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Era un apartamento pequeño, pero con unas vistas magníficas, en el ático de un edificio antiguo de la calle Bailén, casi en la plaza de España.

—Porque ni siquiera sabía que estuviera vacío –le contestó, quitándose la chaqueta para dejarla caer encima del sofá–. Es de mi abuela. Todo el edificio es suyo, aunque ahora no vive aquí nadie de la familia. Fui a verla, le pregunté si le quedaba algún piso sin alquilar, y le pedí que me dejara éste para montar un despacho, porque en casa los niños no me dejan trabajar –se quitó también la corbata, se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y sonrió–. Quedamos en que se lo devolvería cuando lo necesitara, aunque no creo que lo necesite nunca, porque está podrida de dinero…

No era verdad. Aunque su abuela estuviera efectivamente podrida de dinero, ni aquel apartamento, ni ningún otro piso del edificio, le pertenecían a ella ni a nadie de su familia. Aquélla era otra parte clásica de una historia clásica. Él había mirado los anuncios por palabras del periódico, había llamado a una agencia inmobiliaria, lo había visto, le había gustado, había dejado una señal, y durante años, sin que Sara lo supiera, seguiría pagando el alquiler mediante una transferencia automática desde una cuenta corriente en la que su mujer no tenía firma. Nunca había sentido la necesidad de hacer algo así por ninguna de las mujeres con las que se había liado desde que se casó con María Belén, y ése era el modo en el que su historia era verdad, pero había buscado sólo entre los apartamentos amueblados, para no gastar más dinero del imprescindible, por si las cosas se torcían, por si Sara, de repente, le dejaba de apetecer, como le habían dejado de apetecer las otras. —¿Y los muebles? —Ya estaban aquí. —Pues no son muy bonitos.

—No –avanzó hacia ella, la abrazó con fuerza, la besó en la boca, echó luego la cabeza hacia atrás para mirarla y Sara presintió que iba a enamorarse de aquel hombre sin remedio–. Ya le echaré una bronca a mi abuela. Las sábanas eran nuevas. Tenían el tacto crujiente, áspero aunque agradable, de los tejidos que no se han lavado todavía, y los dobleces del envoltorio marcados en la superficie. Sara se fijó en eso, como se fijaba siempre en casi todo, mientras él la desnudaba, y la estrujaba, y la palpaba, y la besaba, y la lamía con la incontrolada voracidad de un niño goloso en su propia fiesta de cumpleaños, sin resentirse aún de la pobreza de sus respuestas, su incapacidad para dar lo mismo que recibía, esa pasividad armada, como una necesidad de estar alerta, consciente y controlándose en todo momento, que a los otros les daba igual, que a Manuel le había dado igual, pero que a él en cambio llegaría a dolerle. —¿Las has comprado tú? –le preguntó, cogiendo el pico de la sábana entre los dedos, cuando Vicente se desplomó a su lado para convencerla de que todo había salido muy bien, porque él parecía tan contento, tan dispuesto a abrazarla, a abandonarse sobre su cuerpo como la primera vez, y ella había apreciado su peso, su olor, y había sentido la misma necesidad de apropiarse de él, de entregarse a él al mismo tiempo, que conoció durante una lejana madrugada de

agosto en una cama prestada, y que no era exactamente placer, pero sí lo más intenso que había sentido nunca por un hombre, con un hombre. —Sí –murmuró él. —¿Y has venido a hacer la cama?

