estaba tan cerca, y todo parecía tan fácil, que ni siquiera llegó a darse cuenta de
que hacía muchos años que no se consentía a sí misma el lujo de ceder a un
impulso. Su vecino estaba medio dormido, pero se espabiló deprisa y aceptó
enseguida, como si fuera consciente de que era la única persona en aquella
época, en aquel lugar, a la que Sara podía recurrir. Hasta entonces no había dicho
gran cosa, aunque la escuchaba con atención mientras ella se daba cuenta de que
le sentaba bien hablar. Ahora, en cambio, fue él quien tomó la iniciativa de
cogerla por el brazo y dirigirla hacia las escaleras del bar, un chiringuito de
paredes acristaladas, casi siempre desierto fuera de temporada, que al
desprenderse en septiembre del bullicio, el trasiego de los cuerpos semidesnudos,
concentraba en el vaho de las ventanas una melancolía húmeda, una lluvia aérea,
interior, que resultaba al mismo tiempo acogedora y triste, como las playas en
invierno.
Todos los coñacs que la ofrecieron eran bastante malos. Juan la animó a pasarse
al whisky, que era mejor, pero ella permaneció fiel al sabor de la facilidad, un
tanto más áspero, más rasposo esta vez que de costumbre, pero muy parecido a
cambio al gusto bronco y anónimo del líquido que solía rellenar las botellas de su
padre.
—Y lo peor de todo, ¿sabes?, es que ni siquiera ha intentado acostarse conmigo.
Yo estoy aquí, dale que te pego, dándole vueltas a lo mismo todo el rato, y a lo
mejor… No sé. A lo mejor, él piensa que, a nuestra edad, ya ni siquiera merece la
pena intentarlo.
Lo que me ha pedido, en realidad, es que me vaya con él a Sevilla, a pasar el fin
de semana. Ha insinuado que, de paso, podríamos ir a ver la coronación de no se
qué Virgen. En los Remedios, o no sé dónde –hizo una pausa para exagerar las
manifestaciones de su escándalo, los ojos muy abiertos, las cejas arqueadas, los
labios separados–. ¿Te lo puedes creer?
Él se echó a reír primero, pero ella le secundó enseguida con una especie de
complicidad gamberra e infantil, como la de dos escolares que intercambiaran
palabras prohibidas en el patio del colegio. Entonces, Sara se dio cuenta de que le
habría resultado mucho más fácil decidirse si, alguna vez, las largas, prolijas y
ceremoniosas conversaciones que había sostenido con el americano hubieran
desembocado en una explosión de esa risa simple y tonta que no tiene ningún
sentido excepto el de cimentar la intimidad. Después, Juan Olmedo bostezó.
—¿Quieres otra copa? –le ofreció, después de frotarse los ojos con decisión.
—No, lo que tenemos que hacer es irnos –Sara puso las manos abiertas sobre la
mesa para insinuar el gesto de levantarse–. Te me vas a quedar dormido aquí
mismo, de la lata que te estoy dando.
—No, qué va, no es eso…
–Juan buscó al camarero con los ojos e hizo un gesto circular con la mano, para
pedir otra ronda–.
Vamos a tomarnos otra. Es verdad que tengo sueño, pero tú no tienes la culpa.
Anoche estuve de guardia y esta mañana me he desvelado, no sé por qué. Me
pasa de vez en cuando, pero lo llevo bien, en serio. Lo que estaba pensando es
que, si te vas a Sevilla, te vas a perder el cumpleaños de Maribel.
