cadena de instantes iguales de un miedo purísimo, miedo a volver a verla, y a verla con Damián, miedo a encontrársela en cualquier momento por el pasillo de su propia casa, en fiestas de cumpleaños o en tardes de días corrientes, miedo a que sonara el teléfono y él tuviera que cogerlo sin saber si su voz le respondería o no al otro lado de la línea. Estoy jodido, pero jodido de verdad, se dijo antes de levantarse de la mesa. Esa sensación nunca llegó a disolverse por completo en la rutina de los meses sucesivos, pero se acostumbró antes de lo que hubiera creído a su nueva situación, llegó a acostumbrarse a ver a Charo cada día, a oír su voz por el pasillo, a encontrársela sentada a la mesa los domingos, a verla reír, y hablar, y besar a Damián, a tenerla cerca sin poder tocarla, sin poder besarla, sin querer mirarla siquiera.
Casi ocho años más tarde, cuando bajó del coche en la calle Altamirano, delante del portal de su tía Carmen, para ayudar a salir a su madre y a su hermano Alfonso, Juan Olmedo apenas se reconocía a sí mismo en aquel chico que sufrió tanto, ese chaval tan torpe y encerrado en sí mismo que era demasiado bueno pero muy soberbio, servicial y huraño al mismo tiempo, callado y como ausente, porque se asustaba de todo y nunca acababa de encontrar la manera de resolver las cosas con brillantez fuera de los exiguos límites de la mesa de su habitación, donde estudiaba, y estudiaba, y volvía a estudiar, siempre de espaldas a lo que pudiera ocurrir a su alrededor. A cambio, guardaba la memoria de la violencia y el deseo, los ingredientes básicos de una pasión fija, imperturbable, y tan codiciosa como su propio destino, un tormento que no cesaba ni en sueños, un desierto que se arremolinaba a su alrededor de día y de noche hasta llenarle la boca de
arena, un caballo enloquecido de furia que galopaba sin descanso entre sus vísceras. Nunca deseó a Charo tanto como entonces, cuando podía imaginar con precisión el eco de la voz que se deslizaba en su oído, el tacto y el tamaño del cuerpo que se aplastaba contra su cuerpo, la familiar amalgama de palabras y frases hechas, de gestos y de ademanes, de costumbres y manías que estaría empapando el tejido de su vida anterior. Conocía muy bien a su hermano, llevaba toda la vida conociéndole, y por eso le veía hasta sin querer, el perfil de su cabeza recortándose sobre una almohada, su mano afirmándose en la breve cintura que él sentía aún en las yemas de sus dedos, o hundiéndose en el sexo de una muchacha satisfecha que le devolvería alegremente, una por una, cada caricia. Y él estaba en medio, entre los dos, atado a su cama, cosido a sus cuerpos, incapaz de sacudirse la diaria tortura de su compañía, indiferente a su propia razón, a su antigua capacidad para analizar de manera correcta las cosas. De vez en cuando, intentaba oponerse a sí mismo, convencerse de la absurda naturaleza de sus reacciones, arrancarse aquella morbosa inclinación, aquel dolor misteriosamente imprescindible, una fiebre que le inmovilizaba, que le esclavizaba, que le anulaba frente a las dos criaturas de este mundo que deberían parecerle más despreciables.