– Pero ¿y si los otros no actúan, si no pueden actuar? -preguntó Mickey-. ¿Vale más dar rienda suelta al mal que sacrificar una pequeña parte del bien para plantarle cara?
– ¿Y eso quién lo decide? -preguntó Tyrrell. Se tambaleó un poco mientras se ponía el abrigo, pugnando por encontrar los agujeros de las mangas-. ¿Usted? ¿Parker? ¿Quién decide cuál es el nivel aceptable del bien que ha de sacrificarse? ¿Cuánto mal ha de cometerse en nombre del bien antes de que se convierta él mismo en mal?
Se palpó los bolsillos y oyó complacido el tintineo de las llaves. Mickey confió en que no fuesen llaves de coche.
– Vaya a escribir su libro, señor Wallace. Yo no lo leeré. Dudo mucho que tenga algo que decirme que no sepa ya. Pero le daré un consejo de balde. Por muy malos que sean los amigos de Parker, él es peor. Yo me andaría con cuidado al preguntar por ellos, y tal vez preferiría dejarlos fuera de la historia por completo, pero Parker es letal porque se cree parte de una cruzada. Espero que lo presente como el canalla que es, pero yo no le daría la espalda en ningún momento.
Tyrrell formó una pistola con la mano, apuntó a Mickey y dejó caer el pulgar como el percusor contra la recámara. A continuación salió del bar con paso un tanto vacilante, no sin antes estrecharle la mano a Hector una vez más. Mickey guardó el cuaderno y el bolígrafo y fue a pagar la cuenta.
– ¿Es usted amigo del capitán? -preguntó Hector mientras Mickey calculaba la propina y la anotaba a mano en la cuenta a fines tributarios.
– No -contestó Mickey-, no lo creo.
– El capitán no tiene muchos amigos -dijo Hector, y en el tono de su voz se percibió algo, acaso lástima.
Mickey lo miró con interés.
– ¿A qué se refiere?
– Me refiero a que aquí vienen policías a todas horas, pero él es el único que bebe solo.
– Fue inspector de Asuntos Internos -señaló Mickey.
Hector cabeceó.
– Lo sé, pero no es eso. Sencillamente es… -Hector buscó la palabra-. Sencillamente es un capullo -concluyó, y luego reanudó la lectura de su revista de culturismo.
17
En su habitación, mientras los detalles seguían frescos en su memoria, Mickey pasó a limpio sus notas de la entrevista con Tyrrell. El asunto del chulo era interesante. Buscó el nombre de Johnny Friday en Google, junto con los detalles facilitados por Tyrrell, y encontró unos cuantos artículos contemporáneos, así como otro más extenso, escrito para un periódico de reparto gratuito, titulado «Johnny Friday: la vida brutal y el final atroz de un proxeneta». Lo acompañaban dos fotos de Friday. La primera lo mostraba tal como era en vida, un negro enjuto, alto, de mejillas hundidas y ojos desproporcionadamente grandes. Rodeaba con los brazos a un par de chicas en ropa interior de encaje, las dos con sendas franjas negras sobre los ojos para preservar su anonimato. Mickey se preguntó dónde estarían ahora. Según el artículo principal, las jóvenes que mantenían una relación profesional con Johnny Friday vivían condenadas a existencias desdichadas.
La segunda foto, tomada en la mesa del depósito de cadáveres, mostraba el alcance de las lesiones infligidas a Friday en el transcurso de la paliza que le costó la vida. Mickey supuso que la fotografía se había publicado a petición de la familia de Friday; eso, o por decisión de la policía a fin de difundir un mensaje. Estaba irreconocible. Tenía el rostro hinchado y cubierto de sangre; la mandíbula, la nariz y un pómulo rotos, y le habían hecho saltar unos cuantos dientes de las encías. Además, había sufrido heridas internas generalizadas: una costilla rota le había perforado un pulmón por dos sitios, y se le había reventado el bazo.
