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Pero ella no era una mujer como las demás, nunca lo había sido. Por eso, una tarde cualquiera, después de comer, un dolor terrible la partió por la mitad cuando estaba llevando los platos a la cocina.

La loza se le escurrió de entre las manos, se cayó al suelo, se hizo pedazos mientras su cuerpo gritaba que algo se estaba deshaciendo también por dentro. Ella se sentó, trató de serenarse, se aferró a los brazos de la butaca con las dos manos, apretó los dedos hasta que se le pusieron blancos, ordenó que todo aquello cesara, porque estaba de cinco meses y aún no había esperado bastante,

y aquello tenía que pasar, tenía que parar, tenía que cesar, pero no cesó.

El embarazo era ectópico, le dijo aquel chico tan joven de la bata blanca en una

madrugada sucia de luces de hospital, el feto no estaba donde tenía que estar,

dentro del útero, sino adherido a un ovario, en esas circunstancias era inviable,

eso era lo que había provocado un parto tan prematuro. Sara le miraba sin verle,

le oía sin escucharle, estaba sin estar dentro de un cuerpo que le dolía con el

dolor de otro, sobre unas piernas que la sostenían sin ser las suyas, en la

ignorancia completa de su propia piel, de sus propios huesos, de su propia carne

canalla y enemiga, en el ombligo de una traición, un fracaso sonoro y desolado, y

sin embargo él seguía hablando, usted no ha dejado de ser fértil, le decía, el

ovario izquierdo se ha quedado inutilizado para siempre, pero el derecho no ha

sufrido ningún daño y con eso es suficiente, así que puede tener más hijos. No,

dijo Sara, y él la miró con extrañeza. No voy a tener más hijos, añadió, pero no

quiso decirle por qué. Los hijos no tienen precio, murmuró hacia dentro, para sí

misma, por eso Vicente no puede comprármelos.

Tampoco se lo dijo a él cuando le vio aparecer por su casa a media tarde, un par

de días después, al cabo de un tiempo sin hitos y sin pausas, que podía haber

sumado unas pocas horas o años enteros de minutos iguales, blancos, en blanco,

tan huecos como el cansancio que aflojó sus propios huecos al verle, cuando ya

temía que nada pudiera cambiar, que la vida fuera siempre una butaca, y una

manta de cuadros, y aquella soberana inmovilidad.

—¿Qué haces tú aquí? –le preguntó sin levantarse.

Arcadio y Sebastiana, que se habían quedado de pie, al lado de la puerta, se

escabulleron deprisa, como si la sequedad de aquel saludo hubiera bastado para

ahuyentarles.

—He venido a verte –y todavía era él, con su viejo aplomo, su tranquila seguridad

de amo del mundo.

—¿Quién te ha llamado? –Sara señaló con la barbilla la dirección en la que

acababan de desaparecer sus padres–. ¿Él o ella?

—Ninguno de los dos –Vicente cogió un taburete bajo que Sebastiana solía usar

para descansar los pies, y lo situó enfrente de la butaca donde estaba Sara, y se

sentó en él, su cabeza a la altura de las rodillas de aquella mujer que nunca le

había hablado desde tan arriba–.

Yo fui quien llamó. Llamé enseguida. Quería hablar contigo pero tu padre me

cogió el teléfono y entonces me enteré de que no habías abortado, y pensé que

era mejor esperar algún tiempo, hasta que naciera el niño, o hasta que tú

quisieras volver a hablar conmigo.

Desde entonces, he llamado todas las semanas. Por eso me he enterado de esto.

—Ya –ella dejó escapar una risita y se asombró al escucharla, al ser capaz de

celebrar la grosera exactitud de aquel sarcasmo–. Mi padre es así. No sabe

resistirse a los que saben, a los que valen para mandar, a los que han estudiado.

Él no quiso responder a aquel ataque, y buscó las manos de Sara debajo de la

manta, pero no las encontró, y apoyó la cabeza en sus piernas para seguir

hablando sin mirarla.

—Lo he pasado muy mal sin ti, Sara, durante estos meses he descubierto que lo

paso muy mal sin ti –hizo una pausa que ella no quiso rellenar, y siguió hablando,

confiando en que su interlocutora, que había roto a sudar a su pesar, y a sus

espaldas, dedujera del tono de su voz, del orden de sus palabras, que le estaba

contando la verdad–.

He metido la pata muchas veces, ya lo sé, me he portado como un imbécil

contigo. No lo he hecho bien.

Nada bien, pero puedo mejorar.

