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Juan Olmedo no conocía su historia, el saldo de una infancia de cuentos sin madrastra, Hansel y Gretel cargados de oro, tan rubios, tan felices, tan odiosos, un horizonte de diademas de plástico y unos zapatos forrados de seda amarilla, la Nochebuena como un tormento anual y ninguna casa a la que volver. Sara no quiso contarle nada, pero en el camino de vuelta reconstruyó su propia historia con esas pocas claves, porque ella no era como Maribel, capaz de arder, de quemarse, de consumirse en una sola llama, nunca había sido así, no había podido. Sara Gómez Morales, dueña de muy poco, había nacido con las pasiones contadas, y ya no se acordaba de cuánto tiempo había pasado desde que alguien le había dicho por última vez que la quería, y que la quería porque sí, porque era ella, porque era fácil quererla. ¡Anda que no la íbamos a echar de menos!, le había dicho Maribel, con lo que la quiere Andrés, que la mira más que a nadie, y con el cariño que le he cogido yo, casi sin darme cuenta, que eso es lo bueno de usted, que no cuesta trabajo quererla… Juan Olmedo nunca entendería lo que esas palabras habían significado para ella, nunca adivinaría sus verdaderos intereses, nadie que hubiera sabido siempre el camino de su casa, nadie que hubiera poseído desde siempre el mismo lugar al que a la vez pertenecía, podría llegar a comprenderlo jamás.

Sara Gómez Morales andaba sobre la arena y ya no hablaba, no tenía nada que decir, pero cogió a su vecino del brazo para darle las gracias de todas formas, y miró hacia delante, y la playa le pareció infinita, tan blanca, tan larga, tan inagotable como si fuera el borde de un mundo que no se acababa nunca, un universo desconocido y feroz que cabía sin embargo en unos pocos gestos, el calor que desprendía Maribel mientras hablaba, la fuerza con la que Alfonso le apretaba la mano con la suya, la preocupación que pesaba sobre los párpados de Andrés aquella tarde en que la vio con Bill en el paseo marítimo, los nervios que

torturaban los dedos de Tamara mientras manoseaba las empuñaduras de goma de la bicicleta de al lado sin atreverse a mirarla siquiera, parecía tan poco, una empleada, un retrasado mental, una niña de once años, un niño de doce, no era mucho, y sin embargo, era más de lo que estaba acostumbrada a tener, y todo lo que había perseguido desde que se instaló allí, lejos de los riesgos y las recompensas que habían acotado su vida hasta entonces. Había escogido una casa discreta, en una urbanización cerrada, en las afueras de un pueblo muy lejano, ni grande ni pequeño, para emprender la vida elegante y anónima de una desconocida adinerada, y no había creído esperar nada más, pero lo había buscado, se había atrincherado en sus propias fuerzas y había descubierto que no eran bastantes, había trazado una raya en el suelo para mirar de frente a lo desconocido y no había querido reconocer una silueta familiar, un reflejo viejo en un espejo viejo, un sueño estéril y su rostro arrasado por la incertidumbre. Muchas veces, a lo largo de su vida, se había esforzado por encontrar un sitio, por encajar entre otras piezas, por borrar su memoria de niña dividida con la certeza de un futuro nuevo y único, pero nunca había funcionado. Su vida entera se resumía en una lista de intentos, de fracasos. Por eso se había volcado en lo que parecía la oportunidad definitiva, un proyecto, un plan, una recompensa que equilibrara para siempre la balanza de su memoria partida, de su infancia prestada, de la brutal severidad de su desconfianza. Y había triunfado al fin, lo había logrado, y sin embargo, mientras volvía a casa del brazo de Juan Olmedo, comprendió que no había hecho ahora nada distinto a lo que había hecho siempre, aunque no hubiera llegado a darse cuenta. Sus conversaciones con Andrés, con Tamara, la alegre, instintiva facilidad con la que se dejaba explotar por ambos, la naturalidad con la que había integrado los caprichos de Alfonso en el conjunto de esas obligaciones que nadie la había obligado a asumir, la terquedad con la que había convencido a Maribel de que tenía que comprarse un piso, e incluso el propósito de descubrir alguna vez la clave del pasado de su vecino, las razones de su misterioso traslado, quizás no hubieran tenido tanto que ver con el aburrimiento, esa insoportable pasividad de todos los relojes, como con el reflejo automático, tan antiguo, tan sólido, tan íntimo que ya no era capaz de disgregarlo de los restantes ingredientes de sí misma, de formar parte de algo, de cualquier cosa, de sentir que tenía una casa que no era solamente el edificio donde vivía.

