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Tampoco dijo nada cuando Sara le propuso que se fueran a dormir a la casa de su hermano, porque aquí, añadió, con todo esto, y señaló vagamente la foto de la mesilla, pues, no sé… Estuvieron juntos todo el sábado y la mayor parte del domingo, y él la ayudó a recoger la casa antes de marcharse. Cuando se despidieron, en el mismo descansillo donde se habían conocido, se la quedó mirando con los ojos muy quietos, muy abiertos, y no encontró nada que decir. Ella le besó en la mejilla, y bajó deprisa por las escaleras, pero antes de llegar al portal, oyó su voz, espera un momento, Manuel llegó corriendo, la besó en la boca, el sábado que viene tengo que ir al pueblo a recoger a mi mujer, le dijo, pero a lo mejor… ¿Tienes teléfono? No, mintió ella, no tengo.

Cuando salió del metro en la Puerta del Sol, la noche no se había cerrado aún, y sin embargo, Sara sintió que desembarcaba en un mundo distinto, que era el mundo real, el único suyo, como si el tiempo que acababa de vivir, San Fernando de Henares, la casa de Pablo, el cuerpo de Manuel, su cara, sus manos, sus gestos, formaran parte de una realidad falsa, sólo aparente, una ficción que acababa de reventar en el aire igual que una burbuja de jabón, una transparencia ilusa que no podía sobrevivir, y así se había disuelto, en el umbral de las historias verdaderas. Entonces no entendió muy bien qué había sucedido, por qué se había

comportado como lo había hecho, quién había tomado por ella cada una de sus decisiones, y no se sintió avergonzada ni satisfecha, pero sí extraña, atada a un recuerdo auténtico que era sin embargo ajeno a las reglas de su memoria. Con el tiempo comprendería que aquel episodio, por más que nunca lograra desnudarlo de su decisivo envoltorio de extrañeza, había nacido de sí misma, de su propia confusión, sus propias dudas, como ninguna acción que hubiera emprendido conscientemente antes. El encargo de su cuñada, aquel engorro, un viaje tan pesado en tardes sofocantes para regar una docena escasa de macetas, le había regalado la oportunidad rarísima y preciosa de deslizarse en una de sus vidas posibles, la vida que le habría pertenecido si no hubiera sido desde siempre una niña aparte.

El vecino de Pablo, con el pelo negro, rizado, los ojos claros, y esa mandíbula cuadrada, tan familiar, que compensaba de sobra el discreto grosor de sus labios, era mucho más que un hombre guapo que la miraba por la ventana. Desde el otro lado del patio, aquel desconocido se parecía a Arcadio Gómez Gómez más que sus hijos, y no al hombre oscuro, al anciano cansado, prematuro, que abrazaba sin palabras a una niña desorientada y sola cada domingo por la mañana, sino al Arcadio joven y fuerte de las fotografías, al Arcadio armado y feroz, de cuerpo poderoso y brazos bronceados, a quien ella quería más, en quien mejor se reconocía.

Y la casa de su hermano, el suelo de terrazo, las puertas huecas, las ventanas de aluminio, el pasillo diminuto y todas esas espantosas figuritas de cerámica que imitaban toscamente los perfiles y las poses de los pastores de porcelana de Sajonia, podría haber sido su casa si ella hubiera podido escoger a un obrero de la ITT, si hubiera podido vivir desde el principio la vida que le correspondía, si hubiera podido aspirar a una sola clase de felicidad.

Eso fue lo que amó, a ese sueño se entregó entre los brazos morenos de un hombre que nunca fue solamente él, y que nunca logró hacerla suya del todo en las cuarenta y ocho horas más extrañas de su vida, sin llegar a sospechar jamás con cuánto amor llegaría a recordarlo después. A ninguno de los dos se les ocurrió desconectar el despertador de Pablo al meterse en su cama, pero cuando sonó, a las seis y veinticinco de la mañana del sábado, ella estaba despierta. Era la primera vez que dormía con otra persona y la proximidad del cuerpo de aquel hombre, el calor que desprendía, el eco de su respiración, le pesaban más que el sueño, y la asustaban más que la estridencia de ese timbre inesperado que rebotó de repente entre las paredes de la habitación. Él, entonces, se incorporó enseguida, obedeciendo a un reflejo automático, y se levantó casi de un salto. Sara, estremecida por el asombro al comprobar lo hermoso que podía llegar a ser el cuerpo de un hombre desnudo, le vio levantar la cabeza, moverla a un lado y a otro como si intentara comprender dónde estaba, y girarse por fin hacia ella, sonriendo.