El nombre de Parker no se mencionaba, como era de esperar, pero una «fuente policial» había declarado al autor del artículo que tenían un sospechoso, aunque aún sin pruebas suficientes para presentar cargos. Michael calculó las probabilidades de que esa fuente fuese Tyrrell y decidió que eran alrededor del cincuenta por ciento. Si lo era, significaba que ya hacía una década albergaba serios recelos sobre Parker, y acaso justificados. Tyrrell no le inspiraba mucha simpatía a Mickey, pero sin duda el asesino de Johnny Friday era un hombre peligroso, alguien capaz de una gran violencia, un individuo rebosante de rabia y odio. Mickey intentó cotejar esa imagen con la del hombre que había conocido en Maine y con lo que había oído decir a otros sobre él. Se frotó el vientre, aún sensible, al recordar el puñetazo que había recibido en el porche delantero de la casa de Parker, así como el destello que había asomado brevemente a sus ojos. Sin embargo, no hubo más golpes, y la cólera desapareció de su semblante casi tan rápido como había aparecido, dando paso a una expresión, creyó Mickey, de vergüenza y pesar. En ese momento no le concedió importancia -ocupado como estaba en no echar las tripas-, pero, al reflexionar sobre ello más tarde, vio claramente que si bien Parker no ejercía aún pleno control sobre su ira, sí había aprendido a contenerla en cierta medida, aunque no de manera tan inmediata como para librar a Mickey de un hematoma en el abdomen. Pero si Tyrrell no se equivocaba, ese hombre tenía las manos manchadas con la sangre de Johnny Friday. No era sólo un homicida, sino también un asesino, y Mickey se preguntó cuánto había cambiado realmente en los años transcurridos desde la muerte de Johnny Friday.
Cuando acabó con el material de Tyrrell, abrió una carpeta en su escritorio. Contenía más notas: veinticinco o treinta hojas escritas de arriba abajo con su letra minúscula, ilegible para cualquier otra persona gracias a una combinación de su taquigrafía personal y el tamaño mismo de los trazos. Las palabras «padre/madre», encabezaban una de las hojas. En algún momento se proponía viajar a Pearl River para hablar con los vecinos, los tenderos, cualquiera que hubiera estado en contacto con la familia de Parker antes de las muertes, pero antes tenía otras tareas pendientes.
Consultó su reloj. Pasaban de las ocho. Sabía que Jimmy Gallagher, antiguo compañero del padre de Parker en la comisaría del Distrito Noveno, vivía en Brooklyn. Tyrrell le había proporcionado ese dato, junto con el nombre del investigador de la fiscalía del condado de Rockland presente en los interrogatorios del padre de Parker posteriores a los asesinatos. Tyrrell pensaba que éste, un ex policía de Nueva York llamado Kozelek, quizás hablase con Wallace, y al principio se ofreció a allanarle el camino, pero eso fue antes de que la conversación degenerara hacia su áspero final. Wallace suponía que esa llamada ya no se haría, aunque no descartaba recurrir de nuevo a Tyrrell, en cuanto estuviese sobrio, si el investigador se mostraba reacio a hablar.
El antiguo compañero, Gallagher, era otro cantar. Wallace notó que Tyrrell no sentía más aprecio por Gallagher que por Charlie Parker. Volvió sobre sus notas de esa tarde y encontró la parte en cuestión.
W: ¿Quiénes eran sus amigos?
T: ¿De Parker?
W: No, de su padre.
T: Era un hombre muy querido en el Distrito Noveno, caía bien a la gente. Debía de tener muchos amigos.
W: ¿Alguno en particular?
T: Era compañero de… esto, ¿cómo se llamaba?… Ah, sí, Gallagher, eso es. Jimmy Gallagher fue compañero suyo durante años. (Risas.) Yo siempre… Bueno, no tiene importancia.
W: Quizá sí la tenga.
T: Yo siempre pensé que era marica.
W: ¿Corrían rumores?
T: Sólo eso: rumores.
W: ¿Fue interrogado en el transcurso de la investigación por los asesinatos de Pearl River?
T: Sí, claro que lo interrogaron. Vi las transcripciones. Era como hablar con un mono de esos… Ya sabe a cuáles me refiero: esos que no ven nada malo, no dicen nada malo, no oyen nada malo. Dijo que no sabía nada. Ni siquiera había visto a su compañero ese día.
W: ¿Sólo que…?
T: Sólo que los asesinatos se produjeron el día del cumpleaños de Gallagher, y él estaba en la comisaría pese a que había solicitado, y le habían concedido, el día libre. Cuesta creer que fuese a la comisaría en su día libre, y para colmo en su cumpleaños, y no se viera con su compañero y mejor amigo.