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– Ganarme la vida. Usted y sus compinches me apartaron de la profesión que elegí. He buscado otra temporalmente.

– ¿«Temporalmente»? ¿Eso cree? Ha llegado a mis oídos que su abogada está haciendo muchas llamadas en su nombre, a ver si tiene suerte. Y a usted le aconsejo que acumule muchas propinas. Esa mujer no trabaja de balde.

– Pues he aquí una oportunidad para contribuir a la causa: ¿quiere que le sirva otra, o le dejo que se la llene usted mismo de orina y vinagre?

Hansen se inclinó hacia mí. En ese momento vi que tenía los ojos un tanto vidriosos. O había bebido más de lo que pensaba, o resistía mal el alcohol.

– Éste es un bar de policías. ¿Acaso no tiene dignidad? Permite que buenos policías lo vean así, trabajando detrás de una barra. ¿Qué se propone? ¿Restregárselo por la cara?

Ésa era una pregunta que me había hecho yo mismo. Incluso Dave había dicho, al ofrecerme el empleo, que lo entendería si yo no aceptaba porque lo frecuentaban policías. Le contesté que me traía sin cuidado lo que pensara nadie, pero quizá Hansen había puesto el dedo más cerca de la llaga de lo que yo quería admitir. Había algo de testarudez en mi decisión de trabajar en el Bear. No estaba dispuesto a escapar después de lo sucedido. Era cierto que a algunos de los policías que venían al bar parecía incomodarlos mi presencia, y un par de ellos manifestaban abiertamente su desdén, pero eran hombres a quienes en todo caso yo nunca les había inspirado gran simpatía. En cuanto a los demás, la mayoría no representaba ningún problema, y algunos incluso me habían expresado su pesar por el trato que había recibido. Pero daba igual. De momento, las cosas estaban bien como estaban. El trabajo me dejaba el tiempo necesario para llevar a cabo lo que me había propuesto.

– ¿Sabe qué le digo, inspector? Si no lo conociera como lo conozco, juraría que se le empina cada vez que me ve. A lo mejor quiere que le presente a ciertas personas. Tal vez así aliviaría un poco esa tensión.

O podría usted poner un anuncio en el Phoenix. Allí hay muchos muriéndose por un hombre de uniforme todavía en el armario.

Hansen dejó escapar una risotada desprovista de humor, como un dardo venenoso lanzado con una cerbatana.

– Más le vale conservar ese ingenio tan mordaz -dijo-. Un hombre que vuelve a una casa vacía apestando a cerveza necesita algo de que reírse.

– No está vacía -repliqué-. Tengo un perro.

Alcancé su vaso. Suponiendo que bebía Andrew's Brown, le serví otra y se la puse delante.

– A cuenta de la casa -dije-. Nos gusta tener contentos a los buenos clientes.

– Bébasela usted -repuso él-. Nosotros ya hemos hecho aquí lo que teníamos que hacer.

Sacó la cartera del bolsillo y dejó un billete de veinte dólares.

– Quédese con el cambio. No le dará para mucho, pero en Nueva York aún le daría para menos. ¿Quiere explicarme qué fue a hacer allí?

No debería haberme sorprendido. En los últimos meses la policía de carretera me había dado el alto cinco veces. Ésa era la manera elegida para transmitirme el mensaje de que no me habían olvidado. Probablemente en mi último viaje a Nueva York, a la ida o a la vuelta, un policía me había reconocido en el Portland Jetport y había hecho una llamada. En el futuro tendría que andarme con más cuidado.

– Fui a ver a unos amigos.

– Eso me parece bien. Un hombre necesita amigos. Pero como me entere de que está trabajando en un caso, acabaré con usted.

Se dio la vuelta, se despidió de sus compañeros y se marchó del bar. Gary se acercó a mí cuando Hansen salió.

– ¿Todo en orden?

– Todo bien. -Le di los veinte-. Creo que era de los tuyos.

Gary lanzó una mirada a la cerveza intacta.

– No se ha acabado la cerveza.

– No ha venido aquí a beber.

– ¿A qué ha venido, pues?

Era una buena pregunta.

– Por la compañía, supongo.

