Creo que le sorprendió lo rápido que me moví, pero en su honor debo admitir que no se inmutó, ni siquiera cuando me planté ante su misma cara.
– Escúcheme -dije en voz baja-. Eso no va a suceder. Ahora va a levantarse y va a marcharse, y no volveré a saber nada de usted. Su libro se acaba aquí. ¿Queda claro?
Wallace recogió su cuaderno y golpeó la barra con él una vez antes de metérselo en el bolsillo. Se puso la chaqueta, se envolvió el cuello con la bufanda y dejó tres dólares en la barra.
– Por el café, y quédese el cambio. Le dejo los libros. Écheles un vistazo. Son mejores de lo que piensa. Volveré a pasar por aquí dentro de un par de días, a ver si ha cambiado de parecer.
Se despidió con una inclinación de cabeza y se marchó. Tiré los libros al cubo de la basura colocado bajo la barra. Jackie Garner, que había escuchado toda la conversación, bajó del taburete y se acercó a mí.
– Si quieres, ya me ocupo yo de esto -propuso-. Seguro que ese gilipollas está aún en el aparcamiento.
Negué con la cabeza.
– Déjalo.
– Si viene a verme a mí, no pienso hablar con él -aclaró Jackie-. Y si lo intenta con Paulie y Tony, echarán su cuerpo al mar en Casco Bay.
– Gracias, Jackie.
– Ya, bueno…
Se oyó cómo arrancaba un motor en el aparcamiento del Bear. Jackie se aproximó a la puerta y vio marcharse a Wallace.
– Un Taurus azul -dijo-. Matrícula de Massachusetts. Pero viejo, o sea, que no es de alquiler. Y no es la clase de coche que llevaría un escritor de altos vuelos. -Regresó a la barra-. ¿Crees que podrás impedírselo?
– No lo sé. Puedo intentarlo.
– Parece insistente.
– Sí.
– Pues no lo olvides: la oferta sigue en pie. A nosotros se nos da bien la insistencia, a Tony, a Paulie y a mí. La vemos como un desafío.
Jackie se quedó por allí después del cierre, pero estaba claro que no era yo quien le interesaba. Sólo tenía ojos para la mujer, que se llamaba, según me dijo Jackie en susurros, Lisa Goodwin. Estuve tentado de aconsejarle a ella que, si contemplaba seriamente la posibilidad de salir con Jackie, se echase a correr y no volviese la vista atrás, pero eso no habría sido justo para ninguno de los dos. Según Dave, que la conocía un poco de visitas anteriores al Bear, era una buena mujer que en el pasado había tomado decisiones equivocadas por lo que se refería a los hombres. En comparación con la mayoría de sus amantes anteriores, Jackie era prácticamente Cary Grant. Era leal y tenía buen corazón y, a diferencia de algunos de los ex de esa mujer, jamás ejercería la violencia contra ella. Si bien era cierto que él vivía con su madre y entre sus aficiones se contaba la munición de fabricación casera, y que esa munición era menos volátil que su madre, Lisa ya lidiaría con eso llegado el momento, si es que llegaba.
Llené una taza con el café que quedaba en la cafetera y me fui al despacho de atrás. Allí encendí el ordenador y averigüé cuanto pude acerca de Michael Wallace. Visité su web, leí algunos de sus artículos, la publicación de los cuales quedaba interrumpida en 2005, y reseñas de sus dos primeros libros. Al cabo de una hora tenía su dirección, su curriculum profesional y algunos datos de su vida, como ciertos detalles de su divorcio en 2002 y la imposición de una multa por conducir en estado de embriaguez en 2006. Tendría que hablar con Aimee Price acerca de Wallace. No sabía qué acción legal podía emprender, si es que existía alguna, para impedirle escribir sobre mí, pero desde luego tenía muy claro que no quería mi nombre en la portada de un libro. Si Aimee no podía ayudarme, me vería obligado a apretarle las tuercas a Wallace, y algo me decía que no reaccionaría bien a esa clase de presión, como solía ocurrir con los periodistas.
Gary entró cuando yo ya acababa.
– ¿Estás bien? -preguntó.
– Sí, estoy bien.
