Выбрать главу

– No lo mandé yo, pero es uno de esos hombres a quienes no es fácil mantener bajo control, por no hablar ya de sus dos compinches; a su lado, él es la delicadeza en persona. Son hermanos, y hay cárceles que no quieren volver a verlos por allí porque les dan miedo a los demás reclusos.

– ¿Y qué? ¿Va a echarme encima a sus amigos? Es usted un hombre muy duro.

– Si quisiese hacerle tanto daño, me ocuparía personalmente. Hay otras formas de atajar la clase de problema que usted representa.

– Yo no soy un problema. Sólo quiero contar su historia. Me interesa la verdad.

– No sé cuál es la verdad. Si no lo sé después de tanto tiempo, usted no va a tener más suerte que yo.

Entrecerró los ojos en una expresión de sagacidad, y su rostro recobró en parte el color. El mero hecho de hablar con él del asunto había sido un error por mi parte. Aquel hombre era como un evangelizador que, en una de sus visitas de puerta en puerta, se encuentra con alguien dispuesto a entablar una discusión teológica con él.

– Pero yo puedo ayudarle -aseguró-. Soy una parte neutral. Puedo hacer averiguaciones. No tiene por qué salir todo en el libro. Usted controlará la manera en que se presenta su imagen.

– ¿Mi imagen?

Se dio cuenta de que iba por mal camino y echó marcha atrás desesperadamente.

– Es una manera de hablar. Lo que quería decir es que ésta es su historia. Para contarla debidamente, hay que hacerlo con su voz.

– No -repliqué-. Ahí es donde se equivoca. No debe contarse, y punto. No vuelva a venir a mi casa, ni a mi lugar de trabajo. Sin duda ya sabe que tengo una hija. Su madre no hablará con usted, eso se lo aseguro. Si se acerca a ellas, si pasa siquiera por su lado en la calle y cruza una mirada con ellas, lo mataré y lo enterraré en una fosa poco profunda. Tiene que olvidarse de esto.

A Wallace se le endureció el semblante y vi asomar su fortaleza interior. De pronto me invadió el cansancio. Wallace no iba a perderse en la noche.

– Pues permítame que le diga una cosa, señor Parker. -Mencionó el nombre de un famoso actor, un hombre en torno a quien corrían rumores de carácter sexual sin el menor fundamento desde hacía tiempo-. Hace dos años accedí a escribir una biografía no autorizada sobre él. No es mi especialidad, todas esas gilipolleces de Hollywood, pero el editor había oído hablar de mi talento, y pagaban bien precisamente por tratarse del individuo en cuestión. Es uno de los hombres más poderosos de Hollywood. Su gente me amenazó con la ruina económica, el desprestigio, incluso la pérdida de las extremidades. Ese libro se publicará dentro de seis meses, y puedo dar fe de todas y cada una de las palabras que aparecen. Él se negó a cooperar, pero dio igual. El libro verá la luz de todos modos, y encontré a personas que juraron que toda su vida es una mentira. Ha cometido usted un error al darme un puñetazo en el vientre. Ha sido el comportamiento de un hombre asustado. Sólo por eso voy a escarbar y hurgar en todos los rincones sucios de su vida. Voy a averiguar cosas sobre usted que ni usted mismo sabe. Y luego voy a plasmarlas en el libro, y usted podrá comprar un ejemplar y leerlas, y quizás entonces descubra algo sobre sí mismo, pero lo que sí le aseguro es que descubrirá algo sobre Mickey Wallace.

»Y si vuelve a ponerme la mano encima, nos veremos en los tribunales, pedazo de cabrón.

Dicho esto, Wallace dio media vuelta y regresó trabajosamente a su coche.

Y yo pensé: A la mierda.

Aimee Price vino a casa esa misma noche después de haberle dejado un mensaje en su despacho contándole buena parte de lo sucedido desde la aparición de Wallace en el Bear. Rechazó un café y preguntó si tenía una botella de vino abierta. No tenía, pero le abrí una con mucho gusto. Era lo mínimo que podía hacer.

