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cuestas, un apreciable patrimonio de diademas de plástico y seis pares de zapatos lustrados en el armario, y su destino mediano de mujer medianamente soltera, medianamente capaz, medianamente satisfecha, medianamente feliz. Después, nunca lograría reconstruir con precisión el momento exacto en el que despertó, pero sí estuvo segura de no habérselo debido a ningún beso de nadie. Simplemente, en algún momento que no lograría recordar después, levantó los ojos para mirarse en el espejo de una profesora de taquigrafía, y no se reconoció en su figura, en su aspecto, en las decorosas estrecheces de su horizonte. Miró entonces en otra dirección, hacia la silueta de la pobre desgraciada que habitaba en esas coplas que su madre solía canturrear mientras limpiaba la casa, y encontró aquel espejo igual de mudo, igual de opaco, tan inservible como el otro. Concluyó entonces, con una naturalidad instintiva, pasmosa, que ella no era, no podía ser esa mujer grisácea que llora por las noches mientras mece la humilde cuna de sus pecados, ni la soltera con buena pinta y un modesto guardarropa que masajea sin descanso, y sin quejarse, los pies del marido de otra algunos viernes al mes. Ella no era así, no podía serlo. Jamás se había enfrentado a una verdad tan sencilla, tan evidente, tan absoluta. Ella no era así. No podía ser así. Nunca iba a ser así. Por eso sintió una compañía desconocida en la palma de su mano derecha, el volumen de un rotulador rojo de punta gruesa, las asas de unas tijeras afiladísimas, el peso de una maza, el mango de un martillo, la culata de un fusil, y vio el guión de su vida arruinado y sucio, hecho trizas en el fondo de una triste papelera, y distinguió su futuro saltando por los aires, y sonrió hacia dentro, y sonrió hacia fuera, y se escuchó a sí misma, se acabó, Sarita, se acabó, y lo dijo en voz alta, y habría querido gritarlo, chillarlo, escribirlo en las paredes, se acabó, y no dejó de sonreír, y comprendió que, de verdad, se había acabado. Era muy injusto. Sabía que era muy injusto, pero nadie se había tomado jamás la molestia de ser justo con ella. Sabía que los niños no son del último que llega, que no lo aguantan todo, que no lo soportan todo, pero ella llevaba su casa encima, como una isla, una cabaña, el único botín de un caracol, de un náufrago, y su cuerpo sería esa casa a la que su hijo siempre podría volver con las manos vacías o cargadas de oro. Sabía que corría el riesgo de equivocarse, pero era su propio riesgo, un riesgo que no estaba escrito y que pulverizaría de un solo golpe el futuro mediano que la esperaba.

Sabía que nadie lo entendería, y por supuesto nadie lo entendió, ni sus padres, ni sus hermanos, ni su madrina, a la que Sebastiana acudió como último y extravagante recurso para darle la oportunidad de colgar el teléfono con un gesto violento, terminante. En la empresa tampoco entendieron por qué se despedía con tantas prisas. La última llamada que hizo desde su despacho fue para mentir a Vicente. He abortado, le dijo, y no debería haberlo hecho, ha sido un error, me siento muy mal, no quiero volver a verte. Él, tan abrumado de repente como cualquier hombre, incluso fuerte, ante la mera mención de la palabra embarazo, no encontró nada que decir y ella le dijo adiós, solamente adiós, antes de colgar. Aquella mañana ya lo tenía todo planeado, llevaba semanas haciendo números, emborronando folios con columnas y columnas de cifras que encajaban, que

cuadraban, que se alineaban con una docilidad cómplice y risueña bajo la estricta línea del resultado. Tenía mucho dinero ahorrado porque hacía años que no se gastaba una peseta en sí misma, y un piso nuevo, en la zona de la Vaguada, que había ido amueblando durante los dos últimos años por un vago instinto previsor, mientras esperaba a que sus padres se decidieran a mudarse. Ellos no querían irse a vivir tan lejos, pero no les iba a quedar más remedio que hacerlo porque su hija era ahora la cabeza de familia y dentro de unos pocos meses lo iba a ser mucho más.

Cuando se lo explicó, con una sonrisa que no pretendía encubrir la ferocidad con la que estaba dispuesta a imponer ahora sus propias, inapelables, decisiones, ellos ni siquiera se molestaron en protestar. Aquél era el detalle que menos les preocupaba del incomprensible desafío de su hija.

—Pero por lo menos díselo a él –Sebastiana se estrujaba la cara, se despeinaba y volvía a atusarse los pelos que se le escapaban del moño–. Él es el padre, y tiene dinero, que lo sepa, que te ayude…

Sara sonreía, negaba con la cabeza, y seguía adelante, colgando cuadros, colocando lámparas, desplegando alfombras, mientras vigilaba a Arcadio con el rabillo del ojo y le veía cabecear con más vigor, más insistencia, más exasperación que ella misma, ante aquel fenómeno que le desbordaba. Ella le trataba, y trataba a su madre, con más cariño que nunca, y les aseguraba cada día, a cada paso, que todo iba a ir bien, porque estaba segura de que sería así, de que todo iría bien. Aquello era muy fácil, parecía toda una hazaña y sin embargo era muy fácil, lo único que había que hacer era esperar, eso era lo que habían hecho las demás, su madre, sus hermanas, sus cuñadas, las mujeres de los hombres de su vida, sólo esperar, amueblar un cuarto, comprar una cuna, y arrullos, y toquillas, y un coche de paseo, y media docena de faldones de primera puesta, era tan fácil, le preocupaba más otro futuro, las vacunas, los cólicos, la varicela, la elasticidad real de sus ahorros y volver a encontrar un buen trabajo, o el primer suspenso en matemáticas, una zeta de sangre en la rodilla, una pregunta quizás aún más cruel, más dolorosa, siempre implacablemente repetida. Quizás, entonces, ella pudiera contestar, tal vez supiera entonces dónde estaba su padre, tal vez no, pero cualquier cosa sería siempre mejor que tener dos madres, ella lo sabía, y había vivido por encima de todo para llegar a saberlo. Cuando lo recordaba, aquello volvía a parecerle fácil porque era muy fácil, porque lo único que había que hacer era esperar, esperar y cuidar de sí misma, y seguir esperando, nada más.