Hacía tiempo que no se acordaba de él. Su madre se había marchado cuando ella aún era pequeña y le había prometido regresar a buscarla, pero nunca volvió, y al cabo de un tiempo llegó la noticia de que había muerto en algún sitio de Canadá, donde le había dado sepultura la familia de su nuevo novio. El padre de Emily hizo todo lo necesario por su formación y supervivencia, pero poco más. Ella fue al colegio y siempre dispuso de dinero para libros. No les faltó la comida, pero nunca iban a un restaurante. Apartaban dinero en un tarro para gastos domésticos, y él le daba algo para sus cosas, pero ella no sabía adónde iba a parar el resto de su dinero. Su padre no bebía en exceso, ni consumía drogas. Tampoco le puso nunca la mano encima movido por el afecto o la ira, y cuando ella creció y su cuerpo maduró, él procuró no hacer ni decir nada que pudiera considerarse inapropiado. Por esto en concreto Emily se sentía más agradecida de lo que él sabría jamás. Había oído las historias que contaban algunas chicas del colegio, historias de padres y padrastros, de hermanos y tíos, de nuevos novios de madres cansadas y solitarias. Su padre no era así. Por el contrario, mantenía las distancias y reducía al mínimo la conversación con ella.
Con todo, nunca se había sentido mal atendida. Cuando, ya en la adolescencia, empezó a tener problemas en el colegio -alborotaba en clase, lloraba en los lavabos-, su padre habló con el director y acordaron mandar a Emily a un psicólogo, pero a aquel hombre bondadoso de voz suave, con gafas sin montura, ella decidió contarle tan poco como a su padre. No quería hablar con un psicólogo. No quería en modo alguno que se la considerara distinta, y por tanto no le dijo nada de los dolores de cabeza, las lagunas de memoria, los sueños en los que algo salía de un hoyo oscuro en el suelo, una cosa con dientes que le roía el alma. No le habló de su paranoia, ni de la sensación de que su identidad era algo frágil, susceptible de perderse y romperse en cualquier momento. Después de diez sesiones, el psicólogo llegó a la conclusión de que era una chica normal, aunque sensible, que a su debido tiempo encontraría su lugar en el mundo. Existía la posibilidad de que sus dificultades presagiaran algo más grave, una forma de esquizofrenia, quizás, y tanto a ella, como especialmente a su padre, les aconsejó que permanecieran atentos a cualquier cambio significativo en su comportamiento. A partir de entonces su padre empezó a mirarla de otro modo, y en dos ocasiones durante los meses posteriores ella se lo encontró al despertarse en la puerta de su habitación. Viendo el desconcierto de ella, él le explicó que había gritado en sueños, y ella se preguntó si habría oído lo que decía.
Su padre trabajaba de conductor para una tienda de muebles: Trejo & Sons, Inc., de unos mexicanos que habían prosperado. Era el único empleado de los Trejo que no era de origen mexicano. Emily ignoraba la razón. Cuando se lo preguntó a su padre, él admitió que tampoco lo sabía. Quizá fuera porque conducía bien su camión, pero también podía ser, pensaba ella, porque los Trejo vendían muebles de muchas clases, unos caros y otros no, a personas muy diversas, algunas mexicanas y otras no. Su padre transmitía una sensación de autoridad, y hablaba bien. Para los clientes más ricos, era la cara aceptable de los Trejo.
Todos los muebles de la casa habían sido comprados con descuento en la tienda, normalmente porque tenían alguna tara, estaban algo rotos o eran tan feos que habían abandonado ya toda esperanza de venderlos. Su padre había cortado y lijado las patas de la mesa de la cocina en un esfuerzo por igualarlas, pero ahora quedaba demasiado baja, y no podían meter las sillas debajo cuando acababan de comer. En la sala, el sofá y los sillones eran cómodos pero no hacían juego, y las alfombras eran baratas pero resistentes. Sólo los sucesivos televisores que iban adornando un rincón tenían cierta calidad, y su padre los renovaba regularmente cuando llegaba al mercado un modelo mejor. Él prefería los documentales sobre historia y los concursos. Rara vez veía la programación deportiva. Quería saber cosas, aprender, y su hija, en silencio, aprendía a su lado.
