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En aquellos tiempos Nueva York no era como ahora. En el verano de 1964 las tensiones raciales en la ciudad habían llegado a su máximo apogeo con la muerte en Harlem de James Powell, de quince años, a manos de un agente de policía fuera de servicio. Lo que al principio fueron manifestaciones ordenadas para protestar por el homicidio se convirtió en disturbios el 18 de julio, cuando una multitud se congregó delante de la 123 de Harlem gritando «¡Asesinos!» a los policías encerrados en el interior de la comisaría. A Jimmy y Will los habían enviado allí como parte de los refuerzos. Llovieron sobre ellos botellas y ladrillos y tapas de cubos de basura, y los saqueadores se apropiaron de comida, radios e incluso armas en las tiendas del barrio. Jimmy recordaba aún que vio a un capitán de policía rogar a los alborotadores que se fueran a sus casas, y oyó a alguien reírse y contestar: «¡Estamos en casa, blanquito!».

Después de cinco días de disturbios en Harlem y Bed-Stuy, había un muerto, 520 detenidos, y el alcalde Wagner tenía los días contados. Ya antes de los disturbios su cargo pendía de un hilo. Bajo su mandato, el índice anual de homicidios se había duplicado hasta alcanzar los 600, e incluso antes de la muerte a tiros de Powell la ciudad seguía bajo el impacto del asesinato de una tal Kitty Genovese en su barrio de clase media de Queens, apuñalada tres veces sucesivas por el mismo hombre, Winston Moseley, ante doce personas que vieron u oyeron el asesinato mientras tenía lugar, pero que se negaron la mayoría de ellos a intervenir más allá de avisar a la policía. La sensación dominante era que la ciudad se desintegraba, y se consideró a Wagner el principal culpable.

Toda esta preocupación por el estado de la ciudad no era una novedad para los hombres del Distrito Noveno. A la comisaría del barrio la llamaban cariñosamente «el Cagadero» quienes servían allí, y no tan cariñosamente el resto de la gente. Los hombres de esa comisaría actuaban como les venía en gana y protegían bien su territorio, alertas no sólo a los malos, sino también a algunos de los buenos, como los capitanes dispuestos a ir dando patadas en el culo en días de baja actividad. «Mosca en el Cagadero», avisaba alguien por radio, y de pronto todo el mundo erguía un poco más la espalda mientras fuese necesario.

Por aquel entonces Jimmy y Will tenían ambiciones, ambos aspiraban a llegar al grado de sargento lo antes posible. La competencia era más feroz desde que, a raíz de la demanda presentada por Felicia Spritzer en 1963, las mujeres policía pudieron acceder por primera vez a los exámenes promocionales, con lo que Spritzer y Gertrude Schimmel ascendieron a sargentos al año siguiente. Aunque eso a Jimmy y Will les traía sin cuidado, a diferencia de lo que les ocurría a algunos de los agentes de mayor edad, que tenían muchas opiniones acerca del lugar que correspondía a una mujer, y éste en ningún caso incluía la posibilidad de llevar tres galones en una de sus comisarías. Los dos poseían sendos ejemplares de la guía del policía de ronda, gruesa como una Biblia con su carpeta de anillas y su tapa azul de plástico, y se la llevaban cada vez que disponían de un descanso para poner a prueba sus mutuos conocimientos. En aquellas fechas, antes de llegar a inspector, uno tenía que asumir durante cinco años funciones de inspector siendo aún agente de a pie, y no empezaba a cobrar el sueldo de sargento hasta acceder al segundo grado. De todos modos, ellos no querían ser investigadores. Eran policías de la calle. Decidieron, pues, que los dos probarían a presentarse al examen de sargento, aunque conllevara tener que abandonar la comisaría del Distrito Noveno, incluso verse obligados a servir en distritos distintos. Sería una experiencia dura, pero sabían que su amistad sobreviviría.

A diferencia de otros muchos policías, que trabajaban de gorilas impidiendo la entrada a los italianos de Brooklyn en los clubes, o de guardaespaldas al servicio de celebridades, lo cual era aburrido, no tenían un segundo empleo. Jimmy era soltero, y Will quería pasar más tiempo con su mujer, no menos. Aún existía mucha corrupción en el cuerpo, pero por lo general eran asuntos de poca monta. Llegado un punto, las drogas lo cambiarían todo, y los policías corruptos empezarían a embolsarse comisiones dignas de consideración. De momento, a lo máximo que podía aspirarse eran encargos para ganarse algún que otro dólar: escoltar al gerente de una sala de cine al cajero nocturno con los ingresos del día y recibir a cambio un par de pavos para copas, que les dejaban en el asiento trasero del coche. Incluso comer «por la cara» acabaría viéndose con malos ojos, aunque en cualquier caso la mayoría de los establecimientos del Distrito Noveno no ofrecía esa posibilidad. Los agentes se pagaban la comida, se pagaban el café y los donuts. Casi todos comían en la comisaría. Salía más barato, y de todas formas en el distrito no había muchos sitios donde comer, o al menos sitios del agrado de los policías, a excepción hecha del McSorley, que servía bocadillos de jamón y cheddar con mostaza picante, o, años después, el Jack the Ribbers, en la Tercera Avenida; aunque si uno comía en el Jack the Ribbers, no sería capaz de llevar a cabo ningún esfuerzo salvo frotarse el estómago y gimotear durante el resto del día. Los policías del Distrito Séptimo eran afortunados, porque allí tenían el Katz's, pero los agentes del Noveno no estaban autorizados a entrar en otro distrito sólo porque la mortadela fuera mejor a la vuelta de la esquina. El Departamento de Policía de Nueva York no actuaba así.