candorosa incluso, pero sobre todo simple. Su cuerpo reproducía el mismo patrón
con mejores resultados, porque su ropa ceñida, aun demasiado consciente de lo
que ceñía, revelaba la calidad tersa y compacta de la piel, de la carne, sobre la
que el tono indeseablemente saludable que coloreaba sus mejillas producía un
efecto distinto, prestando a sus brazos, a sus piernas, a su escote, una apariencia
fresca, casi crujiente, como de manzana recién lavada.
Juan Olmedo se había sorprendido calculando alguna vez que debía de tener
buenas tetas, y reconocía sin sorprenderse que tenía un culo estupendo, aunque
sus pantorrillas fueran gordas y musculosas como las de un ciclista, pero su
interés se agotaba en estas inevitables, elementales observaciones. Maribel no le
interesaba porque no había nada interesante en ella, ni su aspecto, ni su historia,
ni sus intenciones.
Por eso ni siquiera se había dejado afectar por el descubrimiento, asombroso en
un principio, razonable, casi lógico después, cuando se detuvo a meditar sobre la
situación en la que ambos se encontraban, de que a su asistenta se le hubiera
ocurrido el disparate de seducirle, y hasta sentía un poco de lástima cuando la
veía aparecer tan arreglada, tan perfumada, más gorda que nunca con esa ropa
nueva a la que aún no había dado la oportunidad de ceder, de ensancharse, de
amoldarse a su cuerpo excesivo de buena chica de pueblo. Entonces sentía pena
por ella y también por Andrés, pero nunca pensaba en sí mismo, porque estaba
seguro de que Maribel no le gustaba. O eso creía él, por lo menos. Que estaba
seguro.
—¡Anda! ¿Y qué hace usted aquí? –la primera vez que se lo encontró en pijama,
bajando por la escalera a media mañana, Maribel se llevó un buen susto–. ¿Se ha
puesto malo?
—No, no –sólo entonces se dio cuenta de que ella compartiría sin remedio sus
días libres, pero ni siquiera en aquel momento se preocupó, y se limitó a
regañarse en voz alta a sí mismo por no haberla avisado antes–. Estoy saliente de
guardia. Lo siento, Maribel, tendría que habérselo advertido, pero no me di
cuenta, como cuando vuelvo de Jerez, usted ya se ha ido…
Ayer por la tarde me quedé en el hospital, he estado trabajando toda la noche y,
a cambio, no tengo que volver hasta mañana.
—Ah, sí, ya me acuerdo que me contó algo al principio, cuando empecé a venir
aquí… Y esto de ahora, ¿va a ser así siempre?
—Pues sí, en principio sí.
Haré una guardia a la semana, más o menos, y de vez en cuando dos, porque voy
a intentar pasar los sábados y los domingos en casa, para no dejar a Tamara sola
con Alfonso.
—Ya –ella se quedó pensando, y luego sonrió–. Pues avíseme…
–y antes de que él tuviera tiempo para preguntarse por qué sonreía, le dio una
explicación que no le había pedido–. Se lo digo para hacerle la comida, ¿sabe? Porque tendrá que comer aquí, ¿no?, y la verdad es que yo, cuando no están los niños, pues no cocino. Me como un bocadillo y ya está. —Bueno, pero no se moleste por mí. Procuraré estorbar lo menos posible. Ella no dijo nada, pero volvió a sonreír, y él volvió a despreocuparse de su sonrisa. Fue a la cocina, se hizo un café, se vistió, llegó hasta el pueblo caminando por la playa, compró el periódico, se tomó una cerveza, volvió a casa a las tres de la tarde, se llevó una bandeja al salón para comer delante del televisor –filete con patatas y ensalada, se excusó ella, no me ha dado tiempo a hacer otra cosa–, y se quedó leyendo, tumbado en un sofá, hasta que la niña volvió del colegio.
Una semana después, él ya estaba levantado cuando Maribel abrió la puerta con su llave, a la una menos diez, más o menos.
—Me he traído de casa unas codornices estofadas –anunció, mientras sacaba un recipiente transparente de una bolsa de plástico–, que están mucho más buenas hechas de víspera, a ver si le gustan.
Luego hago un poco de arroz blanco, que es la mejor guarnición para esta salsa, y ya está.