El sábado, el cielo amaneció limpio y tranquilo, sin rastro de poniente ni presagio de levante, el aire en calma, el mar como –un espejo. Sara Gómez se levantó tarde y descansada para comprobar que el mundo, hasta donde alcanzaba su vista, parecía una imagen precisa de su ánimo. Tres días después de debutar en el calendario, la primavera parecía ya segura de sus fuerzas. Ella también lo estaba. Desayunó despacio, se arregló con más esmero del habitual, escogió ropa cómoda, ligera, y a la una de la tarde cruzó la calle. Andrés y Tamara la vieron venir. Juan, que estaba de espaldas, y Maribel, que peinaba a Alfonso al sol, escucharon antes su pregunta irónica, risueña. —¿Qué creíais, que os ibais a poner morados de galeras sin mí?

Cinco pares de ojos la miraron a la vez, cinco sonrisas le contestaron. Luego,

Tamara y Andrés levantaron la mano al mismo tiempo.

Era su forma de disputarse la plaza del copiloto del coche de Sara Gómez.

Sara Gómez Morales aprobó cuatro asignaturas de primero de Económicas en dos

convocatorias consecutivas, pero nunca llegó a matricularse en segundo. En aquel

momento, no le importó mucho renunciar a sus planes, y nunca llegó a

arrepentirse completamente de una decisión que se fue tomando por su cuenta,

contra su propio cansancio, tanto ir sola al cine, tanto estudiar mucho y beber

bastante.

A cambio, Vicente González de Sandoval le devolvió brillo e intensidad a su vida

cuando estaba al borde de los treinta años.

—No me mientas, Vicente.

Habían salido a tomar un café a media mañana y habían andado un buen rato

hasta encontrar una cafetería que ninguno de los dos hubiera frecuentado antes

con otros empleados de la empresa. Eran las once y media de la mañana y la

máquina de café hacía ruido, pero no había nadie en la barra. Él escogió una

mesa desde la que se veían las dos aceras de la calle por la que habían llegado

hasta allí, y la cogió de la mano para empezar a darle explicaciones confusas.

Ella, entonces, le pidió que no mintiera y creyó que no iba a pedirle jamás una

cosa distinta.

—Eso es lo único que te pido, que no me mientas. Ya me han mentido bastante

en mi vida, ¿sabes?

No necesito más.

—Que no te mienta… –él se frotó los ojos con los dedos como si quisiera ganar

tiempo, y giró la cabeza, miró la calle a través de la ventana, volvió a mirarla–.

¿Qué quieres que te cuente entonces? Soy uno de tus jefes, estoy casado, tengo

dos hijos, la pequeña una niña casi recién nacida. Yo habría preferido que no

naciera, pero su madre ni siquiera pidió mi opinión. Se llama María Belén.

Hacemos muy buena pareja. Empezamos a salir juntos cuando estábamos en

COU. Cuando me fui de casa la dejé, cuando volví a casa, ella también volvió. Mi

madre la quiere mucho. A mí no me gusta. Tú sí me gustas. Me gustas mucho. Ya

está.

Es una historia clásica, ¿no?

—Sí –Sara sonrió–, lo es.

—Y es sórdida, y fea, y apestosa.

—Claro –Sara volvió a sonreír–, como todas las historias verdaderas.

—Casi todas –matizó él, levantando un dedo en el aire.