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Y lo intentaba, pero no podía, y cada mañana se daba cuenta de que deseaba a Charo un poco más que la mañana anterior, y de que el odio que había empezado a sentir hacia su hermano había crecido en la misma, indescifrable medida, y sin embargo, seguía viviendo. Mucho más tarde, Juan Olmedo comprendería que ésa fue la enseñanza principal de aquellos años, aprender a vivir a cualquier precio, por encima de todo, vendando sus heridas con esa determinación, esa voluntad, esa conciencia que ya no le servían de nada porque ni siquiera le protegían de sí mismo, pero nunca olvidaría el sabor de la rabia, ni aquellos gritos mudos con los que increpaba al cielo en las agónicas vigilias de años de noches blancas, eternas, que se le iban en chillar sin abrir los labios, devuélvemela, Dios, devuélvemela, Damián dormía en la cama de al lado y él se retorcía en la suya de cara a la pared, sin hacer ruido, devuélvemela y haré lo que tú quieras, seré lo que tú quieras, te daré lo que me pidas si me la devuelves, devuélvemela… No había vuelto a hablar con Dios desde entonces, pero cuando Charo se sentó a su lado, en el asiento del copiloto, y la raja de su falda se abrió, y no hizo nada para recomponerla, empezó a preguntarse si el diablo no sería un poco duro de oído. —Espera, no arranques todavía –le pidió, bajando la visera para estudiarse en el espejo–. Me voy a retocar.

—No te hace falta –dijo él, abandonándose con menos resistencia de la que le habría gustado a la fascinación de su lápiz de labios–. Estás muy guapa. —¿En serio?

Maldita seas, hija de puta, pensó, pero no lo dijo. Se limitó a girar la llave de contacto y miró hacia delante, como si no hubiera advertido la venenosa dulzura que había impregnado su última pregunta. A las cuatro y cuarto de la tarde de aquel domingo, la Gran Vía estaba casi desierta, pero los semáforos en rojo le

ayudaron a pensar. No va a pasar nada, se decía, ¿qué puede pasar? Está

toreando de salón, quemando cohetes con cerillas de cocina, apostando con

garbanzos, es demasiado tarde para mí, demasiado tarde para ella, demasiado

tarde para todo. A pesar de eso, estaba nervioso, como si un tumulto de hormigas

borrachas se atropellaran bajo su piel y una ebriedad seca, imaginaria,

amortiguara y afinara al mismo tiempo la capacidad de sus sentidos. No era la

primera vez que su cuñada jugaba a aquel juego, pero ella nunca había ido más

allá de una somera exhibición de intenciones y él, demasiado pendiente de sus

cicatrices, no había llegado ni siquiera a eso.

Aquella tarde incluía una novedad inquietante, sin embargo. Era la primera vez

que Charo y él estaban solos desde aquella lejana noche de primavera en la que

se endeudó con Damián para llevarla a la discoteca más lujosa de Madrid. Y todo

había ocurrido por casualidad, desde que, a las dos en punto de la tarde, había

llamado al timbre de la casa de su madre para encontrársela al otro lado de la

puerta.

Ella había mirado a su izquierda primero, a su derecha después, hasta comprobar

que nadie le acompañaba, y luego se había recostado tranquilamente contra el

quicio, cerrándole el paso con una postura propia del «sheriff» del condado en

cualquier vieja película de indios y vaqueros.

—¿Y Elena?

—No ha podido venir, está de guardia.

—¡Qué pena!, ¿no? –y sonrió, como si ninguna otra noticia hubiera podido hacerla

más feliz–. La pobre, estar de guardia en domingo y perderse la paella de tu

madre, con lo bien que le sale…

Sólo entonces le dejó pasar, y él la siguió por el pasillo hasta el comedor, donde

Damián presumía con sus cuñados, aficionados de escaso poder adquisitivo, de

que su amigo Nicanor había conseguido dos entradas para el palco de autoridades

del Calderón.