6

Cuando llegué a casa poco después de las once, saqué a pasear a Walter, mi labrador retriever. Con el tiempo había perdido interés en la nieve, como le ocurría a la gran mayoría de las criaturas, hombres o animales, que pasaban más de una semana en Maine en invierno, así que ahora se conformaba con olfatear un poco, sin gran entusiasmo, antes de hacer lo que tenía que hacer e indicar que prefería regresar a su canasto caliente dándose media vuelta y yendo derecho a casa. Había madurado mucho en el último año. Quizá se debía a que en la casa el silencio era ahora mayor que antes, y él se había acostumbrado en cierta medida al hecho de que Rachel y Sam ya no formaban parte de las rutinas del lugar, ni de las suyas. Me gustaba tenerlo en casa por muchas razones: la seguridad, la compañía, y quizá porque era un lazo con una vida familiar que había dejado de ser la mía. Ya había perdido a dos familias: Rachel y Sam por Vermont, y Susan y Jennifer a causa de un hombre que las destrozó, y a quien yo maté con mis propias manos. Pero también me sentía culpable por dejar a Walter tanto tiempo solo o con mis vecinos, los Johnson. Ellos cuidaban de él encantados cuando yo me iba de viaje, pero Bob Johnson ya no estaba para muchos trotes, y no se le podía pedir que ejercitara con regularidad a un perro brioso.

Eché el cerrojo, di unas palmadas a Walter y me acosté, pero cuando por fin me dormí, me asaltaron extraños sueños de Susan y Jennifer, sueños tan vividos que me desperté en la oscuridad convencido de que había oído una voz. Hacía muchos meses que no soñaba con ellas de esa manera.

¿Cómo las llamo? Incluso ahora, después de tantos años, ¿cómo lo digo? ¿Mi mujer asesinada? ¿Mi difunta hija? Murieron, pero yo conservé algo de ellas dentro de mí demasiado tiempo, y eso se manifestó en forma de fantasmas, ecos de la otra vida, y no fui capaz de llamar a esos vestigios por los nombres de aquellas a quienes amé. A veces pienso que nosotros mismos nos atormentamos; o mejor dicho, decidimos atormentarnos. Si hay un agujero en nuestras vidas, algo lo llenará. Lo invitamos a entrar, y ese algo acepta de buena gana.

Pero yo ya estaba en paz con ellas, o eso creía. Susan, mi mujer. Jennifer, mi hija. Amadas mías, y yo, amado por ellas.

En cierta ocasión me dijo Susan que si algo le ocurría a Jennifer, si moría antes de su hora, antes que su madre, yo no debía comunicárselo. No debía intentar explicarle que su hija ya no estaba. No debía hacerle eso. Si Jennifer moría, yo tenía que matar a Susan. Sin palabras, sin previo aviso, sin darle tiempo a mirarme ni entender por qué. Tenía que quitarle la vida, porque se consideraba incapaz de vivir con la pérdida de su hija. Para ella sería insufrible; no podría soportar semejante pena. Eso no la mataría, no en un primer momento, pero le arrancaría la vida igualmente, y sólo quedaría de ella un cascarón vacío, una mujer en cuyo interior resonaría el dolor.

Y me odiaría. Me odiaría por someterla a ese pesar, por no amarla lo suficiente para ahorrárselo. A sus ojos yo sería un cobarde.

– Prométemelo -dijo mientras yo la estrechaba entre mis brazos-. Prométeme que no permitirás que eso pase. No quiero oír nunca esas palabras. No quiero sufrir tanto. No lo resistiría. ¿Me oyes? Esto no es una broma, una hipótesis. Quiero que me prometas que nunca tendré que soportar ese dolor.

Y se lo prometí. Sabía que sería incapaz de hacer lo que me pedía, y quizás ella también lo sabía, pero se lo prometí de todos modos. Eso es lo que hacemos por los que amamos: mentimos para protegerlos. No todas las verdades son bien recibidas.

Pero lo que ella no explicó, lo que no contempló, fue lo que sucedería si me las arrebataban a las dos. ¿Debía quitarme la vida? ¿Debía ir detrás de ellas hasta ese lugar oscuro, seguirles los pasos a través del submundo hasta encontrarlas por fin, un sacrificio sin más utilidad que la negación de la pérdida? ¿O debía continuar adelante? Y si era así, ¿cómo? ¿Qué forma adoptaría mi vida? ¿Debía morir solo, rendir culto al santuario de su memoria, esperar a que el tiempo hiciera lo que yo no era capaz de hacer por mí mismo? ¿O acaso buscaría una manera de soportar su pérdida, de sobrevivir sin traicionar su recuerdo? ¿Cómo deben actuar aquellos que se quedan atrás para honrar la memoría de los difuntos, y hasta dónde pueden llegar antes de traicionar ese recuerdo?