Выбрать главу

Ella, que había dejado dormir el sueño de los fusiles, asistió con una fe, una esperanza diferente de la que declaraba en voz alta, a los progresivos episodios del fervor con el que Vicente inauguraba su carrera política, pero sus ilusiones se

contagiaron con facilidad de otras ilusiones, sus emociones se confundieron al entrar en contacto con otras emociones, y los vientos soplaban a su favor, y a favor de aquella gente tan joven, tan desconocida apenas unos meses atrás, tan repentinamente poderosa ahora, a favor de las palabras y de los gestos que removían las aguas quietas, que reventaban en el aire viciado, que hacían cambiar las cosas a tal velocidad que nadie, ni siquiera ellos, alcanzaba a comprender del todo la medida de sus éxitos. Parecía todo tan auténtico, tan conmovedor, tan necesario, que ni siquiera se detuvo a valorar las fórmulas, siempre elegantes, discretísimas, que Vicente escogía para presentarla en la imprescindible vorágine de su nueva vida social, y que, en lugar de esconderla, la hacían avanzar hasta el primer plano que más le favorecía a él, a sus progresivas ambiciones. Ella también se creyó favorecida entonces por su memoria, por el prestigio de una tragedia familiar como tantas otras, y hasta le gustaba escuchar a su amante mientras repetía en voz alta las fechas y los nombres, las anécdotas y los recuerdos que Arcadio Gómez Gómez había ido recuperando para él sobre el cristal de la mesa camilla de Concepción Jerónima, nombres y fechas, recuerdos y anécdotas que ella había escuchado ya un millón de veces cuando accedió por fin al deseo de Vicente y se lo presentó a sus padres, y que sin embargo se contagiaban de la gravedad definitiva y risueña de las promesas cuando los escuchaba de aquellos labios. Así se acostumbró a ser la compañera de aquel hombre casado que, en apariencia, no lo estaba para nadie en su partido, y llegó a pasar más tiempo con él que su propia mujer mientras lo seguía en aquellos viajes largos a veces, otras veces cortos, incluso brevísimos, en los que se iba encontrando con gente conocida que daba por sentado que estaban dejando los niños para después, para cuando Vicente fuera diputado.

El día en que Sara fue incapaz de controlar las náuseas ante una simple taza de café con leche, en el restaurante de un hotel de cinco estrellas de Atenas, Vicente era ya diputado. Ella ignoraba aún que hubiera cambiado algo más. —Creo que me voy a marear… —¿No estarás embarazada? —Desde luego que no, qué estupidez.

Era la primavera de 1982 y aquel aparejador que un día la sorprendió invitándola sin motivos a su despedida de soltero, llevaba ya más de siete años casado. Sara había cumplido treinta y cinco, y había vuelto a desconfiar hasta de su sombra. —Ya se lo he contado –le había dicho él un par de meses después de las elecciones del 77, la fecha simbólica que ella había escogido para reflexionar en voz alta sobre su situación. No se atrevió a atravesar la frontera que separa lo que se pide de lo que se exige, no lanzó ningún ultimátum, no proyectó represalias ni le presionó en ningún sentido porque calculaba que no hacía falta, y sin embargo, y a despecho de los resultados de todos sus cálculos, le vio palidecer, hacerse más frágil, más pequeño, encoger aparatosamente dentro del cuello de su camisa, adoptar el aire mustio, taciturno, en el que también escogió encerrarse en aquel momento, cuando le reveló que ya se lo había contado, y no quiso añadir nada más.

—¿Y? –preguntó ella por fin, después de un rato. —Bueno… pues que ya lo sabe.

—¿Y? –volvió a insistir Sara con una voz miedosa, delgada como un hilo. —Dice que no le importa.

