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Tal vez él pudiera percibir el movimiento y la quietud mejor que nadie, porque él siempre había estado en el mismo punto, el pueblo donde había nacido y había crecido, donde había adoptado unos hábitos, unas costumbres, un horizonte cómodo y estrecho que se había desplegado por sorpresa como una sábana inmensa, capaz de tapar el mar, y cuyos bordes no lograba enfocar bien si dirigía la vista hacia delante. Y sin embargo no miraba de frente, sino con el rabillo del ojo, cuando descubrió un detalle más inquietante aún que el noviazgo de Sara con el americano, pero capaz al mismo tiempo de confirmar por sí solo el acierto de sus intuiciones más audaces. —¿Sabéis una cosa, niños?

Sara había reclamado su atención y la de Tamara, al final de la comida a la que su madre les había invitado a todos para celebrar su cumpleaños, después de las canciones y de los regalos, cuando aún estaban todos sentados a la mesa pero

ninguno tenía ya ganas de repetir tarta.

—Ayer vi en el periódico –continuó, con la mueca traviesa que solía adoptar para

dar buenas noticias– que en Chipiona están poniendo esa película de gladiadores

que no pudimos ver aquí el verano pasado, porque nos quedamos sin entradas

dos noches seguidas, ¿os acordáis? ¿Queréis que vayamos?

Entonces, pidiendo a gritos que por favor, que sí, que les dejaran ir, que ya harían

los deberes al día siguiente, Tamara y él miraron a la vez en la misma dirección.

Maribel se había sentado en la cabecera opuesta a la que ocupaba Sara, y Juan

estaba a su lado, junto a Alfonso, enfrente de los niños. Andrés, pendiente de su

madre, vio cómo ella, en lugar de devolverle la mirada, giraba imperceptiblemente

la cabeza para mirar a Juan, y encontrarse con que él ya la estaba mirando en

lugar de dirigirse a su sobrina, que era quien le reclamaba con sus ruegos.

Fue sólo un instante, pero Andrés se dio cuenta, y se dio cuenta de que los dos

sonreían con la misma clase de sonrisa cuando, al cabo de un lapso tan breve que

tal vez no habría llegado a mover siquiera el minutero de los relojes, Juan miró a

Tamara, y su madre le miró a él, con expresiones idénticas, que descartaban de

antemano cualquier negativa.

—Bueno –dijo Maribel–. Si me prometes que vas a portarte bien y no vas a volver

loca a Sara…

—Vale –añadió Juan, y luego, sin mover la cabeza, levantó la voz–. Pero Alfonso

no va.

El aludido, que parecía dormitar recostado en su silla, las piernas estiradas bajo la

mesa, las manos flojas, unidas en el regazo, no había prestado atención a la

escena hasta entonces, pero se incorporó inmediatamente, casi de un salto, al

escuchar su nombre.

—Yo sí voy, yo sí voy, sí voy, sí voy… –y movía la cabeza, los ojos todavía

pegados de sueño, para subrayar cada una de sus afirmaciones.

—No, lo siento –su hermano le miró, y movió su propia cabeza en el sentido

contrario–. No puedes ir, Alfonso. Tú no.

—¿Por qué? –preguntó entonces–. Si yo quiero ir… Y voy a ir, ¿a que sí? –y miró

uno por uno a los demás, como pidiendo ayuda–.

Que sí, que yo sí voy.

—¡Pero si ni siquiera sabes adónde! –Juan le sonrió, como si no hubiera sido él

quien hubiera sembrado meticulosamente su confusión–. ¿Adónde quieres ir, a

ver?

—Vamos al cine, Alfonso –Tamara intervino cuando su tío más joven parecía

perdido ya en su propio desconcierto–. Al cine, a Chipiona. Sara nos lleva.

—Y a mí también –dijo él entonces, muy satisfecho–. ¿A que sí, Sara? ¿A que me

llevas a mí también?

—Claro que sí –Andrés la miró, la vio sonreír, y comprendió que ella, aunque era

la más lista de todos, tampoco se había dado cuenta de nada–. Y te voy a

comprar una caja de palomitas así de grande… Si tu hermano te deja venir, por

supuesto.

—No, Sara, en serio –Juan volvió a mover la cabeza, pero esta vez con cierta

desgana, como si supiera que su negativa estaba condenada a fracasar–.

Bastante tienes ya con estos dos. No te vas a llevar a Alfonso, encima, con la

guerra que da.

—¿Pero qué dices? –replicó ella–. Si en el cine es donde mejor se porta, si le

encanta… ¿A que sí, Alfonso?

—Sí, sí, y yo voy, yo voy, yo voy al cine, y me porto muy bien, y me como las

palomitas sin hacer ruido.

—¿De verdad no te molesta? –su hermano quiso asegurarse por última vez.

—De verdad –Sara sonrió, antes de señalar a su interlocutor y a Maribel con un

gesto de la mano–. ¿Por qué no os venís vosotros también?

Entonces tendría que haberse dado cuenta de que pasaba algo raro, pensó

Andrés, al menos entonces, porque en aquel momento, mientras su madre y el tío

de Tamara volvían al mismo tiempo las cabezas hacia fuera, a la izquierda uno, a

la derecha otra, para mirar en direcciones mutuamente opuestas, él comprendió

que no se había equivocado, que al mirarse, antes, los dos se habían puesto de

acuerdo en algo, y que también estaban de acuerdo en no querer que nadie lo

supiera.

—Es que he quedado con unas amigas –Maribel reaccionó enseguida–. Me toca

invitar, como es mi cumpleaños, pues, ya sabe…

—Yo, si tú quieres, os acompaño –ofreció Juan, con cara de pena–, pero la

verdad es que ya me había hecho a la idea de irme a casa a dormir la siesta.

Sara se echó a reír y les advirtió que no les necesitaban. Eso era verdad, que

nunca habían necesitado a nadie más para pasárselo bien, que se divertían mucho

los cuatro, y sin embargo, Andrés estuvo a punto de echarse para atrás después

de despedirse de su madre con un beso, entre dos coches.

—Va usted a su casa, ¿no?

–le preguntaba ella a Juan, y él asentía–. ¿Le importa dejarme en la mía?

—Claro que no.

—Le voy a obligar a dar un rodeo…

—No importa –él sonrió–, no tengo prisa.

Entonces Sara le llamó, vamos, Andrés, y él volvió la cabeza para comprobar que

Alfonso y Tamara se habían sentado ya en el asiento de atrás mientras la puerta

del copiloto seguía abierta, esperándole, y a él le apetecía mucho ver aquella

película, era el que más empeño había puesto en ir a verla el verano anterior, y

sin embargo estuvo a punto de decir que no iba, a punto de deslizarse por

sorpresa en el interior del otro coche, a punto de advertirle a su madre que

prefería irse con ella a merendar, aunque estaba seguro de que no había quedado

con ninguna amiga. Estuvo a punto de hacerlo, pero el doctor Olmedo fue más

rápido, y él aún seguía inmóvil, detenido entre dos tentaciones, cuando su coche