– Bueno, aquí fuera ya hemos terminado.
– Gracias. Vete a casa, descansa. Ya cerraré yo.
– Buenas noches, pues. -Se quedó inmóvil en la puerta.
– ¿Qué pasa?
– Si vuelve ese tipo, el escritor, ¿qué hago?
– Envenénale la bebida. Pero cuidado dónde tiras el cuerpo.
Gary pareció desconcertado, como si no tuviese muy claro si hablaba en serio o no. Reconocí la expresión. La mayoría de quienes trabajaban en el Bear sabía algo de mi pasado, sobre todo los lugareños que llevaban ya unos años en el local. A saber qué le habían contado a Gary cuando yo no estaba presente.
– Basta con que me avises si lo ves -dije-. Quizá podrías hacer correr la voz de que agradecería que nadie hablara con él de mí.
– Claro -contestó Gary, animándose perceptiblemente, y se marchó. Lo oí hablar con Sergei, uno de los cocineros; luego, cuando salieron, se cerró la puerta y todo quedó en silencio.
El café se había enfriado. Lo tiré a un fregadero, imprimí todo lo que había averiguado acerca de Wallace y me fui a casa.
Sentado en su habitación de un motel junto al centro comercial Maine, Mickey Wallace plasmaba sus anotaciones sobre el encuentro con Parker. Era un truco que había aprendido en el periodismo: apuntarlo todo mientras lo tenía aún fresco, porque la memoria empezaba a jugar malas pasadas incluso después de un par de horas. Uno podía engañarse con la idea de que siempre recordaba las cosas importantes, pero no era así. Uno recordaba lo que no había olvidado, fuera importante o no. Mickey tenía por costumbre consignar sus observaciones en cuadernos, y después lo pasaba todo al ordenador, pero los cuadernos seguían siendo la fuente principal, y a ellos se remitía siempre durante el proceso de elaboración de un libro.
La reacción de Parker a su proposición inicial no lo había defraudado ni sorprendido. De hecho, ya desde el principio consideraba la participación de aquel hombre en la empresa una posibilidad remota, pero nunca estaba de más preguntar. Lo que sí lo sorprendía era que nadie hubiese escrito aún un libro sobre Parker, dado todo lo que había hecho y los casos en que había intervenido, pero eso sólo era una de las muchas circunstancias extrañas en torno a Charlie Parker. Por alguna razón, pese a sus antecedentes y sus actos, había conseguido mantenerse casi en el anonimato. Incluso en los artículos sobre los casos más llamativos, su nombre solía aparecer enterrado en algún rincón, entre la letra pequeña. Era casi como si existiera cierta connivencia en cuanto a él, el acuerdo tácito de que su participación debía minimizarse.
Y eso en los casos que habían llegado a conocimiento del público. Wallace ya había hecho algo más que husmear, y había oído mencionar el nombre de Parker con relación a ciertos hechos acaecidos en el norte del estado de Nueva York en los que estaba implicada la mafia rusa, o eso se decía. Mickey había conseguido que un policía de Massena, después de varias cervezas, se prestara a hablar con él, y enseguida vio que allí se encubría algo de bulto, pero cuando al día siguiente intentó ponerse en contacto con el policía otra vez, lo echaron del pueblo y le advirtieron, en términos muy claros, que no volviese nunca más. A partir de eso el rastro desapareció, pero lo sucedido avivó la curiosidad de Mickey.
Percibía el olor de la sangre, y la sangre vendía libros.
13
Poco después del funeral de los padres de su difunto novio, Emily Kindler se marchó del pueblo donde había vivido durante el último año. No se pudo establecer la causa de la muerte, pero en el pueblo se dio por supuesto que se habían suicidado, pese a que Dashut, el jefe de policía, no acababa de explicarse que se hubieran quitado la vida antes de tener ocasión de enterrar debidamente a su hijo. No concebía que unos padres no desearan hacer lo correcto por su hijo fallecido, fuera cual fuera la magnitud del trauma. Puso en tela de juicio el dictamen forense, en público y en privado, y tanto en su pensamiento como en la investigación vinculó las muertes de los padres con el asesinato de su hijo.