Un par de horas más tarde, el aire olía tan bien que a él le dio vergüenza comer solo, y le preguntó a Maribel en el tono formal, casi ceremonioso, que le pareció el más adecuado para despejar equívocos, si no preferiría poner la mesa para los dos en el salón en lugar de comer sola en la cocina. Ella aceptó sin responderle y al verla pasar ante él varias veces, transportando un mantel primero, luego platos, vasos y cubiertos, Juan Olmedo se dio cuenta de que aquel día no se había puesto las alpargatas, y circulaba por la casa sobre unos zapatos de tacón alto que mejoraban considerablemente el tosco perfil de sus pantorrillas. En aquel momento, todavía se sonrió para sí mismo con una amable condescendencia, y creyó observar sin alterarse el violento contraste entre la sofisticación de aquel calzado y la simplicidad de una bata rosa, desteñida de lejía, que se abría por delante entre cada pareja de botones para dibujar una hilera de pequeñas lagunas oblicuas de piel desnuda. Lo que nunca podría precisar después fue el instante exacto en el que las amenazas de aquella tela cansada, sometida a una tensión terminal, insoportable, dejaron de representar una traición para empezar a acariciar sus ojos como una promesa. Tampoco llegó a percibir con claridad los orígenes de un curioso fenómeno atmosférico, la columna de gas pesado que se instalaba a un milímetro escaso de sus cabezas cuando se sentaban a comer juntos, para hacer denso, sólido, irrespirable el aire que compartían a los dos lados de la mesa. Por más que él encendiera siempre el televisor, por más que se esforzara en mirar a la pantalla y masticar en silencio, por más que se preocupara de escoger elogios tan contundentes que le permitieran alabar con justicia la calidad de la comida –esto está riquísimo, Maribel, pero estupendo, en serio, nunca había comido unas codornices tan buenas– sin volver la cabeza hacia su autora, llegó un momento en que la terquedad de su silencio empezó a ensordecerle por dentro, su cabeza forrándose de corcho mientras se daba cuenta
de que la indiferencia estricta, excesiva, que había adoptado como una señal de respeto hacia aquella mujer llegaba a producir un efecto casi opuesto, propio de un rasgo de superioridad, incluso de desprecio.
Entonces se desentendió de las consecuencias de aquella inevitable intimidad de las comidas a solas y empezó a participar de sus ventajas, a mirar a Maribel, a bromear con ella, a reírse de sus chistes, y a verla comer, llevarse los cubiertos a la boca y abrir los labios, y atrapar un bocado con los dientes, y masticarlo con la boca cerrada, y tragarlo después, mientras su propio deseo aún no asumido distorsionaba la inocencia de cada uno de estos actos para impregnarlos de una obscenidad instintiva, primaria. Al entrar en contacto con sus palabras, el gas pesado no se esfumó, pero cambió de signo para hacerse amable, más húmedo, más caliente, y Juan Olmedo tuvo que reconocer que, a despecho de todos sus prejuicios, y hasta de todas sus opiniones, la verdad era que se estaba divirtiendo.
A medida que iban pasando las semanas, y terminaba un mes, y comenzaba otro, y las semanas volvían a sucederse bajo un cielo tan inmutable que parecía una cúpula pintada de azul, el sol firme y el levante soberano, como un rey infantil y malcriado pero capaz de entretenerse solo con sus juguetes, que apenas se abandonara a algún que otro berrinche para recordar que mandaba, que existía, Juan Olmedo se divirtió hablando con Maribel, viéndola venir, estudiándola a distancia, sin querer aceptar siquiera la hipótesis de que aquella situación pudiera llegar a traspasar algún día los límites de un simple juego de salón. Seguía estando seguro de que aquella mujer no le gustaba y sin embargo se daba cuenta de algunas cosas. Entre otras, de la flamante seguridad que había ido reemplazando poco a poco a los previos y desesperados esfuerzos de su asistenta por gustarle, un aplomo que crecía sin pausa, de guardia en guardia. Mientras él se comportaba como una mosca conscientemente altiva, que levantara a cada rato sus patas de la tentación de los hilos brillantes, sutilísimos, que iban entrecruzándose para componer una superficie cada vez más espesa, más mullida, a su alrededor, Maribel, como una araña gorda y astuta, seguía tejiendo su tela sin descansar, pero sin apresurarse. Juan, que de vez en cuando imitaba el ejemplo de las moscas incautas con una facilidad casi arrogante, para demostrarse a sí mismo, para demostrarle a ella también, que conservaba intacto su control, se daba cuenta de eso, y también de cómo le gustaba, sobre todo ahora que jugaba en casa, en su propio territorio, volver a sentirse un objeto inmóvil alrededor del cual una mujer diera vueltas y vueltas sin procurarle a cambio ninguna angustia, ningún dolor, ningún sombrío presentimiento como los que habían envuelto siempre cada gesto, cada sonrisa, cada palabra de su cuñada. Pero este sentimiento tampoco le alarmaba, al contrario. Sentirse deseado es un bien objetivo, pensaba, algo intrínsecamente bueno, y eso era lo mejor que podía esperar de Maribel, las limpias manifestaciones de su deseo y una diversión pura, inocente, inocua, de la que ella misma sería la primera en cansarse, alguna vez. Sin embargo, había otros misterios que se le resistían, detalles que no llegaba a