Nos ha invitado a comer arroz con galeras, ya sabes…
Sara asintió con la cabeza al recordar la decepción de su asistenta, el mohín de
disgusto con el que había recibido la noticia, la vehemencia con la que le había
explicado que las galeras, un bicho rarísimo, como un antepasado prehistórico de
las cigalas, se cogen sólo en unos pocos kilómetros de costa y sólo en una época
del año, como mucho seis semanas, en febrero a veces, en marzo casi siempre, y
que son carísimas. En la venta donde iban a comer no le habían garantizado que tuvieran para esa fecha, y por eso había tenido que convencer a su hermano, el pescador, de que le guardara un par de docenas. Ande, ande, que usted también, le había reprochado luego, mire que ir a echarse un novio americano ahora, con lo bien que estábamos, y Sara se había apresurado a desmentirlo todo, como si tuviera algún motivo para avergonzarse, no es mi novio, Maribel, le había dicho, y tampoco está claro que me vaya a ir a Sevilla con él, ni siquiera sé si me apetece. Ella se la había quedado mirando con una duda pintada en la cara, esa cara suya que había ido cambiando para hacerse más angulosa, más delicada, más interesante en la misma medida en que su cuerpo se afinaba, pero que era ahora, sobre todo, una cara iluminada y sin embargo dulce, con una luz interna y sonrosada, una blandura inédita que borraba el recuerdo de la antigua tensión que solía amargar la línea de sus labios. Pues entonces, se había atrevido a seguir por fin, es lo que yo digo, que si fuera el hombre de su vida, como si dijéramos, o sea, si usted llevara tiempo andándole detrás, si estuviera loca por él y todo eso, pues, ea… Yo hasta me alegraría, se lo juro, por mí no, eso desde luego, pero sí por usted, pero si no es eso… La verdad es que hombres, lo que se dice hombres, ¡anda que no hay hombres en el mundo! A patadas hay, ésa es la verdad, y todos iguales, a ver si no, a todos les gusta lo mismo… Entonces, había sido Sara quien se había quedado mirando con atención aquella cara plácida y placentera a un tiempo, y había vuelto a oír su voz, las palabras mudas que escapaban a gritos de aquel color, de aquellos ojos, de aquella boca, evidencias materiales de una inconcebible metamorfosis tras la cual no podía haber nada más que un hombre, un simple hombre distinto de todos los demás, nada más que eso, porque Maribel emitía señales transparentes como el agua, y ahora se ponía rulos de vez en cuando, y de vez en cuando venía a trabajar con medias, en lugar de esos calcetines espesos que usaba antes, y aparecía con la cara lavada para pintarse cuidadosamente antes de salir, y luego, todavía se repasaba las uñas a conciencia.
¿Qué es lo que me estás diciendo?, le había preguntado mientras buscaba una expresión más delicada que la que tenía en la cabeza, y no la encontraba, y sonreía para suavizarla, ¿que para echar un polvo vale cualquiera? ¡Usted lo ha dicho! Maribel estrellaba el puño de la mano derecha sobre la palma de la mano izquierda mientras asentía con la cabeza, y Sara sonrió para sí misma, pero eso no es verdad, Maribel, dijo entonces, y tú lo sabes, porque no hay más que verte, últimamente… Su asistenta se había puesto colorada y sin embargo aún tenía algo que decir, bueno, pero los malos polvos también son útiles, porque le quitan a una las ganas para una temporada…
—Sí, ya lo sé –le confirmó a su vecino cuando el camarero se marchó–. Ayer por la mañana estuvimos hablando de eso, y me temo que hasta se enfadó un poco conmigo. Y eso que ahora nada debería importarle mucho, porque con el novio ese que se ha echado… —¿Se ha echado un novio? –Juan Olmedo la miraba con los ojos muy abiertos, el cuello tenso, una expresión
de alerta que bastó para ahuyentar cualquier indicio de sueño–. ¿Maribel? —Bueno –continuó ella con más cautela–, eso es lo que supongo yo, por lo menos. A mí no me ha contado nada, pero tiene toda la pinta de haber encontrado a alguien, porque se arregla más, y se ha puesto a régimen, y está como muy contenta, ya sabes. De todas formas, no creo que esté pensando en dejar de trabajar, no te preocupes por eso.
Lo único es que… No sé. La verdad es que me emocionó que me tuviera tan en cuenta, que tuviera tanto interés en que celebrara su cumpleaños con ella. No me lo esperaba.
—Ya –él sonrió, mucho más relajado–. Pues lo de los niños es todavía peor. Están los dos muertos de celos. Maribel les ha contado que si te lías con el americano, lo más fácil es que te acabes casando con él, y que si te casas con él, antes o después te irás a vivir a América.
—¡Qué barbaridad! –Sara movió la cabeza mientras Juan se reía, pero al seguir hablando, se preguntó si no era precisamente eso lo que había querido oír, si no había llegado hasta allí para escuchar precisamente las palabras que su vecino acababa de decir como de pasada, con el acento risueño de las noticias que no tienen importancia.