se puso en marcha mientras Sara le reclamaba a bocinazos, Andrés, ven, corre, a
ver si nos vamos a quedar sin entradas otra vez…
La película le gustó mucho, pero sólo pudo verla a medias.
Atrapado en el rastro de aquel coche rojo, reconoció a su madre en cada actriz,
su rostro en todos los rostros, su cuerpo en todos los cuerpos, y una avidez
figurada, imaginaria, temida, en el ángulo de los brazos abiertos, de los labios
abiertos, de la abierta violencia de las manos y los besos. Sólo tenía doce años,
pero creía saber, conocía unas pocas palabras confusas, y el eco de un misterio
sucio, sin brillo. Tieso en su silla, con la cabeza muy derecha, sin responder a los
comentarios que Tamara deslizaba en su oído de vez en cuando desde su
izquierda, pensaba en su madre, y al pensar en su madre pensaba en su abuela,
en las cosas que le decía, en las frases que pronunciaba, en su asquerosa forma
de chasquear los labios para dejar escapar a medias esa rabia burda, tan ruin, tan
antipática, y agradecía la oscuridad de la sala, porque sabía que estaba colorado
aunque nadie más pudiera darse cuenta.
¿Y qué le importa a ella lo que yo haga, adónde vaya, con quién salga?, le
preguntaba su madre a veces, cuando le encontraba especialmente huraño,
callado, esquivo, y adivinaba a tiempo que su propia madre había vuelto a atacar.
Las cosas ya no son como antes, tu abuela no tiene ni idea de nada, es de otra
época, no le hagas caso…
Eso decía ella y él, entonces, no sabía qué pensar, excepto que las cosas son
como son, ahora y antes, y después, y siempre, y son como son porque sí,
aunque a nadie le gusten, aunque nadie tenga la culpa. Una madre es una madre,
pensaba Andrés, de eso al menos estaba seguro, y de que la suya lo era, y era
buena, porque le quería y él lo notaba, porque podía sentir su amor, podía
tocarlo, masticarlo, respirarlo, y podía envolverse en ella, cerrar los ojos y sentirse
a salvo contra su cuerpo, entre sus brazos, en su calor. Pero su abuela nunca
tenía en cuenta su opinión, ni su experiencia, cuando empezaba a preguntarse en
voz alta qué se le habría perdido a su hija Maribel por esos bares, por esas
noches, por las vidas de esos hombres siempre ajenos que la zarandeaban como
si fuera un trapo, y al escucharla, él se sentía sin fuerzas para defender a su
madre y su propia versión de las cosas y sólo podía pensar en salir corriendo, en
huir antes de que su cara se tiñera de vergüenza, en esconderse en algún lugar
donde nadie pudiera contemplar su color.
Una madre es una madre, y la suya, que al día siguiente iba a cumplir treinta y un
años, le estaba esperando en casa, con la mesa puesta y una cena especial para
los dos solos.
—¡Langostinos! –exclamó, cuando vio la fuente que reposaba sobre la encimera, y
no se fijó en que ella, que correspondía a su entusiasmo con una sonrisa, llevaba
zapatillas, y la cara limpia de maquillaje–. Qué buenos.
—No te habrás cenado ya un par de hamburguesas, ¿verdad? –él la abrazó
negando con la cabeza–.
Bueno, pues espérame un momento, ¿te importa? Voy a ducharme, y a ponerme
ropa de estar en casa, no tardo nada.
Eran las nueve de la noche, y era sábado.
—¿No vas a salir? –preguntó él, sorprendido.
—No –gritó ella a través de la puerta del baño, con una naturalidad aún más
asombrosa.
Andrés no conocía aún la palabra paradoja, pero tampoco la necesitó para
celebrar los singulares efectos de aquella primavera sobre los hábitos de su
madre. Maribel seguía saliendo alguna noche a tomar una cerveza con sus
amigas, pero al despedirse, siempre le decía con su voz de siempre, sin ese
acento agudo que traicionaba antes la falsedad de sus excusas, dónde iba a estar,
y con quién, y casi siempre volvía sobria, entera, y a tiempo de encontrarle
despierto para regañarle por no haber apagado el televisor a las diez y media,
como le tenía dicho que hiciera.
