Sólo que Parker se negó a contarlo. Rechazó, unas veces cortésmente y otras no tanto, toda solicitud de entrevista. Y de pronto -¡zas!-ahí estaba otra vez, ahora decidido a pescar al pez gordo, el Viajante. En los años posteriores, Mickey vio claramente, y no sólo lo vio él, que allí ocurría algo excepcional. Ese hombre tenía una especie de don, aunque era un don que nadie en su sano juicio desearía: daba la impresión de que se sentía atraído por el mal, y el mal a su vez se sentía atraído por él. Y cuando lo encontraba, lo destruía. Era así de sencillo, o de complejo, según se mirara, porque Mickey Wallace no era tonto, y sabía que un hombre no podía hacer lo que Parker había hecho sin sufrir graves daños en el proceso. Ahora estaba allí, trabajando en un bar de una ciudad del nordeste, separado de su pareja, sin ver a la niña que había tenido con ella más de una o dos veces al mes, viviendo solo en aquella casa grande que Mickey, en ese momento, iluminaba cautamente con su linterna.
Mickey quería entrar. Quería escarbar en los cajones del escritorio, abrir carpetas en los archivadores y los ordenadores, ver dónde comía, se sentaba y dormía. Quería seguirle los pasos, porque lo que se proponía Mickey era dotar a Parker de voz, tomar sus palabras, sus experiencias, y mejorarlas, creando una nueva versión de él en cierto modo superior a la suma de las partes. Para eso, Mickey necesitaba convertirse en él durante un tiempo, comprender la realidad de su existencia.
¿Y si al final Parker decidía no cooperar? Mickey procuró no pensar en eso. Había hablado con su editor esa misma mañana y éste había dejado claro que prefería la participación de Parker en el proyecto. No era una condición indispensable, pero repercutiría en la tirada y en la publicidad que se le daría al libro. Su punto de vista era comprensible, pero dificultaba la tarea de Mickey. Cualquiera podía escribir un texto a base de cortar y pegar, aunque no tan bueno como el que podía hacer Mickey con ese método, pero por eso no se pagaban grandes sumas. Tampoco era sólo una cuestión de dinero: allí había una auténtica historia, algo profundo, peculiar, inquietante, y las palabras tenían que salir de la boca del propio sujeto. Mickey podría con él, de eso estaba seguro, o relativamente seguro. Mientras tanto, había empezado a ponerse en contacto con otras personas a las que podía entrevistar con la esperanza de crear un informe de antecedentes más detallado sobre Charlie Parker, porque Mickey quería saber más sobre Parker que el propio Parker.
Sólo que las personas muy cercanas a él también eran leales, y hasta el momento lo único que había conseguido a cambio de sus esfuerzos era una sucesión de rechazos. Aunque es verdad que tenía concertadas entrevistas, tanto oficiales como no oficiales, con un par de ex policías que recordaban a Parker de Nueva York, y con un antiguo capitán de Asuntos Internos que, como Mickey sabía de fuentes fidedignas, opinaba que Parker debería estar entre rejas, él y sus compinches. También éstos interesaban a Mickey. Sólo conocía sus nombres: Ángel y Louis. El capitán dijo que también podía facilitarle información sobre ellos, pero no tanta. Sólo estaba dispuesto a hablar extraoficialmente, pero había prometido a Mickey copias de informes de la investigación y datos jugosos que a un buen periodista como él no le costaría corroborar. Era un punto de partida, pero Mickey quería más.
Notaba sobre su cuerpo la ropa húmeda. La bruma era una ayuda en el sentido de que lo ocultaba a la vista de cualquiera que pasara por la carretera, e incluso si alguien entraba por el camino de acceso, difícilmente vería el coche, o a él, hasta llegar a la propia casa. De hecho, Mickey había estacionado el automóvil bajo una arboleda, y a menos que alguien lo buscara, estaba casi seguro de que pasaría inadvertido. Ni siquiera Parker, aun en el supuesto de que regresara de improviso, detectaría su presencia, pensó Mickey. Pero la bruma también era fría y húmeda, y tan espesa que tuvo la sensación de que, si lo intentaba, casi podía agarrar un trozo con la mano, como algodón de azúcar.
