Para entonces, uno o dos de los presentes que se encontraban más enteros empezaron a tomar conciencia del lío en que se habían metido y se los veía asustados. Mientras Jimmy vigilaba a la gente de la sala de estar, Will examinó el resto del piso. Había una habitación pequeña con una cuna vacía y una cama de matrimonio cubierta de abrigos. Encontró a un joven, de unos diecinueve o veinte años, apenas dueño de sí mismo, arrodillado en el cuarto de baño, intentando tirar en vano unos treinta gramos de marihuana por un váter con la cisterna averiada. Cuando Will lo registró, encontró tres popelinas de heroína en un bolsillo de su vaquero.
– ¿Tú eres idiota o qué? -preguntó Will.
– ¿Eh? -contestó el chico.
– ¿Llevas heroína y tiras al váter la marihuana? ¿Vas a la universidad?
– Sí.
– Seguro que no estudias para ser ingeniero de la NASA. ¿Sabes en qué lío te has metido?
– Oiga -exclamó el chico con la mirada fija en las papelinas-, que esa mierda vale una pasta.
Era tan tonto que a Will casi le dio pena.
– Vamos, cabeza de chorlito -ordenó. Lo llevó a empujones a la sala de estar y le ordenó que se sentase en el suelo.
– Bien -dijo Jimmy-, los demás, contra la pared. Si tienen algo que yo deba saber, díganlo ahora y les facilitará las cosas.
Los que pudieron se levantaron y se colocaron en posición contra las paredes. Will tocó con el pie a una chica comatosa.
– Vamos, bella durmiente. Se ha acabado la siesta.
Por fin consiguieron que los nueve se pusieran en pie. Will cacheó a ocho de ellos, excluyendo al chico que ya había registrado antes. Sólo la muchacha con las mechas moradas llevaba algo: tres porros y una bolsa de ciento veinte gramos. Estaba borracha y colocada, pero ya empezaba a despejarse.
– ¿Y esto qué es? -preguntó Will a la chica.
– No lo sé -contestó ella, arrastrando un poco la voz-. Me lo ha dado un amigo para que se lo guarde.
– Menudo cuento. ¿Y cómo se llama ese amigo? ¿Hans Christian Andersen?
– ¿Quién?
– Déjalo. ¿Esta es tu casa?
– Sí.
– ¿Cómo te llamas?
– Sandra.
– Sandra ¿qué?
– Sandra Huntingdon.
– Pues bien, Sandra, quedas detenida por posesión de drogas para su venta.
La esposó y le leyó sus derechos; luego repitió la operación con el chico a quien había registrado antes. Jimmy anotó los nombres de los demás y les dijo que se podían quedar o marcharse, pero que si volvía a cruzarse con ellos por la calle los enchironaría por merodear, incluso si en ese momento estaban participando en una carrera. Todos volvieron a sentarse. Eran jóvenes y estaban asustados, y poco a poco tomaron conciencia de la suerte que tenían de no verse esposados como sus amigos, pero aún no se sentían en condiciones de salir a la calle.
– Bien, es hora de marcharse -dijo Will a los dos detenidos. Se dispuso a llevarse a la Huntingdon del piso, seguido de Jimmy con el chico, que se llamaba Howard Mason, pero de pronto algo pareció encenderse en el cerebro de la tal Huntingdon, traspasando los efluvios de la droga.
– Mi hija -exclamó-. ¡No puedo dejar a mi hija!
– ¿Qué hija?-preguntó Will.
– Mi niña. Tiene dos años. No puedo dejarla sola.
– No hay ninguna niña en este piso. Yo mismo lo he registrado.
Pero ella forcejeó.
– Le digo que mi hija está aquí -vociferó, y él se dio cuenta de que no simulaba ni era un delirio.
Uno de los chicos en la sala de estar, un negro de veintitantos años con un afro de principiante, confirmó: