comprender bien del todo. Porque aquella mujer no le gustaba, pero cuando aprovechaba la menor oportunidad para ponerse a gatas en la baldosa estrictamente contigua a la que pisaban sus propios pies, con la excusa de buscar el mando a distancia o de recoger alguna pieza de un juguete, no sólo se le iban los ojos detrás de su culo, se le iba la mano también, y más de una vez llegó a levantarla en el aire, esbozando el principio de un azote, para obligarse a sí mismo a bajarla inmediatamente un segundo después. Porque ella no le gustaba, pero cuando, a finales de enero, empezó a hacerse evidente que estaba adelgazando, le dio pena comprobar que los agujeros que se abrían entre los botones de su bata se hacían cada vez más pequeños, y amenazaban con hurtarle la visión de su piel. Porque Maribel no le gustaba, pero en el estruendoso mediodía del último martes de febrero, mientras el levante desencadenaba una ventolera insoportable antes de despedirse, él levantó los ojos de su plato de calamares rellenos, deliciosos, como todo lo que le daba de comer, al percibir el olor ácido, profundo, de una naranja recién pelada, y cuando los dirigió hacia su derecha, ella tenía un gajo a medio comer entre los labios y un chorro de zumo dulzón y pringoso resbalaba muy despacio por su cuello hasta perderse en el surco de sus pechos apretados, afortunadamente inmunes a los efectos de la dieta, y aquella imagen, la complaciente lentitud con la que las gotas pálidas, perfumadas, se perseguían a través de su escote, le dolió en la lengua, su pobre lengua perpleja, torturada, que sólo deseaba hundirse en aquella carne, probarla, lamerla hasta robarle el último rastro del sabor, del olor de las naranjas. Todo esto le parecía demasiado cuando lo comparaba con su certeza de que aquella mujer no le gustaba, y por eso cayó en la tentación de echarle la culpa al levante. Pero, aunque él lo recibió con alegría y la esperanza de que volviera a poner cada cosa en su lugar, el poniente no le devolvió el cumplido. —¡Vaya mañanita que tenemos! –Maribel sacudía el paraguas contra el felpudo cuando él le abrió la puerta, porque ella no le gustaba pero hacía ya semanas que, aunque no hubiera podido dormir nada durante la guardia, se despertaba solo, y siempre un poco antes de la una–. ¡Y yo, que le había traído un poco de arranque para comer! ¿Qué me dice? A ver, ya estamos en marzo y yo pensaba, con el calor que está haciendo… Pero, ¡qué va!, tenemos invierno para rato.
—No importa, Maribel –Juan sonreía, saboreando por anticipado esta nueva muestra de la solicitud de su asistenta–. A mí me encanta el arranque y no lo pruebo desde septiembre, por lo menos. Voy a disfrutarlo igual, aunque haga frío. —Ya, ya lo sé que le gusta –sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa, casi maternal, la expresión de un adulto que se complace del regalo que lleva en el bolsillo más intensamente que el niño al que está destinado–. Por eso lo he hecho. He tenido los tomates al sol… cinco días, o así, para que se pusieran bien maduros.
El arranque, una variedad local y sólida del gazpacho que Juan Olmedo prefería a cualquier otra, estaba tan bueno que ni siquiera echó de menos el verano al atacarlo. A su lado, Maribel, que miraba una tortilla francesa con cara de
aburrimiento, pareció animarse al verle comer.
—¿Pero no lo va a probar siquiera? –se sorprendió Juan–. Le ha salido estupendo.
—Bueno –cedió ella, dirigiendo la punta del tenedor hacia el plato situado a su
izquierda–. Sí, está bien –añadió después, paladeándolo–. ¿Un poco salado?
—No, no me lo parece.
—Ya. Es que con esto del régimen, me estoy quedando hasta sin paladar, pero,
en fin… La verdad es que el verano pasado me puse como una foca, y algo tenía
que hacer. Claro, que yo, es lo que tengo… –y dejó de mover las manos, y la
cabeza, y le miró fijamente en el instante de la confesión–, que me encanta
comer.
—Sí, a mí también.
—Ya, pero a usted no se le nota.
Parecía un comentario inofensivo, trivial, razonable. Seguramente ella nunca
había pretendido que fuera otra cosa, pero algo, un elemento que no llegó a
identificar, tal vez el sonido de su voz, un poco más ronca de lo habitual, o la
apariencia de reproche que flotaba sobre sus palabras, o que él creyó percibir
flotando sobre sus palabras, impulsó a Juan a estudiarla con cuidado, y entonces
la vio reír, abandonarse a una carcajada súbita y nerviosa que no se había
extinguido del todo cuando él dejó de tratarla de usted sin darse cuenta.
—No me estarás provocando, ¿verdad, Maribel? –ella volvió a reírse, y él la
acompañó en el último tramo de su risa–. Porque llevo demasiado tiempo
portándome bien.
—¿Y no le gusta?
—Pues no. Me gusta más portarme mal.
—Ya… –entonces, cuando Juan creía que iba a volcarse sobre él, se echó para
atrás, pegó la espalda al respaldo de la silla, y se comportó como si no hubiera
pasado nada–. Yo lo que quería decir es que usted no engorda.
—Ah –aceptó él, y los dos volvieron a reírse a la vez.
Entonces pareció terminar todo pero fue precisamente entonces cuando empezó.
Maribel, que a veces parecía tan torpe, tan bruta, tan ignorante de la forma de
hacer bien las cosas, tuvo la inteligencia de aflojar la presión en aquel momento,
sin forzar las consecuencias de aquella conversación, sin tratar de sacar ventaja
de la debilidad que él había demostrado por primera vez. Aquella tarde,
sorprendentemente, no encontró nada que hacer, ni una sola excusa para andar a
gatas, para subirse en una silla, para estirarse en diagonal sobre la superficie de
una mesa y alcanzar con una mano cualquier objeto que estuviera en el otro
extremo, en la habitación donde Juan masticaba con esfuerzo su asombro,
repasando una y otra vez aquel luminoso malentendido que había nacido de sus
propias ganas de malentender. A partir de entonces, en las horas que se
sucedieron entre la sobremesa de aquel lunes y la mañana del viernes siguiente,
Juan Olmedo no volvió a pensar en que Maribel no le gustaba, ni en ninguna otra
cosa. Sabía que era una barbaridad, una locura, un disparate, y la forma más
idiota de complicarse la vida, pero no quiso acordarse de lo que sabía. Estaba
demasiado ocupado adiestrando a sus ojos, a las yemas de sus dedos, a su piel, a
sus músculos, y manteniendo a raya su sensatez. No le costó mucho trabajo
lograrlo, porque su deseo volvió a funcionar como un interruptor impecable, un
mecanismo capaz de desconectar a la vez todos los cables de su conciencia para