La noche del primer bebé muerto, Jimmy cumplía la función de consignador durante la primera mitad del turno. El consignador tomaba nota de todo y el conductor llevaba el volante. A medio turno, cambiaban. Jimmy era el mejor consignador. Tenía buen ojo y una memoria portentosa. Will poseía justo el grado de temeridad necesaria para ser un buen conductor. Formaban un buen equipo.
Los llamaron a causa de una fiesta en la Avenida A, un «10-50»: unos vecinos se quejaban del ruido. Cuando llegaron al edificio, una joven vomitaba en la alcantarilla mientras su amigo le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la espalda. Estaban tan colocados que apenas miraron a los dos policías.
Jimmy y Will oían la música procedente de lo alto del edificio sin ascensor. Por pura costumbre, tenían las manos en las empuñaduras de sus armas. Era imposible saber si se trataba de una fiesta corriente que se había desmadrado un poco o de algo más serio. Como siempre en esas situaciones, Jimmy se notó la boca seca y el corazón acelerado. Una semana antes un hombre había salido volando desde lo alto de un edificio durante una fiesta que había empezado igual que aquélla. Casi había matado a uno de los policías que llegaron para investigar, cayendo a escasos centímetros de él y salpicándolo de sangre al estrellarse contra el suelo. Resultó que el hombre pájaro en cuestión había estado timando a ciertos individuos con nombres acabados en vocal, italianos que aplicaban su visión para los negocios al renaciente mercado de la heroína -latente desde las dos primeras décadas del siglo-, ajenos al hecho de que concluía su era y de que su dominio pronto se vería desafiado por los negros y los colombianos.
La puerta del piso estaba abierta y la música sonaba atronadoramente en un estéreo, Jagger cantando sobre alguna chica. Vieron un estrecho pasillo que conducía a una sala de estar, y el aire cargado de tabaco, alcohol y hierba. Los dos agentes se miraron.
– Anúncialo -dijo Will.
Accedieron al pasillo, Jimmy por delante.
– Departamento de Policía de Nueva York -vociferó-. Mantengan la calma y que nadie se mueva.
Con cautela, seguido por Will, Jimmy se asomó a echar un vistazo a la sala de estar. Había ocho personas en distintos grados de embriaguez o estupor inducido por las drogas. Casi todas se hallaban sentadas o tendidas en el suelo. Era evidente que algunas dormían. Había una joven blanca con mechas moradas en el pelo rubio tumbada en el sofá bajo la ventana, con un cigarrillo colgando de la mano.
– ¡Mierda! -exclamó al ver a los policías, y empezó a levantarse.
– Quédese donde está -ordenó Jimmy, indicándole con la mano izquierda que permaneciera en el sofá.