Entonces cambió de postura, se echó hacia atrás, se la quedó mirando, y Sara le

miró, y vio que sonreía, y comprendió enseguida que él creía conservar intacto el

poder que nunca había necesitado ejercer del todo sobre ella, y que esperaba

hallar en su rostro una sonrisa idéntica, pero ella no podía obligarse a sonreír

contra la voluntad de sus labios, y al mirar los de aquel hombre, le estremeció el

recuerdo del amor que había sentido por él, ese amor arrojado e infinito que en

aquel momento todavía intentaba luchar por sí mismo, resistirse a sobrevivir tan

sólo en los tibios pliegues de su memoria, y por eso supo que le habría gustado

complacerle, sonreírle, resucitarlo entero, y mejor, y para siempre, pero no pudo.

—¡Qué barbaridad! –se escuchó decir a cambio, sin saber muy bien quién

hablaba, y desde dónde–.

¡Qué carácter! Si lo llego a saber, me quedo embarazada aposta y me quedo

embarazada antes, cuando todavía estaba a tiempo.

Se separó de ella como si hubiera recibido un calambre súbito, fulminante, y

volvió a mirarla con una cara distinta, un rostro insólito, más que asustado,

miedoso, una punta de humedad en los ojos, y Sara se preguntó qué había

ocurrido, por qué no era ella la que estaba a punto de llorar, como siempre, por

qué parecía repentinamente él quien más arriesgaba, quien más se jugaba, quien

más sufría.

—Vete, Vicente –y no logró alterarse ni siquiera entonces–.

Vete. Déjame en paz. Déjame.

Y sin embargo, y como si alguna astuta fibra de su razón fuera capaz de presentir

que algún día llegaría a arrepentirse de haber pronunciado esas palabras, no

quiso verle marchar. Apoyó la cara en las palmas de sus manos, los codos firmes

en los brazos de la butaca, y esperó a escuchar el ruido que hizo la puerta al

cerrarse. Inmediatamente después, antes de volver a abrir los ojos, escuchó

también la voz de su madre.

—¿Pero a ti qué te pasa? –Sebastiana cruzó el salón a la carrera, fue directa hacia

ella, la sacudió y la zarandeó hasta que consiguió verle la cara–. ¿Te has vuelto

loca o qué? ¡Sal corriendo detrás de él ahora mismo, y tírate a sus pies, boba, que

eres boba!

—¿Has estado escuchando detrás de la puerta, mamá?

—Pues claro, ¿qué te crees?

No sé qué te pasa últimamente, pero alguien tendrá que ocuparse de ti, alguien

tendrá…

—Déjame en paz, mamá –esa voz de otra persona que se había instalado en su

garganta sin pedir permiso despedía tanta dureza que impuso sin dificultad el silencio que exigía–. Déjame en paz. Dejadme todos en paz de una vez, por favor. Dejadme en paz.

A Andrés nunca le gustó Bill.

Sabía que no le gustaba a nadie, ni a Tamara, ni a Alfonso, ni a su madre, pero a ellos no les tocaba la cabeza para revolverles el pelo cuando les veía, y a él sí. Por eso, y porque en sus dedos esa costumbre tan tonta parecía a medias una burla, y a medias una amenaza, a Andrés le gustaba aquel hombre menos que a ninguno. Por eso, fue él quien más se alegró de que la propia Sara decretara, sin rastro de pesar, de tristeza en la voz, la expulsión de aquel intruso. De lo que no estaba muy seguro era del nombre, de la categoría, de la precisa naturaleza del lugar que ahora, libre por fin del inquietante acecho del americano, parecía otra vez tranquilo y a salvo. No estaba muy seguro de qué era exactamente lo que tenía, a qué clase de alianza pertenecía, en qué consistía esa especie de novedad absoluta, como un nuevo mundo, una nueva familia, un nuevo paisaje, donde de repente había empezado a suceder su vida. A cambio, sí sabía, y con una seguridad, una certeza completas, que aquello, fuera lo que fuese, le gustaba. Y sabía que a Sara también le gustaba. Ella era la única que parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Andrés no podía encontrar las palabras justas para ordenar sus intuiciones, para darles la forma de un razonamiento que pudiera ofrecerse siquiera a sí mismo, pero a menudo pensaba en los Olmedo, en Sara, en su madre, como en personas aisladas en un país extraño, en un bosque, en una balsa, en uno de esos aeropuertos complicados y grandísimos que él no conocía pero que había visto tantas veces en la televisión, personas perdidas que sólo al ir conociéndose entre sí hubieran comenzado a salvarse, porque al descubrir que se entendían, que hablaban el mismo idioma, que se reían de los mismos chistes, habían encontrado un sitio, un lugar donde quedarse, donde sentir que ya no estaban perdidos aunque no hubieran logrado volver a la ciudad de la que venían.