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Siempre le había inquietado pensar que quizás había obrado mal al mentir a los investigadores, al guardar silencio durante las décadas siguientes. Como una astilla clavada muy hondo en la carne, la conciencia de haberse confabulado con otros para sepultar la verdad, aunque fuera sólo la pequeña parte que él conocía, se había enconado dentro de él. Ahora se acercaba a marchas forzadas el momento en que la infección debía erradicarse de su organismo para que no le destruyera.

Se llenó el vaso y se dirigió al recibidor. Mientras tomaba un sorbo de vino, marcó el número por segunda vez desde la visita de Parker. El timbre sonó cinco veces antes de que contestaran. Oyó ruidos de fondo -platos en el fregadero, risas de mujeres- cuando el viejo saludó.

– Soy Jimmy Gallagher -dijo-. Ha surgido otro problema.

– Adelante -instó la voz.

– Acaba de venir un periodista, un tal Wallace, Mickey Wallace. Venía preguntando por… aquel día.

Siguió un breve silencio.

– Ya lo conocemos. ¿Usted qué le ha dicho?

– Nada. Me he atenido al guión, como usted me indicó, como siempre he hecho. Pero…

– Adelante.

– Esto se viene abajo. Primero Charlie Parker, ahora ese individuo.

– Siempre hemos sabido que se vendría abajo. Sólo me sorprende que haya aguantado tanto.

– ¿Qué quiere que haga?

– ¿En cuanto al periodista? Nada. Ese libro no se publicará.

– Parece usted muy seguro.

– Tenemos amigos. El contrato de Wallace está a punto de rescindirse. Sin la promesa de dinero a cambio de sus esfuerzos se desanimará.

Jimmy no lo tenía tan claro. Había visto la expresión de Wallace. Quizás el dinero fuese parte de lo que impulsaba su investigación, pero no era lo único que lo motivaba. Era casi como un buen policía, pensó Jimmy. No se le pagaba por hacer su trabajo; se le pagaba para que no hiciera otra cosa. Wallace quería esa historia. Quería averiguar la verdad. Como quienes alcanzan el éxito contra todo pronóstico, tenía algo de fanático.

– ¿Ha hablado con Charlie Parker?

– Todavía no.

– Si espera a que él vuelva a usted, tal vez descubra que su ira es proporcionalmente mayor. Telefonéele. Dígale que tienen una conversación pendiente.

– ¿Y también le hablo de usted?

– Cuénteselo todo, señor Gallagher. Ha sido fiel al recuerdo de su amigo durante un cuarto de siglo. Ha protegido a su hijo, y a nosotros, durante mucho tiempo. Le estamos agradecidos, pero ha llegado el momento de sacar a la luz esas verdades ocultas.

– Gracias -dijo Jimmy.

– No, gracias a usted. Que disfrute del resto de la velada.

Colgaron. Jimmy supo que podía ser la última vez que oyese esa voz.

En realidad no lo lamentaba.

18

El día posterior a mi confrontación con Mickey Wallace decidí comunicarle a Dave Evans que quería tomarme una semana de vacaciones. Estaba resuelto a presionar a Jimmy Gallagher, y quizá visitar otra vez a Eddie Grace. No podía hacerlo con tanta ida y venida de Portland a Nueva York los domingos que libraba.

Y había surgido otra cosa. Walter Cole no había encontrado nada acerca de la investigación sobre los asesinatos de Pearl River, excepto un curioso detalle.

– Los informes están demasiado limpios -me explicó por teléfono-. Fue todo un lavado de cara. Hablé con un tipo del archivo. Dijo que el expediente es tan fino que, si lo pones de lado, ni se ve.

– Eso no tiene nada de raro. Enterraron el asunto. No salía a cuenta hacer otra cosa.

– Ya, bueno, pero aun así creo que aquí hay algo más que eso. El expediente ha sido purgado. ¿Has oído hablar de la Unidad Cinco?

– No me suena de nada.

– Hace diez años todos los documentos relacionados con los asesinatos de Pearl River pasaron a clasificarse como información reservada. Toda solicitud de información más allá de lo que había en los archivos requería la autorización de la Unidad Cinco, lo que implicaba ponerse en contacto con el despacho del comisario. A mi informante lo incomodaba el solo hecho de hablar del tema, pero todo aquel que quiera saber algo más aparte de los detalles escuetos sobre lo sucedido en Pearl River debe presentar una solicitud a la Unidad Cinco. -Pero Walter no había terminado-. ¿Sabes qué más abarca la orden de la Unidad Cinco? Las muertes de Susan y Jennifer Parker.

