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Al abrir la puerta de mi casa me detuve en el umbral y agucé el oído. Seguía alterado desde mi encuentro con Mickey Wallace y su historia de las dos figuras que había entrevisto. Yo había dejado marchar a esos fantasmas. La casa ya no era su sitio. Sin embargo, cuando la recorrí tras marcharse Wallace, no sentí miedo, ni verdadera intranquilidad; nunca había experimentado esa clase de sensaciones. De hecho, la casa estaba tranquila y percibí su vacío. Aquello que había estado allí, fuera lo que fuese, se había ido.

El piloto de mi contestador automático parpadeaba. Pulsé el botón y oí la voz de Jimmy Gallagher. Parecía un poco bebido, pero el mensaje era claro y sencillo, y no podía haber sido más oportuno.

«Charlie, ven a verme», decía. «Te contaré lo que quieres saber.»

Cuarta parte

Tres pueden guardar un secreto

si dos de ellos están muertos.

Almanaque del pobre Richard,

Benjamin Franklin (1706-1790)

19

Jimmy Gallagher debía de estar pendiente de mi llegada, ya que abrió la puerta antes de que llamase. Me lo imaginé por un momento sentado junto a la ventana, su rostro reflejándose ya en el cristal debido a la creciente oscuridad, tamborileando con los dedos en el alféizar, buscando impaciente con la mirada a aquel cuya visita esperaba, pero al entrar no vi en sus ojos la menor impaciencia, ni miedo ni preocupación. A decir verdad, me pareció más relajado que nunca. Llevaba una camiseta y un pantalón tostado con manchas de pintura bajo una sudadera de los Yanquees con capucha y calzaba mocasines. Parecía un veinteañero que de pronto, al despertar de una siesta, hubiera descubierto que había envejecido cuarenta años y, sin embargo, se viera obligado aún a seguir vistiendo la misma ropa de antes. A mí siempre me había parecido un hombre para quien la apariencia lo era todo, ya que lo recordaba invariablemente con chaqueta y una camisa limpia y almidonada, y a menudo una elegante corbata de seda. Ahora se había despojado de toda formalidad y me pregunté, a medida que avanzaba la noche y escuchaba los secretos que salían de él a borbotones, si esos rigores que se imponía en el vestir eran sólo parte de las defensas erigidas para protegerse no únicamente a sí mismo y su propia identidad, sino también el recuerdo y la vida de aquellos que le importaban.

No dijo nada cuando me vio. Se limitó a abrir la puerta, a asentir una vez y a darse media vuelta para llevarme a la cocina. Cerré y lo seguí. En la cocina ardían un par de velas, una en el alféizar y otra en la mesa. Junto a la segunda vela había una botella de buen vino tinto -quizá muy bueno-, un decantador y dos copas. Jimmy tocó el cuello de la botella con ternura, acariciándolo como si fuera una mascota querida.

– He estado esperando un pretexto para abrirla -dijo-. Pero hace tiempo que no tengo muchos motivos de celebración. Básicamente voy a funerales. Cuando uno llega a mi edad, es lo normal. Este año ya he ido a tres. Todos policías, y todos muertos de cáncer. -Dejó escapar un suspiro-. Yo no quiero irme de esa manera.

– Eddie Grace está muriéndose de cáncer.

– Eso he oído. He pensado en ir a verlo, pero Eddie y yo… -Cabeceó-. Lo único que teníamos en común era tu padre. Cuando él se fue, Eddie y yo no tuvimos ya ninguna razón para tratarnos.

Me acordé de lo que me dijo Eddie justo antes de irme: que toda la vida de Jimmy Gallagher había sido una mentira. Quizás Eddie se refería, aunque veladamente, a la homosexualidad de Jimmy. Pero ahora me constaba que había otras mentiras que descubrir, aunque fuesen mentiras por omisión. No obstante, Eddie Grace no era quién para juzgar cómo debía vivir un hombre su vida, no como había juzgado a Jimmy. Todos mostramos una cara al mundo y mantenemos otra oculta. No podríamos sobrevivir de otra manera. Mientras Jimmy se desahogaba y me revelaba poco a poco los secretos de mi padre, llegué a entender por qué Willy Parker se había desmoronado bajo semejante peso, y sólo sentí pena por él y por la mujer a quien había traicionado.

Jimmy extrajo un sacacorchos de un cajón y cortó cuidadosamente el plomo de la botella antes de insertar la punta del sacacorchos en el tapón. Le bastó con dos golpes de muñeca y un único tirón para desprender el corcho con un satisfactorio y etéreo estampido. Lo miró para asegurarse de que no estaba seco ni en mal estado, y lo tiró a un lado.

– Antes olfateaba los corchos -explicó-, pero una vez alguien me comentó que no indican nada sobre la calidad del vino. Una lástima. Me gustaba lo que eso tenía de ritual, hasta que me enteré de que uno quedaba como un ignorante.

Colocó la vela detrás de la botella al decantarla para ver acercarse el sedimento al cuello.

– No es necesario dejarlo reposar mucho rato -dijo al acabar-. Eso sólo es para los vinos más jóvenes. Suaviza los taninos.

Sirvió dos copas y se sentó. Sostuvo la suya a contraluz ante la vela para examinarla, se la aproximó a la nariz, la olisqueó, hizo girar el vino antes de olisquear de nuevo con el cuenco entre las manos para calentarlo. Finalmente lo probó, desplazando el vino de un lado al otro de la boca, degustando los sabores.

– Magnífico -declaró, y luego levantó la copa en un brindis-. Por tu padre.

– Por mi padre -repetí. Tomé un sorbo. Tenía un sabor denso y terroso.

– Domaine de la Romanée-Conti, del noventa y cinco -dijo Jimmy-. Un buen año para el borgoña. Estamos bebiéndonos una botella de vino de seiscientos dólares.

– ¿Qué celebramos?

– El final.

– ¿De qué?

– De tantos secretos y mentiras.

Dejé mi copa.

– ¿Por dónde quieres empezar, pues?

– Por el bebé muerto -contestó-. Por el primer bebé muerto.

A ninguno de los dos le apetecía hacer el turno de doce a ocho esa semana, pero al mal tiempo buena cara, o no hay mal que cien años dure, o cualquier otra de las frases hechas aplicables a esa clase de situaciones en las que a uno no le queda más remedio que coger el proverbial palo por un extremo, y no precisamente el extremo más fragante. Esa noche la comisaría ofrecía una fiesta en la Casa Nacional de Ucrania en la Segunda Avenida, que siempre olía a borscht y pierogi y sopa de centeno del restaurante de la planta baja, y donde el director de cine Sidney Lumet ensayaba para sus películas antes de iniciar el rodaje, de modo que, con el tiempo, Paul Newman y Katherine Hepburn, Al Pacino y Marlon Brando, subieron y bajaron por la misma escalera que los policías del Distrito Noveno. La fiesta era para celebrar que ese mes habían concedido a tres de sus agentes la «cruz de combate», que era como llamaban al distintivo verde que recibían aquellos que habían participado en un tiroteo. El Distrito Noveno era ya el Salvaje Oeste por aquel entonces: morían policías. Si la cosa estaba entre el otro y tú, disparabas primero y ya te preocuparías del papeleo más tarde.