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Ése era el principio del fin, aguantar, aguantar hasta donde se difuminan los buenos propósitos, hasta donde la imaginación se despierta, hasta donde la ira comienza a alimentar más que la cena cuando un hombre muy joven y muy cansado llega a casa de noche para encontrarse dos huevos fritos fríos debajo de un plato y a una mujer, muy joven también, y muy cansada, que le cierra las piernas en la cama.

Peor para ti, dirían entonces, y Sara los podía entender, pero también las comprendía a ellas, que trabajaban igual que sus maridos y encima los tenían que oír chillar porque se habían bebido tres cervezas seguidas y la cuarta no les estaba esperando en la nevera, mujeres que se habían casado antes de cumplir veinte años porque estaban hartas de tener que hacerlo de pie en un cuarto de baño o tumbadas en la tierra del rincón más oscuro del parque de su barrio, y que habían tenido dos, o tres, o cuatro embarazos antes de los treinta, para ver cómo sus maridos ensanchaban, y se cuajaban, y sin dejar de ser jóvenes, se volvían más atractivos que antes mientras ellas pasaban directamente del esplendor al derrumbe, a la piel estriada, a la carne descolgada, a la gordura informe de esas roscas de pan que se iban comiendo ellas solas por la calle, antes de llegar a su casa, por pura ansiedad, mujeres que poseían solamente un arma y abusaban de ella hasta que la cuerda se rompía, porque a veces tenían la suerte de dar con un manso, como el pobre Marcelino, que acababa haciendo todo lo que Socorro le pedía, y así era pasablemente feliz, y la hacía pasablemente feliz a ella, pero a veces no, a veces salían bravos, como Pablo, que resumía toda su filosofía de la vida en una sola sentencia, voy a hacer lo que me salga de los cojones; si no te

gusta, ahí está la puerta. Y detrás de la puerta siempre había una mujer más joven, una chiquita, como ellos dirían, que estaba dispuesta a hacer todo lo que una esposa legítima no tiene por qué hacer, que nunca les decía a nada que no, que aprendía muy deprisa, y les acariciaba, y les halagaba, y les excitaba, y les chupaba, y se dejaba chupar lo que hiciera falta, durante todo el tiempo que hiciera falta, hasta que a ellos se les ocurriera pensar que aquello no sólo salía más barato que una puta, sino que si la chiquita, además, estaba tan entregada, era porque se había vuelto loca por ellos, porque les quería de verdad. Entonces todo empezaba otra vez, desde el principio, pero con una figura de más, un personaje impar, la mujer arruinada y sola, abandonada a su propio odio, que no leía libros ni periódicos, que no tenía televisor, ni idea de que en la otra mitad del mundo había mujeres como ella que reivindicaban los deberes que su marido le había exigido en vano durante años como un derecho propio, una mujer que jamás habría sospechado lo que las jóvenes universitarias del barrio de Salamanca entendían por liberarse, una mujer como su cuñada Pili, aquellas tardes en las que iba a casa de su suegra a llorar, y lloraba para vaciarse, para anularse, para atontarse, para que Sara sintiera que, por mucho que hubiera llegado a odiarla, por muchos libros y periódicos que ella sí hubiera leído y fuera a seguir leyendo, sus lágrimas eran capaces de partirle el corazón, pero no más que las palabras de su hermano cuando la miraba a los ojos para hablarle claro, tengo treinta y tres años, decía, y lo único que he hecho en toda mi puta vida es levantarme a las seis y media de la mañana para trabajar como un cabrón, así que… ¿qué quieres que haga ahora, eh?, ¿qué quieres que haga? Por eso sonrió cuando Vicente González de Sandoval, dedos finos, yemas suaves, uñas cuidadosamente recortadas, reconoció en voz alta que su historia era sórdida, y fea, y apestosa, y se quedó con las ganas de añadir una respuesta más concreta a sus sonrisas, tú no sabes lo que dices, habría querido advertirle, tú tienes la suerte de no haber sabido nunca, y de no ir a saber jamás, lo que es una historia sórdida, y fea, y apestosa de verdad, Vicente.

Todo lo demás había sido fácil, tanto como si perteneciera al destino de otra persona, y no al guión de su vida ardua y trabajosa.

