– Oiga, no miente. Tiene una hija.
Jimmy miró a Will.
– ¿Seguro que has registrado la casa?
– Esto no es Central Park.
– Mierda. -Jimmy volvió a llevar a Mason a la sala de estar-. Tú siéntate en el sofá y no te muevas. Bien, Sandra, dices que tienes una niña. Vamos a buscarla. ¿Cómo se llama?
– Melanie.
– Melanie, de acuerdo. ¿Seguro que no le has pedido a alguien que te la cuide esta noche?
– No, está aquí. -Huntingdon había empezado a llorar-. No miento.
– Bien, pronto lo comprobaremos.
No había muchos sitios donde buscar, pero de todas maneras llamaron a la niña a gritos. Los dos policías buscaron detrás de los sillones, en la bañera y en los armarios de la cocina.
Fue Will quien la encontró. Se hallaba en la cama bajo la pila de abrigos. Supo que la niña estaba muerta en cuanto le tocó la pierna.
Jimmy tomó un sorbo de vino.
– La niña debió de acostarse en la cama de su madre -explicó-. Quizá se acurrucó debajo del primer abrigo porque tenía frío y se quedó dormida. Luego apilaron los demás abrigos encima y se asfixió. Todavía recuerdo el sonido que emitió la madre al encontrarla. Le salió de un sitio profundo y antiguo. Fue como si muriera un animal. Y luego se desplomó en el suelo, con los brazos aún esposados a la espalda. Se arrastró hasta la cama de rodillas y empezó a escarbar en los abrigos con la cabeza, intentando acercarse a la pequeña. No se lo impedimos. Nos quedamos allí, mirándola.
»No era una mala madre. Tenía dos empleos, y su tía le cuidaba a la niña mientras ella estaba en el trabajo. Puede que también trapicheara un poco, pero la autopsia reveló que su hija era una niña sana y bien atendida. Aparte de la noche de la fiesta, nadie había tenido motivo de queja sobre ella. Lo que quiero decir es que podía haberle pasado a cualquiera. Fue una tragedia, eso es todo. No fue culpa de nadie.
»Sin embargo, tu padre se lo tomó muy mal. Al día siguiente se pilló una borrachera. Por aquella época tu padre bebía lo suyo. Cuando tú naciste, ya había acabado con todo eso, salvo alguna que otra salida nocturna con los amigos. Pero en los viejos tiempos le gustaba beber. A todos nos gustaba.
»Sin embargo, aquel día fue distinto. Yo nunca lo había visto beber como bebió después de encontrar a Melanie Huntingdon. Creo que fue por sus propias circunstancias. Tu madre y él querían un hijo con desesperación, pero parecía que no iban a poder tenerlo. Y de pronto vio a esa niñita muerta debajo de un montón de abrigos, y algo se rompió dentro de él. Creía en Dios. Iba a misa. Rezaba. Esa noche debió de tener la impresión de que Dios se burlaba de él porque sí, obligando a un hombre que había visto abortar una y otra vez a su mujer a descubrir el cadáver de una niña. Peor aún, puede que dejase de creer en cualquier Dios por un tiempo, como si alguien acabara de levantar un ángulo del mundo y revelara un espacio negro y vacío detrás de él. No lo sé. En cualquier caso, tras encontrar a esa niña cambió; no puedo decir nada más. Después de eso tu madre y él atravesaron una temporada muy difícil. Creo que ella tenía intención de abandonarlo, o él de abandonarla a ella, ya no me acuerdo. Tampoco habría importado, supongo. El resultado habría sido el mismo.
Puso la copa en la mesa y dejó danzar la luz de la vela en el vino, que proyectó sobre la superficie de la mesa fractales rojos como espectros de rubíes.
– Y fue entonces cuando conoció a la chica -dijo.
Se llamaba Caroline Carr, o eso dijo. Habían acudido en respuesta a un aviso de intento de robo en su apartamento. Era el apartamento más pequeño que habían visto en la vida, con espacio apenas para una cama individual, un armario y una mesa con una silla. La zona de la cocina se reducía a dos fogones de gas en un rincón, y el cuarto de baño era tan minúsculo que ni siquiera tenía puerta, sólo una cortina de sartas de cuentas para proporcionar cierta intimidad. Costaba entender que alguien lo considerara digno de un robo. Bastaba echar una ojeada para saber que la chica no tenía nada de valor. De haberlo tenido, lo habría empeñado para alquilar algo de mayor tamaño.
Pero el espacio estaba en consonancia con ella. Además de delgada era de baja estatura, poco más de metro cincuenta. Tenía el pelo largo, oscuro y muy fino, y la piel de una palidez translúcida. Jimmy tuvo la impresión de que podía expirar de un momento a otro, pero cuando la miró a los ojos, vio en su alma auténtica fortaleza y ferocidad. Tal vez pareciese frágil, pero también lo parecía una telaraña hasta que uno intentaba romperla.
No obstante, estaba asustada, de eso no cabía duda. En ese momento lo atribuyó al intento de robo. Era obvio que alguien había tratado de forzar el cierre de la ventana con una palanca desde la escalera de incendios. Ella se había despertado por el ruido y de inmediato había corrido al teléfono del rellano para avisar a la policía. Una anciana vecina, la señora Roth, la había oído gritar y le había ofrecido refugio en su casa hasta que llegase la policía. Casualmente, Jimmy y Will se hallaban a sólo una manzana cuando llegó el aviso desde la central. Era muy probable que la persona que había intentado entrar siguiese en la ventana cuando las sirenas empezaron a sonar. Rellenaron un 61, pero no pudieron hacer gran cosa más. Los autores habían desaparecido sin dejar desperfecto alguno. Will recomendó a la chica que hablara con el casero para colocar un cierre mejor en la ventana, o quizás una reja de seguridad, pero Caroline Carr negó con la cabeza.