—¡Anda! –exclamó con una voz pastosa, anclada en el sueño–. Si estás tú aquí… ¡Qué bien! Se me había olvidado. Volvió a la cama, se tapó con la sábana, se acercó a ella y la abrazó, y la besó

muchas veces en la cara, en el pelo, en el cuello, y Sara notó su calor, tan agradable tras el insomnio, en la frescura traidora de las madrugadas de agosto, y percibió después otra codicia, el deseo creciendo en las yemas de sus dedos, en el espacio que se agrandaba entre sus labios abiertos, en la dureza del sexo que se apretaba contra su vientre, y sintió envidia, y una extraña especie de gratitud, y la necesidad de devolverle cada caricia, de fundirse con él, de atraparlo, y rodeó el cuerpo de aquel hombre con sus brazos, posó las dos manos abiertas en su espalda para atraerlo sobre sí, y él la poseyó despacio, sin palabras pero con suavidad, con los ojos abiertos, y saliéndose a tiempo. Luego se besaron durante mucho rato sin dejar de mirarse, como si los dos pudieran adivinar al mismo tiempo lo raro y lo bueno que cada uno de ellos era para el otro. Tenemos que comprar condones, dijo él, y luego se dio la vuelta y añadió, vamos a dormir un poco más, ¿no? Entonces fue ella quien se le acercó, ella quien se pegó a su cuerpo. Manuel cogió su brazo derecho para cruzárselo sobre el pecho, como si estuviera acostumbrado a dormir así, abrazado por alguien, y Sara le besó en el hombro, una, dos y tres veces, y mientras se quedaba dormida al fin con un sueño pesado y hondo, se abandonó a la fantasía de que aquel hombre era su hombre, y aquella casa era su casa, y alcanzó a darse cuenta de que, por muy pobre que pudiera parecer, aquél era el momento más dulce de su vida. Y sin embargo, nunca, ni siquiera cuando empezó a ser capaz de recordar sin vergüenza primero, con cariño después, la figura de un hombre que pedía pan en los restaurantes chinos, que comía con el brazo izquierdo caído sobre el muslo, que sembraba letras de más al principio y al final de palabras como luego, como así, como radio, volvió a buscarlo. Ni siquiera quiso volver a la casa de su hermano para descolgar las sábanas que había lavado y tendido, para plancharlas y hacer la cama con ellas como había planeado, porque el lunes, cuando salió del trabajo, ya no era capaz de creer que aquello hubiera sucedido de verdad, porque le daba miedo la posibilidad de verle otra vez, porque no quería prolongar la ilusión amable y falsa de una vida que nunca sería la suya. Tampoco se le ocurrió que su cuñada pudiera ser tan suspicaz, pero cuando se la encontró sentada a la mesa en Concepción jerónima, un domingo de septiembre, todavía le duraba el enfado.

—Se me cayó un barreño lleno de agua encima de la cama –Sara improvisó la primera excusa que se le ocurrió sin atreverse a mirar a los ojos a Pili, y se estrelló a cambio contra la mirada de escándalo de su madre–, por eso os cambié las sábanas.

—¿Y por eso las lavaste? —Pues sí. Para que no olieran a humedad.

—Seguro –su cuñada se la quedó mirando con un desprecio tan intenso que ya no se sintió capaz de ignorarlo–. ¡Menuda lagarta estás tú hecha, guapa! Pablo, que se llevaba muy mal con su mujer, no se atrevió a intervenir directamente, pero se lanzó a regañar a los niños sin motivo para cortar aquella conversación, y Sara se dio cuenta de que él también la miraba de otra manera, con una complicidad nueva, casi con admiración, como si no la hubiera conocido