Cuando fue a recogerla para llevarla al restaurante donde su amigo celebraba su despedida de soltero, Vicente fue puntual, y ella se fijó enseguida en que había escogido una ropa muy distinta del traje y la corbata con la que estaba acostumbrada a verle en la oficina, unos vaqueros, una camisa de cuadros y una chaqueta de ante, y apreció aquel gesto, y más aún el de sus ojos, que seguían cosidos a sus piernas cuando se enderezó por fin en el asiento, para que él, mirándola ya de frente, los refrendara con el acento de las exclamaciones irreprimibles, ¡qué guapa estás, Sara! Los novios, que le decían adiós a su estado civil en una cena conjunta, con amigos comunes y sin ritos específicos, como correspondía a su condición de pareja progre que a la mañana siguiente se iba a casar por la Iglesia en una ceremonia casi clandestina, sin más invitados que los padrinos, sin arroz, sin vestido blanco, sin velo, sin ramo de flores, sin chaqué ni traje azul, sólo para no romper definitivamente los lazos con sus respectivas y

buenas familias, los acogieron con mucha naturalidad porque, como Sara sabría algún tiempo después, apenas conocían de vista a la señora de González de Sandoval, y estaban acostumbrados a ver a Vicente solo, o con una chica distinta cada vez. La confortable mezcla de indiferencia y simpatía que Sara percibió en ellos y en la mayoría de los asistentes a aquella cena la ayudó a sentirse cómoda, a situarse por encima de las inevitables, aisladas sonrisitas de unos pocos murmuradores que no lograron destruir una sensación compacta y densa, razonada y razonable, pero esmaltada a cambio con los engañosos brillos de lo instintivo. Vicente, que no dejaba de mirarla ni para llevarse la comida a la boca, que la envolvió en una atención exclusiva, absorbente, que Sara hubiera esquivado en cualquier otra persona, que estuvo pendiente de ella, de su copa de vino, de su paquete de tabaco, de sus deseos y de sus necesidades, durante toda la cena, encarnó aquella noche la única versión posible, largamente presentida, del hombre que Sara había deseado encontrar desde que una fiesta de cumpleaños la partió por la mitad.

Aquella certeza suplió con ventaja cualquier laguna, todos los titubeos y las incertidumbres, siempre he querido tener un novio como él, pensó cuando Vicente la besó en la boca delante de todos, con un ansia que crispaba los delicados dedos de su mano derecha mientras sujetaban su cabeza como si ella se les pudiera escapar, como si temieran que quisiera de verdad escaparse, siempre he querido tener un novio como él, cuando la sacó del restaurante casi en volandas, sus piernas, sus brazos, sus labios enredados en una confusión que comprometía el equilibrio de sus pasos, siempre he querido tener un novio como él, cuando se abalanzó sobre ella en el coche y sus manos se dedicaron a explorarla por encima de la ropa sin esbozar siquiera el ademán de girar la llave olvidada en su sitio, al lado del volante, siempre he querido tener un novio como él, cuando sus movimientos cesaron de repente, y la miró a los ojos, y le dijo que se moría de ganas, pero que no podía llevarla a ningún sitio más acogedor, más discreto, más agradable que un hotel cualquiera. Siempre había querido tener un novio como él, siempre, desde siempre.

Era una verdad profunda, la más brutal y la más humillante, la más pura, la más incontrovertible de cuantas poseía. Por eso, por no decepcionarle, se comportó como una vulgar chiquita del extrarradio, y le dijo que sí a todo, aquella noche y muchas otras noches, para que fuera lo que él quería, como él quería, cuando él quería y donde él quería, y eso, repetirse en cada momento que él era el novio que siempre había querido tener, le bastó durante mucho tiempo. Y sin embargo no era así, porque Vicente González de Sandoval era un hombre débil, aunque Sara tardaría años en descubrirlo. Al principio le pareció todo lo contrario, un sabio, un príncipe, el amo del mundo, alguien con recursos para dominar la realidad, para someterla estrictamente a sus deseos, y con capacidad de sobra para utilizarlos. —¿Y por qué no me trajiste aquí el otro día?