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– ¿Y ahí quedó la cosa?

– No había pruebas suficientes para procesarlo, ni interés en hacerlo. Era un ex policía que había perdido a su mujer y a su hija hacía sólo unos meses. Puede que sus compañeros no lo adoraran, pero los polis se apoyan entre sí en los momentos difíciles. Procesarlo habría estado tan mal visto como acusar a Ricitos de Ora de robo con fractura. Y como he dicho, Johnny Friday no era ningún boy scout. Mucha gente opinaba que alguien le había hecho un servicio a la humanidad retirándolo del equipo permanentemente.

– ¿Por qué no era apreciado Parker?

– No lo sé. No tenía madera de policía. Nunca se integró. Siempre hubo algo extraño en él.

– ¿Y por qué entró en el cuerpo?

– Por una lealtad mal entendida al recuerdo de su padre, supongo. Tal vez pensó que podía compensar la muerte de aquellos dos chicos siendo un policía mejor que su padre. Si quiere saber mi opinión, es prácticamente el único acto admirable de ese hombre en toda su vida.

Mickey no insistió por ese lado. Le asombraba la intensidad del rencor de Tyrrell por Parker. No imaginaba qué podía haber hecho Parker para merecerlo, como no fuese incendiar la casa de Tyrrell y luego tirarse a su mujer entre las cenizas.

– Ha dicho que Johnny Friday fue el primer asesinato. ¿Hubo otros?

– Supongo que sí.

– ¿Supone?

Tyrrell pidió un tercer whisky con una seña. Estaba aminorando un poco la marcha, pero se mostraba cada vez más irritable.

– Mire, de la mayoría hay constancia: aquí, en Louisiana, en Maine, en Virginia, en Carolina del Sur. Ese hombre es como la Parca o el cáncer. Si sabemos de todos esos casos, ¿no cree que habrá otros que desconocemos? ¿Cree que avisó a la policía cada vez que él o uno de sus amigos paraban el reloj de alguien?

– ¿Sus amigos? ¿Se refiere a dos hombres conocidos como Ángel y Louis?

– Sombras -dijo Tyrrell en voz baja-. Sombras con dientes.

– ¿Qué puede decirme de ellos?

– Rumores, casi todo. Ángel cumplió condena por robo. Tengo entendido que Parker lo utilizó como informante y a cambio le ofreció protección.

– ¿Empezó como relación profesional, pues?

– Podría decirse que sí. El otro, Louis, es más difícil de definir. Sin detenciones, sin antecedentes: es un espectro. El año pasado supimos de cierto incidente. Alguien envió a un par de matones a un taller mecánico en el que, según se cree, Louis era socio capitalista. Un tipo, uno de los agresores, acabó en el hospital. Al cabo de una semana murió a causa de las heridas. Después…

Hector apareció junto a su codo y sustituyó el vaso vacío por otro lleno. Tyrrell se interrumpió para echar un trago.

– Bueno, aquí viene lo más raro. También murió uno de los amigos, socios o lo que sea de Louis. Dijeron que fue un infarto, pero a mí me llegó una versión distinta. Según un empleado de la funeraria, tuvieron que rellenar un orificio de bala en la garganta.

– ¿Quién fue? ¿Louis?

– No, él no hace daño a sus allegados. No es esa clase de asesino. Según los rumores, fue una venganza que salió mal.

– Eso es lo que fue a hacer a Massena -comentó Mickey, más para sí que para Tyrrell, que en todo caso no pareció darse cuenta.

– Con esos dos pasa lo mismo que con éclass="underline" alguien vela por ellos -afirmó Tyrrell.

– ¿Vela por ellos?

– Un hombre no consigue hacer lo que Parker ha hecho, matar impunemente, a menos que alguien le guarde las espaldas.

– Los homicidios de los que hay constancia estuvieron justificados, según he oído.

– ¡Justificados! -exclamó Tyrrell-. ¿No le extraña que ninguno de ellos, ni uno solo, haya llegado a los tribunales? ¿Que toda investigación de sus actos lo haya exonerado o se haya quedado en agua de borrajas?