En el bolsillo del abrigo llevaba un juego de ganzúas.
Subió al porche de la casa y, más por esperanza que con expectación, probó el picaporte. La puerta estaba cerrada con llave. Después de detenerse a pensar un momento, la embistió con el hombro. La puerta se sacudió en el marco, pero no se activó ninguna alarma. Bien, pensó Mickey. Otro golpe de suerte, unido a la ausencia de los vecinos y al hecho de que Parker, por lo visto, ya no tenía perro. Poco antes de que Parker lo despidiera con cajas destempladas, Mickey lo había oído hablar del animal con uno de los camareros de la barra.
Dio un par de pasos a la izquierda y miró por la ventana. En la cocina, al fondo de la casa, vio una lámpara nocturna encendida que iluminaba el salón con un resplandor tenue. Parecía cómodamente amueblado, con muchos libros. A la derecha de la puerta de entrada había un pequeño despacho, con un ordenador en la mesa y papeles bien apilados alrededor y en el suelo. Mickey sabía que Parker había viajado a Nueva York en fecha reciente. Se preguntó para qué. Ardía en deseos de examinar esos papeles.
Se dirigió a la parte de atrás de la casa y se detuvo en el cuadrado de luz proyectado por una lámpara nocturna. Allí la bruma parecía más espesa y, cuando miró a sus espaldas, formaba un muro blanco casi impenetrable, eclipsando los árboles y las marismas. Mickey se estremeció. Probó en vano a abrir la puerta de atrás. De nuevo, apretó la cara contra el cristal.
Y algo se movió dentro de la casa.
Por un momento pensó que era un reflejo, o sombras creadas en la habitación más allá de la cocina por los faros de un coche desde la carretera, pero no había oído ningún motor. Parpadeó e intentó recordar qué había visto. No estaba seguro, pero le pareció que había sido una mujer, una mujer con un vestido justo por debajo de las rodillas. Era un vestido que nadie se pondría en esa época del año. Era un vestido de verano.
Se planteó marcharse, pero cayó en la cuenta de que tal vez ésa era su oportunidad de entrar en la casa sin necesidad de transgredir la ley. Si había alguien dentro, quizá podía presentarse como amigo del detective. Tal vez consiguiese de paso un café, o una copa, y en cuanto Mickey se acomodase, no iban a sacarlo de allí así como así. Cuando Mickey Wallace adoptaba la actitud de interrogador, era más fácil librarse de las cucarachas que de él.
– ¡Hola! -gritó-. ¿Hay alguien en casa? -Llamó a la puerta-. ¿Hola? Soy amigo del señor Parker. ¿Podría usted…?
En la cocina se apagó la luz. Mickey, sobresaltado, retrocedió a trompicones, y mientras se acostumbraba a la oscuridad sólo vio destellos ante los ojos. Se recuperó y tomó aliento. Quizás era hora de marcharse. No quería que la mujer que había allí dentro se asustara y avisara a la policía. Aun así, se acercó con cautela a la puerta una vez más. Tenía la linterna en la mano derecha y la utilizó para golpetear la puerta al mismo tiempo que se inclinaba hacia el cristal, protegiéndose los ojos con la mano izquierda.
La mujer estaba de pie en el umbral de la puerta entre la cocina y el salón. Lo miraba con las manos en jarras. Mickey veía el contorno de sus piernas a través de la fina tela, pero su rostro quedaba envuelto en sombras.
– Lo siento -se disculpó-. No quería asustarla. Me llamo Michael Wallace. Soy escritor. Aquí tiene mi tarjeta. Voy a pasarla por debajo de la puerta para que vea que no miento.
Se arrodilló y empujó la tarjeta por debajo de la puerta. Cuando se irguió, la mujer había desaparecido.
– ¿Señora?
Algo blanco apareció a sus pies. Le habían devuelto la tarjeta.
Dios santo, pensó Mickey. Está junto a la puerta. Se ha escondido junto a la puerta.
– Sólo quiero hablar con usted -insistió.