– De acuerdo -dijo después de probar el vino cautamente y decidir que no iba a provocarle convulsiones-. Esto no es mi especialidad, así que he tenido que informarme, pero en rigor, desde el punto de vista jurídico, la situación es la siguiente. En principio, como sujeto de una biografía no autorizada sobre tu vida, puedes entablar demanda por diversas razones legales: difamación, apropiación indebida del derecho de publicidad, violación de información confidencial… Pero en tu caso la vía más probable sería intromisión en la vida privada. No eres un personaje público como puedan serlo un actor o un político, así que tienes cierto derecho a preservar tu vida privada. Hablamos del derecho a impedir que se hagan públicos datos privados que podrían resultar bochornosos si no guardan relación con asuntos de interés público; del derecho a impedir que se hagan declaraciones o insinuaciones falsas o engañosas sobre ti; y de la protección contra la intrusión que significa la intrusión física literal en tu entorno privado mediante el acceso a tu propiedad.

– Como ha hecho Wallace -apunté.

– Sí, pero él podría sostener que la primera vez pasó por aquí para hablar contigo y dejar su tarjeta, y la segunda vez, según lo que me has contado, ha sido por invitación tuya.

Me encogí de hombros. Tenía razón.

– ¿Y cómo ha ido la segunda visita? -preguntó.

– Podría haber ido mejor -respondí.

– ¿En qué sentido?

– Para empezar, si no le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

– Pero, Charlie, por favor. -Pareció sinceramente defraudada, y yo me avergoncé aún más de mi conducta. En un intento de compensar mis fallos, le conté mi conversación con Wallace de manera tan pormenorizada como la recordaba, omitiendo toda mención a la mujer y la niña que, según él, había visto.

– ¿Me estás diciendo que tu amigo Jackie también ha amenazado a Wallace? -preguntó.

– Yo no se lo pedí. Debió de pensar que me hacía un favor.

– Al menos demostró más contención que tú. Wallace podría haberte denunciado por agresión, pero imagino que no lo hará. Salta a la vista que quiere escribir ese libro, y eso puede estar por encima de cualquier otra consideración siempre y cuando no le causes un daño duradero.

– Se marchó por su propio pie -dije.

– Pues por poco que te conozca, puede considerarse afortunado.

Encajé el golpe. No estaba en posición de discutir.

– ¿Y eso en qué situación nos deja?

– No puedes impedirle que escriba el libro. Como él mismo ha dicho, gran parte del material pertinente es de dominio público. Lo que podemos hacer es solicitar, u obtener por otros medios, una copia del manuscrito y repasarlo con lupa buscando pruebas de difamación o de clara intromisión en la vida privada. Pediríamos entonces un mandamiento judicial para evitar la publicación, pero debo advertirte que en general los jueces son reacios a conceder esa clase de mandamientos en atención a la Primera Enmienda. Lo máximo a lo que podríamos aspirar es a una compensación económica. Es muy probable que el editor haya incluido una cláusula de garantía e inmunidad en el contrato de Wallace, si damos por supuesto que es fruto de un acuerdo formal. Por otra parte, si las cosas se han hecho correctamente, habrán contratado un seguro para ampararse ante el riesgo de difusión indebida de la obra en los medios. En otras palabras, no sólo nos será imposible evitar que este caballo salga desbocado, sino que. ni siquiera podremos cerrar del todo la puerta de la cuadra cuando se haya ido.

Me recliné en la silla y cerré los ojos.

– ¿Seguro que no quieres un poco de vino? -preguntó Aimee.

– Seguro. Si empiezo, quizá no pueda parar.

– Lo siento -dijo-. Hablaré con más gente y veré si queda algún otro camino, pero no me hago muchas ilusiones. Y otra cosa, Charlie.

Abrí los ojos.

– No vuelvas a amenazarlo. Basta con que mantengas las distancias. Si se acerca a ti, aléjate. No te dejes arrastrar a enfrentamientos. Y eso es aplicable también a tus amigos, por buenas que sean sus intenciones.