– Está hablando de una conspiración.

– Estoy hablando de protección. Estoy hablando de gente con intereses creados en mantener a Parker en la calle.

– ¿Por qué?

– Lo ignoro. Puede que sea porque aprueban lo que hace.

– Pero ha perdido la licencia de investigador privado -adujo Mickey-. No puede tener un arma de fuego.

– No puede portar legalmente un arma de fuego en el estado de Maine. Pero puede dar por hecho que tiene armas almacenadas en algún sitio.

– Lo que quiero decir es que si existía una conspiración para protegerlo, algo ha cambiado.

– No tanto como para que acabe entre rejas, que es lo que se merece. -Tyrrell golpeteó la mesa con el dedo índice para dar mayor énfasis.

Mickey se reclinó. Había llenado páginas y páginas de anotaciones. Le dolía la mano. Observaba a Tyrrell, que mantenía la mirada fija en su tercer whisky. Le habían servido generosamente, copas como no había visto en ningún bar. Si él hubiese consumido semejante cantidad de alcohol, ya estaría dormido. Tyrrell permanecía recto, pero se encontraba en las últimas. Mickey no iba a sacarle nada más de provecho.

– ¿Por qué lo odia tanto?

– ¿Eh? -Tyrrell levantó la vista. Pese a los vapores de la embriaguez progresiva, le sorprendió una pregunta tan directa.

– A Parker. ¿Por qué lo odia tanto?

– Porque es un asesino.

– ¿Sólo por eso?

Tyrrell parpadeó lentamente.

– No. Porque hay algo en él que no cuadra, no cuadra en absoluto. Es como… Es como si no tuviera sombra, o imagen en el espejo. Parece normal, pero si uno lo mira con atención, no lo es. Es una aberración, una abominación.

Dios santo, pensó Mickey.

– ¿Va usted a misa? -preguntó Tyrrell.

– No.

– Pues debería. Un hombre ha de ir a misa. Le ayuda a verse a sí mismo en perspectiva.

– Lo tendré en cuenta.

Tyrrell alzó la mirada, su semblante transformado. Mickey se había extralimitado.

– No se pase de listo conmigo, muchacho. Fíjese en usted, escarbando en la inmundicia, esperando embolsarse unos dólares a costa de la vida de un hombre. Es un parásito. No cree en nada. Yo sí creo. Creo en Dios, y creo en la ley. Distingo el bien del mal, la bondad de la maldad. He vivido siempre conforme a esos principios. He limpiado esta ciudad distrito a distrito, eliminando de raíz a aquellos que se pensaban que por ser representantes de la ley estaban por encima de la ley. Pues bien, yo les demostré su error. Nadie debe estar por encima de la ley, y menos los policías, da igual si llevan la placa ahora o si la llevaron hace diez años, hace veinte. Encontré a los que robaban, a los que se aprovechaban de los camellos y las fulanas, a los que administraban su versión de justicia callejera en callejones y apartamentos vacíos, y les pedí cuentas. A la hora de rendirlas, no dieron la talla.

»Porque hay un proceso en marcha. Hay un sistema de justicia. Es imperfecto, y no siempre funciona como debería, pero es lo mejor que tenemos. Y cualquiera, cualquiera que se aparte de ese sistema para erigirse en juez, jurado o verdugo de los demás es enemigo de ese sistema. Parker es enemigo de ese sistema. Sus amigos son enemigos de ese sistema. Por culpa de sus actos, otros consideran aceptable actuar de la misma manera. Su violencia engendra más violencia. No pueden llevarse a cabo acciones malvadas en nombre del bien común, porque el bien se deteriora. Se corrompe y contamina por lo que se ha hecho en su nombre. ¿Lo entiende, señor Wallace? Ésos son hombres grises. Cambian los límites de la moralidad a su conveniencia y emplean los fines para justificar los medios. Para mí, eso es inadmisible, y si tiene usted una pizca de decencia, opinará lo mismo que yo. -Apartó el vaso bruscamente-. Ya hemos terminado.