—Claro –volvió a murmurar, y ella se echó a reír, y le abrazó, y le besó, y se pegó a él como no lo había hecho antes, mientras se movía dentro de su cuerpo. Tal vez fue eso, su interés por un detalle tan pequeño, la desmesurada reacción que había provocado su respuesta, lo que iluminó a Vicente en aquel momento. Tal vez, en un espacio tan breve, acertó a relacionar de alguna forma el extravagante júbilo de Sara con el impulso de llevarse aquellos botecitos de champú del cuarto de baño del hotel de la primera noche, y con todas esas extrañas preguntas a las que no había podido encontrar ningún sentido desde que empezó a contestarlas con monosílabos y una perplejidad que crecía en cada signo de interrogación, ¿dónde vivías con tus padres antes de casarte?, ésa había sido la primera, en la calle Montesquinza, contestó él, ¿y a qué colegio fuiste?, al Pilar, ¡ah!, ella suspiró con un alivio inexplicable y prosiguió por coordenadas cada vez más misteriosas, ¿y por qué zona te movías cuando ibas a la universidad?, yo qué sé…, por Moncloa, supongo, como todo el mundo, ¿y no conocerás por casualidad a un ingeniero de caminos que es de Vitoria y se llama Juan Mari García de Ibargüengoitia, verdad?, no, ¿y a una chica muy mona que se llama María Pilar Gutiérrez Ríos aunque todo el mundo la llama Maruchi?, tampoco, ¿tu mujer estudió en el Sagrado Corazón?, no, ¿te suena el apellido Villamarín?, no, ¿y Ochoa?, no, ¿y por qué tendría que sonarme?, ¿por qué me haces unas preguntas tan raras?, no, no, por nada, por nada…

—Nunca me has contado por qué eres mi igual y mi contrario, Sara –le dijo mirándola a los ojos, sus narices rozándose todavía, antes de que ella deshiciera su abrazo–, por qué eres mi reflejo en un espejo.

Entonces, Sara se separó de él, se recostó contra el cabecero de la cama, tomó aire, fijó la vista en el techo, y se lo contó todo.

Era la primera vez que le contaba su historia a alguien, y sería la última vez que lo haría. Creyó que no sabría por dónde empezar y empezó por el principio, por el miedo de una niña que se llamaba Sebastiana el primer día que fue a trabajar a una gran casa de la calle Velázquez con doce años recién cumplidos. Desde allí, las palabras parecieron encadenarse solas, acudir por su cuenta a unos labios entumecidos, anestesiados por el acento neutro, seco, ajeno, con el que intentaba defenderse de su propia memoria. Él la dejaba hablar, no la interrumpió nunca, no se acercó a ella, ni la tocó, aunque Sara le oía respirar en las pausas, mientras hubo pausas, mientras logró imponérselas, imponerse aquella dureza objetiva a veces, otras incluso levemente irónica, que en algún momento comenzó a doler, a atenazar su garganta, a desecar su boca, necesito una copa, pensó, y no se atrevió a ir a por ella, a detener un relato que codiciaba ansiosamente su final, pero necesitaba una copa, y no fue a por ella, y se vino abajo, y entonces pudo hablar también de sí misma, de la pieza suelta que jamás encajaba en ningún rompecabezas, de su confusión, de su rabia, de su rencor, y nunca había querido

darle pena a nadie, y menos habría querido darle pena a él, y por eso escogió caminos laterales, detalles aparentemente nimios, palabras ligeras, corrientes, desprovistas de la gravedad de los juramentos que perforan los recuerdos, la conciencia, y habló de unos muebles pequeños lacados en blanco, un vestido de seda, una cuerda de tender, una colección de diademas de colores, un manojo de fotos viejas, imágenes descoloridas, su vejez amarillenta, sus bordes dentados, sus picos doblados por el humillante descuido de los años, no fue más allá, no quiso ir más allá, pero su estrategia se volvió contra ella, y un llanto manso y tembloroso, que no la impedía hablar, seguir hablando, que la consolaba con su quietud y la mecía en su ritmo al mismo tiempo, acompañó su discurso hasta el final.

Luego se volvió a mirarle, y creyó distinguir en la penumbra un velo líquido, un rastro de compasión sobre sus ojos. Vicente se incorporó, carraspeó, y se volvió hacia fuera, para coger el teléfono que estaba en la mesilla. —Hola, soy yo, ¿está la señora? –su tono desenvuelto y eficaz, casi frívolo, impresionó a Sara antes de que tuviera tiempo para dejarse impresionar por lo que estaba escuchando–. No, no la moleste, dígale solamente que no puedo volver a casa esta noche porque estoy todavía en Segovia. La reunión se ha complicado y tengo que quedarme a dormir aquí… Sí, sí, ya se lo explicaré yo mañana… Gracias, adiós.