Entonces, por primera vez en su vida, Sara pensó en aquella mujer, intentó ponerse en su lugar y, sólo después, empezó a comprender el punto de vista de su marido. Entonces, en las larguísimas pausas de aquella conversación, intuyó las magnitudes exactas de una asombrosa cadena de errores, y el verdadero precio de las cosas, todas esas cosas bonitas, a menudo caras, a veces carísimas, que no tenían ninguna importancia, y no sólo porque formaran parte de un juego limpio, transparente, a ti te gusta, y yo te lo compro, y tú estás contenta, y yo también lo estoy, y yo te quiero, y tú me quieres, y el dinero sólo vale para esto, para gastárselo, sino además, y sobre todo, porque a él no le habían comprometido nunca, en absoluto, porque jamás habían representado un desembolso significativo en los extractos de su cuenta corriente, porque en ningún momento le habían implicado en nada, como no le implicaban las medias palabras, los sobrentendidos, la ambigüedad de una relación que era pública pero también secreta, que era un noviazgo pero era un adulterio, un amor confuso que había ido creciendo y complicándose a la vez para medrar y hacerse fuerte en sus contradicciones, entre la placentera sofisticación de los hábitos de la burguesía más culta, más refinada, más exquisita, y esas plazas de toros donde Arcadio Gómez Gómez y Sebastiana Morales Pereira ocupaban asientos de honor y lloraban, cada uno a su manera, cuando la megafonía escupía al cielo la vigorosa obertura de «La Internacional» y eso tampoco tenía importancia, porque ni Vicente, ni su mujer, encontraban razones de peso para concedérsela. —Primero se ha puesto fuera de sí, me ha pegado, me ha chillado, y se ha dedicado a romper cosas –su voz sonaba extraña, irreconocible casi, a través de la barrera de las manos con las que se tapaba la cara–. Luego se ha tirado al suelo, me ha agarrado de las piernas y se ha echado a llorar. Me ha dicho que se va a matar, que se va a morir, en fin… Te lo puedes imaginar. Y que no le importa. Que está dispuesta a esperar todo el tiempo que haga falta hasta que se me pase, que no me va a poner pegas, que me va a dejar vivir, pero que no la deje, por lo que más quiera, que no la deje, porque soy el único hombre que ha querido en su vida, porque si la dejo se va a volver loca, porque se va a matar, porque se va a morir… –entonces se destapó la cara bruscamente, se levantó de un salto, y llegó a tiempo de sujetar a Sara por un brazo–. ¿Adónde vas? —No lo sé. Me voy. A mi casa, supongo… –de pie, en aquel salón que había hecho suyo a base de llenarlo de libros, y de plantas, y de objetos que le pertenecían, con la chaqueta abrochada, el bolso colgando del hombro, y el aspecto de una visita inoportuna que acaba de darse cuenta de que lo es, Sara movía la cabeza de un lado a otro para no mirarle, pero en algún momento se tropezó con sus ojos–. No quiero acabar llorando yo también. Hoy no. Hoy parece que ya te han llorado demasiado. —Escúchame, Sara –la cogió por las muñecas y la empujó con suavidad, hasta

dejarla apoyada en la pared, y no la soltó–. Yo estoy loco por ti, y tú lo sabes. Que no haya… podido… arreglar esto no cambia las cosas. Yo estoy loco por ti – repitió–, y tú lo sabes.

Y lo peor de todo es que era verdad, que ella lo sabía. Y sabía que Vicente González de Sandoval era mucho más que un hombre débil. También era un amante concienzudo, convincente, exhaustivamente generoso, y un compañero de viaje divertido, y un calor necesario, y un buen tipo, admirable en muchas cosas, adorable en muchas otras, y el novio que ella siempre había querido tener. Por eso, aunque lo intentó, no pudo dejarle. Por eso, y porque cuando lo veía aparecer con las manos temblonas, más pálido que nunca, más encogido aún dentro de su camisa que la última vez que ella le había advertido que ya no podía más, el corazón le decía que no iba a poder gobernarse, controlarse, arrancar de sí misma una necesidad imperiosa, frenética, de ir hacia él, que era amor, y era gloriosa, y era nefasta, y era gloriosa otra vez, y todo al mismo tiempo. Entonces, antes o después, aparecían dos billetes de avión, y todo volvía a empezar desde el principio. Primero fue Nueva York. Luego El Cairo, Berlín, Buenos Aires, Estambul, La Habana y, por fin, Atenas, donde Sara Gómez Morales no logró desayunar sin contratiempos ni una sola mañana. Estaba embarazada. No podía creérselo, pero eso decían los papeles, grisáceos ya a fuerza de desdoblarlos, y estirarlos, y estrujarlos, y volver a doblarlos, en los que constaban los resultados de sus dos análisis, el primero, que iba a dar negativo y dio positivo, y el segundo, que iba a dar negativo también, porque el primero a la fuerza había tenido que ser un error, y que se obstinó en volver a dar positivo. Durante el intervalo, Sara, incapaz de aceptar que el olvido de una simple pastillita amarilla pudiera precipitar semejante catástrofe, se encontró paralizada, bloqueada, y tan ajena a cualquier perspectiva inmediata como si todo aquello le estuviera sucediendo a otra persona. Por eso no quiso pensar, ni hablar con nadie, y cuando hizo, sola y entera, todas las gestiones necesarias para abortar, no fue consciente de estar tomando siquiera una decisión. Efectivamente, no había llegado a tomarla. Sin pensarlo, sin hablarlo, sin analizar su situación ni siquiera para sí misma, se estaba limitando a interpretar su papel, a respetar la conducta del arquetipo que le había sido impuesto por una fuerza hostil y superior, a dar un paso más en el guión vulgarísimo y archisobado de una vida tan previsible que a la fuerza tenía que parecerle propia, la más auténtica, la única real. En aquel punto convergían los collares de perlas de doña Sara, y el capote vuelto del revés de Arcadio Gómez, y el delantal con el que Sebastiana intentaba ahorrarse la fealdad del mundo en vano, y la fea resistencia de la señora de González de Sandoval, y la debilidad de carácter de su marido. Todos ellos sostenían ante sus ojos un decorado antiguo y mal pintado, el perfil de una mujer engañada, explotada, traicionada, abandonada a su humillación con el lastre insoportable de una criatura infeliz, inocente y sin porvenir. Mejor la señorita Sevilla. Sara casi podía escuchar todas sus voces, la agria consistencia de su piedad, la razonable sintaxis del buen consejo que susurraban a coro en sus oídos, mejor la señorita Sevilla, con su cintura de avispa y su eterno diminutivo a