– ¿Y entonces qué es la Unidad Cinco? -pregunté.

– Creo que eres tú -respondió Walter.

Me reuní con Dave en el Arabica, en la esquina de Free con Cross, que, además de servir el mejor café de la ciudad, ahora ocupaba el mejor espacio, con obras de arte en las paredes y luz entrando a raudales por las enormes ventanas panorámicas. De fondo se oía la música de los Pixies. En conjunto, era difícil ponerle pegas al establecimiento.

A Dave no le gustó que le pidiera unos días de fiesta, y no podía echárselo en cara. Estaba a punto de perder a dos empleados, una por maternidad y otro por una novia en California. Yo sabía que él tenía la impresión de estar dedicando demasiado tiempo a las tareas generales del bar y demasiado poco al papeleo y la contabilidad. A mí me había contratado para quitarle de encima parte de esa carga y ahora, en lugar de eso, lo dejaba más empantanado que antes de mi llegada.

– Intento llevar un negocio, Charlie -dijo Dave-. Me estás dejando colgado.

– No estamos tan desbordados, Dave -aduje-. Gary puede ocuparse de la entrega de Nappi, y yo ya estaré de regreso a tiempo para el camión de la semana que viene. Tenemos existencias de sobra de algunas de las cerveceras artesanales, así que podemos dejar que se agoten.

– ¿Y qué pasará mañana por la noche?

– Nadine ha pedido turnos extra. Deja que cargue ella con parte del peso.

Dave hundió la cara en las manos.

– Te odio -dijo.

– No, no me odias.

– Sí. Tómate tu semana libre. Si seguimos aquí cuando vuelvas, estarás en deuda conmigo. Me deberás tiempo por un tubo.

Esa noche no contribuyó a levantarle el ánimo a Dave. Alguien intentó robar la cabeza de oso ornamental del comedor, y no nos dimos cuenta de que había desaparecido hasta que el ladrón se disponía a salir del aparcamiento con la cabeza asomando por la ventanilla del acompañante. Nos invadieron unos cuantos aficionados a los cócteles, de manera que incluso Gary, que al parecer conocía mejor los cócteles que los demás, se vio obligado a recurrir a la chuleta escondida detrás de la barra. Unos estudiantes pidieron una ronda tras otra de bombas de cereza y bombas Jäger, y un empalagoso olor a Red Bull impregnó el ambiente. Cambiamos quince barriles, tres veces más que una noche cualquiera, aunque lejos del récord de veintidós.

Y también se respiraba el sexo en el aire. Al fondo había una cincuentona que no habría sido más depredadora si hubiese tenido garras y dientes afilados como cuchillas, y pronto se reunieron con ella otras dos o tres para formar una manada. Los camareros las llamaban las «Elixir», por una vendedora de artículos de higiene dental semimítica que, según contaban, había atendido a sucesivos hombres en el aparcamiento en el transcurso de una noche. Al final atrajeron a un par de jugadores de International Players of the World, hombres muy machos cuyo aftershave libró una guerra de fragancias con el olor residual a Red Bull. En un momento dado me planteé darles un manguerazo a todos para enfriarlos, pero antes de que surgiera la necesidad se marcharon en busca de un rincón más oscuro de la ciudad.

A la una, los quince empleados estaban agotados, pero nadie quería irse aún a casa. Después de limpiar los surtidores de cerveza y aprovisionar las neveras preparamos hamburguesas y patatas fritas, y casi todos tomaron una copa para distenderse. Desconectamos el sistema por satélite que proporcionaba música al bar, y pusimos, en orden aleatorio, una lista de canciones suaves grabadas en una iPod: Sun Kil Moon, Fleet Foxes, la reedición de Pacific Ocean de Dennis Wilson. Por fin, la gente empezó a marcharse, y Dave y yo comprobamos que todo estuviera desconectado en la cocina, apagamos las últimas velas, nos aseguramos de que no quedaba nadie en los lavabos, metimos el dinero en la caja fuerte y cerramos la puerta. Nos despedimos en el aparcamiento y, antes de irse cada uno por su lado, Dave repitió que me odiaba.