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Elena era pediatra, tenía el pelo rojo y el mejor culo del hospital. Juan no se había acordado de ella en ningún momento de aquella tarde, pero ahora la estaba viendo, a Elena, que hablaba alemán, y tocaba el violoncelo, y practicaba desnuda los domingos por la mañana al borde de su cama, y quería casarse con él, y vivir en el campo, y tener dos hijos, uno pelirrojo y el otro moreno, como su padre. Cuando la escuchó, llegó a sentir un instante de nostalgia por esa vida improbable, el plácido futuro que ya nunca sería, porque la voz de su novia, una mujer feliz, razonable, la eficacia en persona, se abrió paso desde algún recóndito lugar de su conciencia para proponerle una lectura alternativa de la situación, en un intento desesperado por salvarle, por condenarle eternamente a su salvación. Es la mujer de tu hermano, ¿no?, ella te dejó y luego se lió con él, y ahora están casados, ¿no es eso?, vale, la señora tenía un caprichito, y esta tarde te ha liado para llevarte al cine y te ha hecho una mamada, estupendo, pues eso que sales ganando, ¿y qué va a pasar ahora?, pues nada, yo te lo perdonaré cuando me lo cuentes, ya lo sabes, son cosas que pasan, locuras, tonterías, arrebatos sin importancia, total, esto no te va a cambiar la vida, ¿o qué te has creído?, ¿qué te estás creyendo, Juan? Por el amor de Dios, si tienes casi treinta años…

Charo apretó un momento sus solapas entre los puños y las soltó de golpe, para dejar caer luego sus brazos, las manos apretadas, y cerrar los ojos. Entonces, fue Juan quien dio un paso hacia delante, la abrazó casi con miedo, y la besó. Sabía que estaba jugándose la vida en aquel gesto, y se la jugó a una carta que no era la mejor, que quizás ni siquiera era buena, pero que era la única que había llevado siempre en los bolsillos.

Volvieron al aparcamiento abrazados y ninguno de los dos dijo nada. Mientras esperaba la vuelta y el tíquet de salida, Juan se encontró con el reflejo de su propio rostro en un espejo y registró en él la misma palidez metálica que veía en la cara de su cuñada, las mismas sombras rojizas alrededor de los ojos. Estaba muy cansado.

Condujo despacio, lamentando la fluidez del tráfico de los domingos y aprovechando los semáforos para mirar a Charo, que devolvía el color de la normalidad a sus mejillas con una brocha, a la luz de las farolas. —¿Te dejo aquí? –le preguntó, estrenando su flamante prudencia de adúltero cuando llegaron a la verja de la colonia.

—No –contestó ella, sonriendo–. Puedes entrar hasta el fondo. Tu hermano no es nada celoso, ¿sabes? Está demasiado convencido de que es el hombre–chollo, el marido ideal, el mejor, como para pensar que yo pueda mirar a cualquier otro. Si alguien le contara que le pongo los cuernos, lo primero que pensaría es que soy una imbécil. Luego se cabrearía, claro, pero de momento no le entraría en la

cabeza, en serio… Tampoco debe saber que tiene la polla más pequeña que tú. El

día que se entere, se corta las venas.

En ese momento, el motor del coche se paró sin que Juan llegara a tener

conciencia de haber levantado los pies de los pedales.

—Se te ha calado –resumió Charo, y se echó a reír.

—Y se me calará más veces, si me sigues metiendo esos rollos.

—No son rollos, Juan, es la verdad. Ya te he dicho antes que no soy muy lista,

¿no? Me paso la vida equivocándome y siempre me doy cuenta demasiado tarde.