Cuando Emily por fin se marchó, se preguntó si su padre se daría cuenta siquiera. Sospechaba que se alegraría de su ausencia. Sólo después se le ocurrió pensar que él casi parecía tenerle miedo.
Encontró otro trabajo de camarera, éste en lo más parecido a una cafetería bohemia que tenía el pueblo. El sueldo no era gran cosa, pero tampoco pagaba mucho de alquiler, y al menos ponían buena música y los otros empleados no eran gilipollas integrales. Complementaba sus ingresos trabajando en la barra los fines de semana, lo que ya no era tan agradable, pero había conocido a un hombre que parecía interesado en ella. Había ido al bar acompañado de unos amigos a ver un partido de hockey por la tele, pero él era distinto de los demás y había flirteado un poco con ella. Tenía una sonrisa agradable y no era tan malhablado como sus amigos, cosa que ella admiraba en un hombre. Desde entonces había vuelto un par de veces, y ella adivinó que estaba armándose de valor para invitarla a salir. Sin embargo, no sabía si se sentía preparada, no después de lo sucedido, y aún tenía sus dudas acerca de él. Pero percibía algo en ese hombre, algo que despertaba su interés. Si la invitaba, aceptaría, pero mantendría cierta distancia hasta conocerlo un poco más. No quería que las cosas terminaran como con Bobby.
Durante la cuarta noche en el nuevo pueblo la despertó la visión de un hombre y una mujer caminando por la calle hacia el apartamento que ella alquilaba. La visión era tan vivida que Emily se acercó a la ventana y miró hacia fuera esperando ver dos siluetas de pie bajo la farola más cercana, pero el pueblo estaba en silencio y la calle vacía. En su sueño casi había visto sus caras. Era un sueño recurrente desde hacía muchos años, pero sólo hacía poco que los rasgos del hombre y la mujer se veían más nítidos, mejor definidos en cada aparición. Aún no los reconocía, pero sabía que pronto lo conseguiría. Y entonces llegaría la hora de la verdad. De eso, al menos, estaba segura.
Tercera parte
Así, sí, interrumpe este último beso de lamento,
que a dos almas absorbe, y a ambas evapora.
Vuélvete, espectro, hacia ese lado,
y vuélvame yo hacia este otro.
«La expiración», John Donne (1572-1631)
14
En el Bear, cada viernes tenía que tratar con nuestro principal distribuidor, Nappi. El Bear recibía reparto de cerveza tres veces por semana, pero Nappi suministraba el ochenta por ciento de los barriles, así que su entrega era todo un acontecimiento. El camión de Nappi llegaba siempre los viernes, y una vez comprobados y almacenados los treinta barriles, y pagada la entrega en el acto conforme a la política del Bear, invitaba al conductor a comer a cuenta mía, y hablábamos de cerveza, de su familia, de la crisis.
A diferencia de otros bares, el Bear disponía de un buen punto de referencia para evaluar la situación económica. Siempre habían frecuentado el bar agentes dedicados a la recuperación de bienes impagados, y cada vez veíamos a más de ellos aparcar delante sus furgonetas. No era un trabajo que a mí me hubiese gustado hacer, pero ellos, en su mayoría, se lo planteaban de manera muy filosófica. Bien podían permitírselo. Con sólo un par de excepciones, eran hombres grandes y recios, aunque el más duro de todos, Jake Elms, que en esos momentos se comía una hamburguesa y comprobaba el móvil sentado a la barra, medía sólo un metro sesenta y dos y pesaba apenas sesenta kilos. Hablaba en voz baja y nunca le oí pronunciar una palabra obscena, pero corrían anécdotas legendarias sobre él. Viajaba con un terrier sarnoso en la cabina de la furgoneta y llevaba un bate de aluminio en un soporte bajo el salpicadero. Que yo supiera, no iba armado, pero en su día aquel bate había roto más de una cabeza; y según contaban, si alguien cometía la temeridad de amenazar a su querido amo, el perro de Jake tenía la singular aptitud de aferrarse con los dientes a los testículos del autor de semejante osadía y de quedarse suspendido de ellos gruñendo.