—Por lo visto, dan una copa antes –estaba explicando con su voz más hueca

cuando Juan entró– y una especie de cóctel al final del partido, así que a ver si

hoy comemos pronto, porque tengo que salir pitando…

Cuando se fue, sin esperar al postre, Charo se desplazó sigilosamente hasta

ocupar el asiento de su marido y Juan se la encontró a su lado, hablándole al oído

casi por sorpresa.

—Nos han dejado solos, Juanito.

—Eso parece.

—Podríamos ir al cine –y entonces levantó la cabeza, miró a su alrededor y

comprobó que la televisión estaba encendida, y nadie demasiado cerca de ellos–como en los viejos tiempos.

Aquellas palabras acariciaron las maltrechas vértebras del chaval desesperado que

Juan Olmedo ya no era, pero el hombre en quien se había convertido las sintió

como el filo de una navaja húmeda que resbalara muy despacio sobre su lengua.

Aunque guardó la compostura tan admirablemente que tuvo incluso la sensación

de que ella se había ofendido por la neutra serenidad con la que valoró su oferta

antes de aceptarla, en aquel momento se obligó a pensar que no iba a pasar

nada, que no podía pasar nada, nada de nada. Al llegar a Callao, mientras la falda

de Charo seguía abierta, su muslo izquierdo reluciendo con la dorada complicidad

de las medias, su boca curvada en una sonrisa íntima, autosuficiente, que no

cambió de signo cuando el coche se detuvo junto a la acera, todavía no había

querido admitir la verdadera naturaleza de aquel presentimiento artificioso y

machacón, que no tenía otro sentido que el de encubrir ante sí mismo una

irresistible predisposición a despeñarse por aquel abismo.

—Bueno, pues tú dirás… –se la quedó mirando y ella reaccionó con cierta

extrañeza–. Me has dicho que el cine al que querías ir estaba en Callao, ¿no?

—¡Ah, claro, claro! –se inclinó hacia delante para que su falda se abriera del todo

y echó una ojeada a su alrededor–. Vamos a ver… Este mismo me vale –sentenció, señalando el edificio situado a su derecha–. Sí, éste está bien.

—¿Cómo que está bien? –preguntó él, riéndose abiertamente para disimular los

efectos del espasmo que acababa de pegar sus tripas entre sí–. ¿Quieres ver esa

película o no?

—Pues claro que quiero. ¡Qué cosas dices!

Entonces se rieron juntos, pero ella se recompuso enseguida y se esforzó por

comportarse con naturalidad, como si de verdad no pasara nada, como si nunca

fuera a pasar nada, mientras aparcaban y llegaban andando hasta la puerta del

cine. Así, al llegar a la taquilla, Juan Olmedo se dio cuenta por fin de lo que se

estaba jugando desde hacía un rato, porque se encontró repentinamente débil,

tan vulnerable, tan frágil como cuando la vio por primera vez, bailando sola

delante de un espejo, y contra todo lo que quería creer, contra todo lo que creía

querer, comprendió que iba a venirse abajo sin remedio si, al final, aquel furioso

espejismo de gloria y de catástrofe desembocaba en una tarde de cine cualquiera.

—Sácalas de arriba –le dijo ella a tiempo, como si hubiera podido leerle el

pensamiento.

—¿De arriba?

—Claro –y mintió con aplomo–.

A mí me gusta ver el cine desde arriba.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre –chasqueó los labios para improvisar un mohín de impaciencia–.

Hay que ver, Juan, qué mala memoria tienes…

—La sala está casi vacía –terció la taquillera–. Hay sitios buenos abajo.

Juan se volvió para mirar a su cuñada, y ella se acercó a él hasta pegarse

completamente a su cuerpo.

—Hazme caso –le susurró al oído–, no seas tonto.

—Bueno, pues démelas de arriba.

Unos minutos después, cuando se apagaron las luces, sus butacas eran las únicas

que estaban ocupadas en la zona superior de la sala.

La sintonía de Movierecord sonaba igual que antes, cuando él se abalanzaba

sobre el asiento que estaba a su derecha para buscarla a ciegas, con la boca y