Cuando te conocí, me parecías demasiado bueno, demasiado estudioso, y serio, y

considerado, ¿te acuerdas?, y sin embargo me agobiaba mucho aquella manía

tuya de estar siempre encima de mí, siempre besándome, y abrazándome, y

sobándome… –sonrió, y giró la cabeza para mirar hacia delante, y fundir sus ojos

con la penumbra de la calle–. Entonces yo creía que me iban los tipos duros.

creí que tu hermano era un tipo duro, pero en eso también me equivoqué. Damián no es ni duro ni blando, es otra cosa. A él, simplemente, no le interesa nada, no le interesa nadie. Por eso le va tan bien en la vida, porque todo le da igual. Y a veces… Ahora, cuando te veo con Elena, en casa de tu madre, tan serio como antes, tan preocupado por todos, y por tantas cosas, tan buen hijo, tan buen hermano, pues… Ya no creo que seas demasiado bueno, ¿sabes?

sin embargo, pienso en cómo serás con ella, ¿no?, cuando estéis solos, cuando nadie os vea, y me imagino que…, bueno, pues que la tratarás como me tratabas a mí antes, ¿no?, aunque nadie se lo imagine, y… Bueno, pues… Puedes mandarme a la mierda, pero la verdad es que me da mucha envidia.

Ahora me encantaría tener un marido que estuviera todo el tiempo besándome, y

abrazándome, y sobándome, y eso ahora, justo ahora, cuando ya lo he hecho

todo mal.

Así que lo de tu polla es lo de menos. No te voy a mentir precisamente en eso,

puedes estar tranquilo. No soy muy lista, pero tampoco soy tonta.

Se dio la vuelta en el asiento para mirarle de frente y Juan la miró sin verla, sus

ojos atrapados en las huellas que dos lágrimas gordas, definitivas, habían dejado

al resbalar por una piel que era la misma y era distinta, el rostro exhausto y

polvoriento de una chica atada a una silla, el pelo empapado de sudor, pegado a

la cara, los ojos grandes de miedo y de asombro revelando al fin que comprendía,

que después de tanto tiempo, al fin lo había comprendido todo.

—¿No vas a decir nada? –le preguntó Charo entonces, removiéndose en el asiento

como si estuviera incómoda.

Durante un instante Juan Olmedo se dijo que arrancaría el coche, y pasaría

deprisa por delante de la casa de su hermano, y saldría de la colonia por la puerta

opuesta a aquella por la que había entrado, y se alejaría del centro de la ciudad

por la primera carretera que encontrara, y seguiría avanzando, sin abandonar

nunca la raya continua, hasta encontrar un hotel con buena pinta a trescientos o

cuatrocientos kilómetros de Madrid.

Pero fue sólo un instante.

—Dime por lo menos si estabas enamorado de mí.

—Eso ya lo sabes, Charo –entonces fue ella la que no quiso añadir nada y él

siguió hablando, porque no le molestaba, ni le avergonzaba, ni le importaba

decírselo–. Claro que estaba enamorado de ti. Como un imbécil. Como un animal.

Como… Como un desesperado.

Entonces sí arrancó el coche, pero no pisó el acelerador a fondo.

A unos trescientos metros, en la puerta de su casa, vio a Damián, parado en la

acera, hablando con Nicanor, y aparcó en doble fila muy cerca, junto a un hueco

suficiente para que Charo saliera, pero ella no se movió.

—Mira el tonto este, qué contento está –se limitó a comentar en un tono

exageradamente cantarín, como si le costara trabajo rebozar cada palabra en un

tranquilizador baño de frivolidad–. Seguro que ha ganado el Atleti. Dale las luces,

anda, que no nos ha visto…

Entre la tercera y la cuarta ráfaga, Damián los reconoció por fin, y levantó las dos

manos, la izquierda con tres dedos extendidos, la derecha con uno solo, antes de

echar a andar hacia ellos.

—Tres a uno, ¿no? –tradujo Charo en voz alta, sonriendo a la figura que se

acercaba–. Serás gilipollas… –e inmediatamente después, sin desviar la mirada ni

descomponer aquella sonrisa, se dirigió a Juan–. ¿Cuándo tienes la próxima

guardia?

—El miércoles.

—Iré a verte el jueves, a las cinco –su marido había llegado a su altura, y tenía ya

la mano en el picaporte cuando completó la frase–, para dejarte dormir.

—¡Vaya! –El Damián que se asomó al interior del coche aún tenía la cara

deformada por el júbilo–. Pero ¿qué hacéis vosotros aquí?

—Venimos del cine. –Charo daba explicaciones con la voz más inocente–. Los dos