Entonces, Andrés se acordaba de otras noches, otra voz pastosa, ronca, que
intentaba tranquilizarle de madrugada, cuando la luz se filtraba ya por los
resquicios de las persianas echadas, recordaba aquellas frases dificultosas, lentas,
como un murmullo apenas enhebrado de palabras inconexas, soy yo, hijo, me he
dado, hijo, con la cómoda, duérmete, hijo, soy yo, y recordaba a su madre
entrando en su cuarto con los zapatos en la mano, ay, cómo me duelen los pies,
tumbándose a su lado, a ver, que te dé un beso, quedándose dormida junto a él
sin haber llegado a desvestirse siquiera y tapándose los ojos por la mañana, el
maquillaje reseco y cuarteado como un charco de barro seco, la pintura de los
ojos corrida, la de los labios coloreando la barbilla, el pelo revuelto y esa sed
insaciable de las resacas.
—Eres muy egoísta, Andrés –le había dicho Sara la única vez que se atrevió a ser
sincero con ella, unos meses antes, durante las vacaciones de Navidad.
—No –respondió él, muy serio–.
La egoísta es mamá.
—No veo por qué.
—Pues porque es mi madre, ¿no?, y yo no le pedí nacer, ¿no?, y ella me trajo al
mundo porque quiso, ¿no?, y su obligación es ocuparse de mí, ¿no?
—Claro. ¿Y qué pasa, que no se ocupa? –y Sara levantó la voz, y le miró de
frente, como si estuviera enfadada con él–. ¿No te da de comer, no te compra
ropa, no te lleva a un buen colegio, no está pendiente de ti, de lo que tú
necesitas?
—Cuando sale por ahí –él también sabía enfadarse– y se está toda la noche fuera
de casa, no.
—¡Ah, vaya! Ya llegamos a donde íbamos… Pues para tener once años, hablas
igual que una vieja, ¿sabes?
—¿Y si me da un ataque de algo y me muero cuando ella no está?
—¿Y si te atropella un coche al salir del colegio, qué? ¿Es que va a salir tu abuela
a resucitarte?
A eso no había sabido qué responder, y ella había aprovechado su desconcierto
para pasarle un brazo por el hombro y seguir hablando, enumerando esa clase de
verdades que a ella le gustaban, y que también le habrían gustado a él si las
cosas, que son como son, y son porque sí, no se obstinaran a veces en
convertirlas en un puñado de mentiras burlonas.
—Tu madre es mucho más que tu madre, Andrés. Es ella misma además, ¿no te
das cuenta? Es una mujer muy joven, muy alegre, tiene derecho a vivir deprisa.
Tiene muchos años por delante para calmarse, para cansarse, para dormir.
Y tú sabes muy bien cómo vive, cuánto trabaja, y lo sola que está para ocuparse de ti, para sacarte adelante. Ésa es una responsabilidad enorme, y ella no puede compartirla con nadie. No es malo que intente divertirse, al revés. Tú puedes pensar lo que quieras, pero estoy segura de que una mujer amargada, aburrida, triste, sería mucho peor madre que ella.
—Sí, sí –había aceptado él, moviendo tristemente la cabeza–, si ya sé lo que me estás diciendo, tú siempre dices siempre lo mismo… Pero aquí las cosas no son así. —¿Aquí dónde? —Aquí.
—No, Andrés –estaban sentados en el balancín, columpiándose muy despacio, y ella estrechó la presión para convertirla en un verdadero abrazo antes de seguir hablando–. Las cosas son iguales en todas partes, porque en todas partes hay personas que piensan de una manera y personas que piensan de otra, y eso es lo que importa, ¿no lo entiendes?, lo que las personas piensan, lo que las personas sienten… Y tú tienes que procurar pensar en lo que tú sabes, en lo que tú sientes, y no en lo que vayan diciendo los demás.
—Pero no se puede pensar mal de la gente que le quiere a uno –había objetado él.
—Claro que se puede –ella le había llevado la contraria con suavidad–. Porque el cariño no es una garantía de nada. Tu abuela, por si estás pensando en ella, por ejemplo, puede quererte mucho y estar equivocada en todo, y al final, y sin querer, hacerte daño.